Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Audiencia y Medios, Ambos
Eduardo García Gaspar
24 octubre 2016
Sección: MEDIOS DE COMUNICACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Los medios y sus contenidos calificados consistentemente como vulgares. La queja tiene sentido.

«han ido apareciendo programas donde comentaristas, haciendo uso de albures, corrientes y de mal gusto, tratan de divertir a la audiencia. […] conductores de farándula, son los que ahora hacen el “análisis” de la información, pero a base de albures; o en otros, donde comentaristas varones, parodiando voces femeninas o feminoides, deshacen el lenguaje, lo malbaratan y lo destrozan» Javier H. Contreras Orozco

O como se expresó en otra parte:

«Los ejemplos de una vulgarización que va del lenguaje a la imagen, del frikismo televisivo al populismo político, son habituales. The New York Times alertaba ya en 1972 del aumento del vocabulario vulgar en la televisión. Y hace más de diez años el profesor Fernando Lázaro Carreter se refería a la “anemia idiomática” que se traduce en una “pobreza mental y lingüística” cada vez más acentuada». Josep Playà Maset

En 2005, publicamos «Letras Contra-humanas» con la misma idea central. Diez años después, publicamos, en «Adormilados en lo Vulgar» ejemplos reales de locutores de radio.

Demos por aceptado que eso que llamamos vulgaridad es creciente en los contenidos de los medios. No creo que haya mucha duda al respecto. Lo interesante ahora es tratar de pensar en las razones de eso. Lo que sigue en un ensayo de respuesta.

La primera razón que me se ocurre es la facilidad y la sencillez. Es mucho más fácil, requiere menos talento y menos conocimiento crear contenidos vulgares que contenidos que no lo sean.

Segunda, la cantidad de canales de distribución de contenidos ha crecido mucho. Piense usted en los tiempos en los que para cualquiera existían 2 o 3 canales de televisión, a los actuales con cientos de ellos. Más medios adicionales de Internet.

Todos esos medios necesitan ser llenados con algo y a bajo costo, por lo que la opción de la vulgaridad resulta, no la única, pero sí una alternativa real y frecuente.

Tercero, la defensa acostumbrada de argumentar que se trata de la libertad de expresión, incluso reconociendo que se trata de vulgaridad extrema. Ortega y J. Ortega y Gasset (1883-1955) hablo de eso, del llegar al extremos de sostener que se ha exigido el derecho a ser vulgar.

Cuarto, la otra defensa, la de los medios que afirman que buscan tener utilidades y que no hay más remedio que tener esos contenidos para lograr audiencias y ser económicamente sostenibles.

Eso significa que los contenidos vulgares generan audiencias mayores que los contenidos de calidad. Y es una acusación directa a las audiencias, las que se piensa que son de muy bajo nivel.

Quinto, la caricaturización de la crítica a la vulgaridad. Suele decirse que los intentos de detener a la vulgaridad son «fanatismos religiosos», «fascismo dictatorial» y ataques a la libertad de expresión.

En fin, la situación es compleja.

Tenemos de un lado a la libertad de expresión como uno de los fundamentos de la sociedad libre, lo que hace a los intentos de censura algo indebido, especialmente cuando ellos tienen como fuente a los gobiernos.

Sin embargo, por el otro lado, tenemos lo que indudablemente es indeseable, esa vulgaridad en los medios, agravada por su frecuencia y ubicuidad. Un problema sin remedio absoluto, pero que podría minimizarse.

¿Qué hacer?

Es frecuente entender el problema como uno causado por el motivo de lucro: los medios, en sus ansias de ganar dinero a toda costa, acuden a la vulgaridad para ganar audiencias mayores. Definido así el problema, se critica el objetivo de querer ganar dinero.

Pero eso es solo cierto en parte. Renunciar a las utilidades en los negocios de medios sería igual a desaparecer esos medios, sobreviviendo solamente los gubernamentales. El problema no es querer ganar dinero en los medios, sino cómo se gana ese dinero.

Las cinco razones expuestas antes quizá ayuden a comprender mejor esta situación, pero sobre todo a entender que el problema y su solución no son económicos ni financieros. Son humanos, en su sentido espiritual, moral, como usted quiera llamarles.

Algunos medios piensan tan mal de sus audiencias que crean contenidos repulsivos para atraer grandes audiencias y, lo curioso, es que parecen tener razón, al menos entre un segmento sustancioso de la audiencia (a juzgar por los números de popularidad).

Entonces, tal vez, esta depresión de estándares culturales, de arte y de moral, tenga su origen más certero en la pérdida de normas y principios, lo que afectaría a ambos, al medio y a la audiencia.

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