Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Barcos, Autos y Filosofía
Eduardo García Gaspar
27 junio 2016
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Así como hay ejercicios físicos, existen ejercicios mentales.

Este es uno de ellos, conocido como El Barco de Teseo. Es una historia que presenta un problema que nos pone a pensar.

Teseo sale en un barco a un largo viaje durante el que las partes del barco son reemplazadas cuando se echan a perder. Después de varios cambios de piezas, Teseo regresa y la historia se termina. ¿Aburrido? No, lejos de eso.

Piense usted en otra historia, la de su coche, el que ha sido suyo durante, digamos, 15 años. Durante ese tiempo, se le han cambiado piezas y no han sido pocas. Es el mismo caso de Teseo y su barco.

Hagamos esto aún más extremo, añadiendo dos posibilidades vitales.

Una, el barco o el carro tienen piezas reemplazadas, digamos el total de ellas. Esto plantea la pregunta obvia, la de si propiamente es el mismo barco anterior, si el coche es el mismo que antes.

La otra posibilidad, una persona aparece con una ocupación curiosa, la de seguir a Teseo y a usted y su auto. Ella va coleccionando las piezas desechadas, a las que repara y usa para construir otro barco y otro coche. ¿Cuál es entonces el barco original y cuál el carro original?

La historia es posible de llevar hasta el caso de un suéter que es parchado una y otra vez hasta que todo es reemplazado y los estambres de desecho se usan para tejer otro suéter. ¿Cuál de los dos es el mismo original?

Ahora vaya usted a los casos de compra de empresas. La empresa A compra a la empresa B como una subsidiaria a la que cambia de domicilio y despide a todos los ejecutivo altos sustituyéndolos con otros. ¿Es la misma empresa B la anterior, o es otra?

Las cosas se complican cuando se ve la biología humana y los cambios que ella sufre naturalmente, por no mencionar transplantes. ¿Somos los mismos ahora que hace cincuenta años?

La historia del barco de Teseo resulta ser bastante menos aburrida de lo que parecía y termina siendo un ejercicio mental considerable. Imagino que intuitivamente consideremos que sí, que todas esas cosas siguen siendo las mismas a pesar de todos los cambios, lo que nos lleva al problema de definir «lo mismo».

Se han apuntado soluciones posibles, como el acudir a las cuatro causas de Aristóteles. Pero lo que pretendo enfatizar es lo fantástico que resulta el plantearse problemas como este.

Varios de mis amigos, estoy seguro, pensarán que la paradoja de la identidad del barco de Teseo es una inutilidad total en la que no merece invertir tiempo. A nadie interesa solucionar estos casos tan jalados de los pelos, me dirán.

Yo no estoy tan seguro. Acepto que es cierto que es difícil determinar una consecuencia práctica inmediata con beneficio tangible, pero no creo que ese sea el propósito de toda acción de la razón. Ella tiene propósitos alternos y uno de ellos es claramente la diversión sana de la persona, como la que se usa para resolver un sudoku, crucigramas y acertijos. Hay algo de gusto en el ponerse a pensar, incluso aunque no se llegue a una solución siquiera satisfactoria.

Hay también otra razón, que es mucho más embrollada: las consecuencias indirectas y de largo plazo de esas cuestiones que tan imprácticas nos parecen. No lo sé, quizá la paradoja del barco de Teseo nos haga aprender algo que pueda servir más tarde para pensar en el asunto del aborto y cómo es que somos los mismos desde el momento de la concepción.

O piense usted en esta posibilidad, la existencia de un criterio adicional al de la utilidad y que justifique esas divagaciones de la razón. Sí, la paradoja del barco de Teseo tiene nula utilidad en asuntos como la preparación de un compuesto químico, o el análisis de un reporte financiero. Es decir, no tiene consecuencias prácticas inmediatas, pero la utilidad no es el único parámetro.

I. Sánchez Cámara lo ha expresado así:

«La verdadera filosofía tiene la misma utilidad que, por ejemplo, una cantata de Bach, un lirio de Van Gogh o un atardecer: ninguna. Ser útil consiste en ser medio o instrumento al servicio de otra cosa, que es lo importante. Lo útil no vive sino bajo estricta subordinación y dependencia. No puede ser autónomo. Su sentido lo recibe de otra cosa, a la que necesita para justificarse. Sólo lo inútil es fin en sí mismo. Y sólo lo que es un fin en sí mismo es digno y grande».

Eso es hacer filosofía también y proponer que la utilidad no es lo único que importa. Reducido a su extremo total, la utilidad práctica reprobaría la existencia del Ave Verum Corpus de Mozart. Pensar en problemas como este es valioso en sí mismo y no se necesita más justificación, una respuesta que no es nada mala, al contrario.

Si los ejercicios físicos y el buen estado del cuerpo son considerados buenos, resultaría incongruente que no se considerara positivo el ejercicio mental y el buen estado de la mente.

Post Scriptum

Ave Verum Corpus de Mozart, un argumento a favor de la filosofía y del trabajo de Leonard Bernstein:

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