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Alemania: no Fue un Milagro
Selección de ContraPeso.info
1 agosto 2016
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Análisis
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La gran economía alemana fue el producto natural de adherirse hasta donde fue posible a la libertad económica. Esta es la idea de Samuel Gregg. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. El título original de la columna es «The Forgotten Story of the German Economic “Miracle”».

Dado el aparente entusiasmo actual de muchos estadounidenses por el socialismo, no es difícil concluir que vivimos en una época en la que millones conocen poco de historia, o bien no están inclinados a aprender de ella.

Hay lecciones que aprender del colapso en 1989 de las economías planificadas de Europa Central y del Este, de la desintegración económica argentina durante todo el siglo XX y de la implosión actual del «socialismo del siglo XXI» en Venezuela.

También podemos aprender de los casos en los que los países abandonaron a las economías planificadas y salvaron a sus sociedades de la miseria económica. Un ejemplo importante, pero a menudo olvidado, de esa transformación es el giro en 1948 de Alemania Occidental hacia los mercados libres.

El Socialismo del Nacional-Socialismo

Los crímenes contra la humanidad del régimen nacional-socialista, especialmente su intento de exterminar al pueblo judío, son hoy muy bien conocidos. Sin embargo, pocos reconocen que el movimiento nazi también abrazó algunas ideas indiscutiblemente socialistas.

El programa de 25 puntos adoptado por los nazis en 1920, por ejemplo, exigió la nacionalización de industrias clave y la expansión del cuidado estatal para la vejez [old-age welfare]. Los líderes nazis utilizaron un lenguaje consistentemente negativo acerca del capitalismo, al que invariablemente retrataron como siendo controlado por los «banqueros judíos».

Las propias opiniones económicas de Adolfo Hitler son bien conocidas como eclécticas. Mientras proclamaba que «somos socialistas» y que «somos los enemigos del sistema capitalista de hoy», Hitler en otras ocasiones hizo hincapié en que la destrucción de la propiedad privada era un error.

Lo que queda claro, sin embargo, es que él creía que la economía, como el resto de las cosas, estaba subordinada a los mandatos de un estado totalitario.

En la práctica, las políticas económicas de los nazis eran una mezcla de proteccionismo, programas económicos de estímulos casi keynesianos, alto gasto en la producción de armas y relaciones cercanas entre el Estado y las industrias consideradas vitales para la fuerza militar, como como las del hierro y el carbón.

En la medida en que existía un común denominador de esas políticas, este era uno de nacionalismo económico.

No fue un gran salto desde tales ideas hasta la más amplia colectivización de la economía alemana que sucedió sin orden ni concierto durante la Segunda Guerra Mundial. Hitler fue reacio a mover a la economía a una total escala de guerra, sobre todo porque esto habría significado admitir la posición desventajosas de Alemania que simultáneamente peleaba con el Imperio Británico, la URSS y los EEUU.

Pero conforme pasó el tiempo, se introdujeron controles de precios, se implantó y extendió el racionamiento, fueron elevados los impuestos al ingreso y los negocios privados perdieron más más y más su libertad al integrarse cada vez más a la máquina alemana de guerra. En 1944, casi el 25% de la fuerza laboral alemana consistía de mano de obra esclava, principalmente prisioneros de campos de concentración y trabajadores forzados de territorios conquistados.

Con Hitler muerto, aún enganchados en la economía nazi

Después de la rendición de Alemania en 1945, ella se dividió en cuatro zonas de ocupación controladas por la URSS, Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia.

En la zona soviética, que eventualmente se convertiría en la República Democrática Alemana, los rusos y los comunistas alemanes rápidamente giraron a la economía hacia el colectivismo.

En las zonas occidentales, los poderes aliados hicieron poco para cambiar las condiciones económicas que habían prevalecido bajos los nazis. Se mantuvieron los controles de precios, al igual que el casi inútil Reichsmark —la inflada moneda del régimen nazi.

Por consecuencia, los precios y salarios oficiales no reflejaban el verdadero estado de la oferta y la demanda. Como resultado, más del 50% de la economía se localizaba en el mercado negro, el crecimiento económico era inexistente, grandes segmentos de la fuerza de trabajo estaban desempleados o subempleados y las cosas más esenciales escaseaban para los alemanes. Los cigarrillos, en lugar del Reichsmark, fueron la moneda preferida de los alemanes.

Una de las causas de esta situación fue la realidad de que las ideas keynesianas y del New Deal dominaron la perspectiva económica de las autoridades de la ocupación. Los social-demócratas alemanes y porciones del naciente movimiento demócrata-cristiano estaban también comprometidos con ideas más o menos socialistas. Esto produjo un fuerte cuerpo de opiniones a favor de retener y de extender muchas de las políticas económicas establecidas o ampliadas por los nazis.

Sin embargo, un pequeño número de economistas alemanes tuvo una visión diferente: el de una economía libre de las ataduras de los controles de precios y de otras medidas socialistas. Figuras como Walter Eucken, Franz Böhm y quizá sobre todo, Wilhelm Röpke no solamente poseían credenciales impecablemente anti nazis.

Estaban convencidos de que el keynesianismo y la social-democracia significan un continuo estancamiento económico. Más aún, ellos eran escuchados por alguien en una posición para hacer algo al respecto.

Ludwig Erhard, quien tenía experiencia de negocios, fue nombrado director de asuntos económicos para las zonas administradas por Estados Unidos y Gran Bretaña en 1948.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Erhard había absorbido las ideas de economistas de libre mercado como el ganador del Premio Nobel Friedrich von Hayek, pero sobre todo, libros y artículos escritos por Röpke durante su exilio en Suiza.

La publicación de La Cuestión Alemana en 1946 ejerció efectos similares en la opinión pública alemana de la posguerra a los que tuvo Camino a la Servidumbre de Hayek en las audiencias estadounidenses.

De la misma manera, los artículos periodísticos de Röpke tuvieron un impacto profundo en la opinión informada —especialmente en católicos practicantes y Protestantes que dominaban el liderazgo de los nacientes demócratas cristianos.

Una de las más famosas piezas de Röpke defendiendo los libres mercados fue publicado por el semanario católico Rheinische Merkur. Está considerado como uno de los más importantes artículos que ayudaron a preparar a la opinión pública alemana para que Erhard restableciera una economía de mercado en Alemania Occidental en 1948.

La Gran Reforma

Bien dispuesto ya hacia las ideas de libre mercado, Erhard absorbió el pensamiento económico de Röpke, lo que confirmó su convicción de que la recuperación de la economía alemana dependía de la restauración de los elementos básicos de un mercado libre, muy especialmente una moneda estable y precios libres.

En junio de 1948, Erhard dio el paso decisivo. Actuando en contra de los deseos de la mayoría de los oficiales de la ocupación aliada, Erhard introdujo una nueva moneda, el marco alemán —para reemplazar al casi inútil Reichsmark. Un mes después, Erhard abolió los controles de precios y producción.

En los doce meses que siguieron fueron desmantelados muchos otros controles económicos que databan de la época nazi. Estos cambios fueron rápidamente copiados en la zona francesa de ocupación, creando por esa razón arreglos económicos uniformes en todo lo que se convertiría en la República Federal de Alemania en 1949.

Estas reformas tuvieron efectos de corto y de largo plazo. Los bienes de consumo aparecieron de nuevo de un día para otro en el mercado abierto, porque los productores podría encargar el precio real (más alto) que el precio más bajo (ordenando por el gobierno y por eso artificial).

El absentismo laboral desapareció ya que el dinero por el que se trabajaba tenía ahora poder real de compra. Más en general, la existencia de una moneda estable animó a las empresas a invertir capital en la restauración y modernización de la industria alemana. Esto proporcionó la base para un fuerte crecimiento basado en las exportaciones y un aumento prolongado de la productividad, los ingresos y las ganancias.

El Wirtschaftswunder (milagro económico) estaba en marcha. A mediados de la década de 1950, Alemania Occidental se había levantado de las cenizas para convertirse en el motor económico de Europa Occidental. Fue marcado el contraste con Gran Bretaña, la que se movió en una dirección socialista después de la guerra y no suprimió el racionamiento hasta 1954.

No significa esto decir que Alemania Occidental adoptó una irrestricta economía de mercado. Como ministro de finanzas, Erhard tuvo que aplacar a los escépticos del mercado del gobierno de Alemania Occidental.

Uno de esos compromisos significó expandir el estado de bienestar alemán instituido inicialmente por el canciller de hierro Otto von Bismarck en la década de 1880. Esto no pasó desapercibido.

Por ejemplo, en 1950 el canciller Konrad Adenauer comisionó a Röpke a escribir una defensa de las políticas económicas de su gobierno. Para sorpresa de Adenauer, el reporte de Röpke alabó las medidas de liberación pero también insistió en que el gasto del bienestar y los impuestos no podían exceder ciertos niveles «sin menoscabo de los aspectos expansivos y regulatorios de una economía de libre mercado».

Röpke dijo entonces que ese gasto y esa regulación eran ya excesivos. En ese punto ya no se le escuchó. No fue sino hasta la década de 2000 que el gobierno alemán hizo frente a esos problemas de manera sistemática.

Dicho esto, una de las principales razones por las que la Alemania contemporánea es una de las economías más prósperas del mundo es que hace 68 años unos pocos y responsables políticos e intelectuales rechazaron las ideas social-demócratas que ahora están otra vez de moda.

Lo que importa, sin embargo, es recordar que la recuperación de Alemania no fue un milagro. Fue el resultado lógico de adherirse al mercado.

Desafortunadamente, esta lógica también funciona en la otra dirección. No hay nada misterioso en la manera en la que el socialismo y la democracia social producen caos y destrucción. Es una consecuencia natural de negar a la libertad. Esta lección es una que muchos en Occidente están hoy de decididos a ignorar. El costo, por desgracia, será pagado por todos.

Nota del Editor

La columna apareció originalmente en The Stream.

Si le gustó la historia de Alemania, hay otra que también es irresistible, la de Hong Kong. Lea Economía: Razón PrácticaHong Kong: Contra Los Mitos.

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