Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Amplitud Moral
Eduardo García Gaspar
15 agosto 2016
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


La persona lo resumió sabiamente. Hablaba de las normas que deben regir nuestra conducta. De eso que llamamos moral o ética. De lo que nos dice que hay cosas buenas y malas, debidas e indebidas.

Más o menos, dijo esto.

«¿Es una decisión propia el determinar las reglas según las cuales debo vivir? ¿O, por lo contrario, esas reglas son ajenas a mi voluntad e independientes de mis deseos?»

Solucionar eso tiene sus complicaciones. El tema bien vale una segunda opinión.

Comencemos por la segunda alternativa, la de que las normas morales son independientes de mi decisión y existen por sí mismas.

Esta posibilidad postula que el bien y el mal, lo aconsejable y desaconsejable, tiene una vida propia, separada de la persona, pero que la obliga a comportarse de una cierta manera.

Digamos que es algo como las leyes físicas, las que por mucho que queramos cambiar no podemos. Estamos obligados a respetarlas y si no lo hacemos, sufriremos consecuencias. Es decir, si la moral es así, el no respetarla producirá efectos nocivos en nosotros.

Dentro de esta posibilidad, está la idea de que nuestra misma naturaleza existen reglas que concuerdan con ella. El hecho de ser humanos nos dice que hay normas morales que no dependen de nuestra decisión. Bajo esta posibilidad, nuestra única posibilidad es descubrir esas normas y principios.

Digamos que entonces la ética y la moral son también ciencias destinadas a descubrir verdades. Así como descubrimos el ADN, descubrimos principios morales; reglas que nos obligan a una cierta conducta, como el mandamiento de no matar.

Es ese descubrimiento de la moral y la ética, por supuesto, habrá discusiones y controversias; teorías contrarias y desarrollos distintos. Pero, todo animado por la idea del descubrimiento de la verdad ajena a nuestra voluntad.

La primera posibilidad es muy distinta, según ella es una decisión propia el fijar las reglas morales y éticas. Son ellas un producto humano y dependen de la voluntad propia. Podrán discutirse opiniones diferentes entre las personas, incluso muy racionalmente, pero no hay un criterio final de solución objetiva.

En este escenario cada persona es una fuente moral legítima responsable solo ante sí misma y su conciencia. Por supuesto, esto tiene un problema serio, el de que cada persona podrá construir sus propias normas según su conveniencia acomodada en cada momento.

Esta especie de ética a la carta, con moral del día, produce tal variedad de conductas permitidas que la vida en común sería extraordinariamente difícil si en verdad se aplicara. La vida en sociedad necesitará un mínimo de normas comunes, reconocidas por todos, para sobrevivir y, me parece, manifestadas principalmente en las leyes.

Muy bien, creo que esas dos posibles fuentes de moral y ética, resumen la esencia de lo que en esos terrenos sucede actualmente y desde hace ya tiempo. Vivimos en medio de discusiones éticas y morales de graves consecuencias, eso que se ha llamado guerras culturales.

Son desacuerdos severos entre opiniones morales y éticas, dentro de una misma comunidad, en terrenos muy sensibles. Las posiciones en defensa y en contra del aborto son un ejemplo notable de eso. Lo mismo que las opiniones acerca del matrimonio de personas del mismo sexo.

No pretendo nada más que exponer una situación actual en extremo diferente a la de otros tiempos, en los que las «opciones morales» tenían una amplitud mucho más restringida. Entender esto ya es ganancia, reconociendo la influencia real de la propuesta de que cada persona puede decidir su propia moral.

La amplitud moral y ética crea una holgura tal que permite la entrada de todo, o casi todo, con escasos filtros de calidad. Dicho de otra manera, cualquiera puede sostener opiniones morales y defenderlas como si fuesen de gran calidad.

Es un fenómeno por el que un biólogo se convierte en un teólogo, un físico en un filósofo, un político en un erudito ético, un escritor de novelas en un sabio moral, un director de cine en una autoridad ética, un cantante en una fuente creíble de deontología, un video en youtube es una fuente axiológica, un psicólogo crea su sistema moral.

Son cambios sustanciales. De los autores, pocos y sesudos, que eran referencia de ideas morales y éticas, ahora usted tiene en el mismo nivel a un cantante y a D. Hume, a un director de cine y a J. Ratzinger. Olvídese del resto de los gigantes del tema, ahora eso esta en Twitter, o en memes, o en 7 consejos científicos para ser feliz.

En resumen, estamos viviendo en un ambiente de notable amplitud moral, en el que las más sabias de las opiniones éticas y morales, cualesquiera que ellas sean, son unas pocas entre las abundantísimas opciones a seleccionar.

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