Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Candidato ideal: Imposible
Eduardo García Gaspar
24 noviembre 2016
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
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Un amigo expresó su opinión con extrema claridad.

Hablaba de los candidatos a la presidencia de los EEUU: Clinton (1947), Sanders (1941), Trump (1946), nacidos en los años que se indican entre paréntesis.

La opinión de mi amigo: «Nadie mayor de 50 años debería ser presidente de ningún país».

Luego aceptó que tampoco lo debería ser alguien «demasiado joven». La justificación general fue la necesidad de fuerza personal, ideas nuevas, y cosas similares.

La cosa quedó en eso, no con aprobación del resto de quienes lo oyeron, pero sí como una idea que tiene cierto fundamento. Esto es algo que merece una segunda opinión.

En el libro de MacIntyre, Alasdair. 1998. A Short History of Ethics hay algo aplicable. Viene de Aristóteles y contradice a mi amigo.

Según el libro, el griego dijo que los jóvenes no harían un buen papel en la política. No lo harían porque su experiencia no es suficiente, sus pocos años son una limitación, no de talento, sino de eso que llamamos ‘experiencia’.

Es haber vivido, pasado por experiencias variadas, estado en múltiples situaciones, generado aprendizaje cotidiano. Ser veteranos, tener madurez, haber sido fogueado, estar curtido.

Sin esa característica, los jóvenes carecerían de juicio político y eso es lo que se necesita, con abundancia, en el papel de gobernante.

¿Es razonable lo que dijo Aristóteles? Por supuesto. Hay otras cosas adicionales, pero sin duda la vida provee experiencias y si ellas son múltiples, mejor.

También hay una condición adicional no contenida en lo anterior: la capacidad personal para sacar provecho de esas experiencias. Y un hombre de edad no es una garantía de haber aprovechado las experiencias. Es lo que resumen esa conocida frase y que me recuerda a, entre otros, B. Sanders:

«Un hombre joven que no es socialista no tiene corazón; un viejo hombre que es socialista no tiene cabeza»

Pero lo anterior es solo una parte de algo más amplio, la inclinación a crear perfiles simplificados de gobernantes ideales. No hace mucho que escuché a alguien afirmar que sería bueno que H. Clinton ganara las elecciones para que al fin se tuviera la «perspectiva femenina» en la presidencia de EEUU.

Este es otro criterio, no distinto al de la edad, para juzgar a un candidato como mejor que el otro, como su sexo. ¿Sirve de algo eso?

No dudo que la edad y el sexo tengan alguna influencia, pero hay otras cosas que son, con poca duda, más vitales para la selección de un gobernante.

Podemos partir de los requisitos más básicos, como honestidad, rectitud. Podemos añadir integridad, decencia, moderación. Incluso sentido del honor, compostura, educación. Esto sería como el perfil general de eso que llamamos «una buena persona».

Aquí ya entramos en apuros obvios. Es muy probable que muchos de los gobernantes no pasen este primer nivel, sean jóvenes o viejos, hombres o mujeres.

Después viene un nivel relativo a su inteligencia general y su razón práctica. Es todo eso que permite calificar a la persona de espabilada, instruida, lúcida, perspicaz. Nos referimos a capacidad mental, viveza intelectual, agudeza. A todo eso que nos permitiría llamarle «un tipo inteligente».

Sigue otro nivel, el de sus ideas y su capacidad para explicarlas en general y en detalle. Es lo que nos da una buena idea de lo que haría o trataría de hacer en su gobierno. La explicación de sus creencias y las políticas que se derivarían de ellas.

Hasta aquí estamos en un plano idealista: la búsqueda de una persona con un perfil muy cercano a la perfección. Deseable pero poco realista. Seguramente, si encontramos a alguien que cumpla con todo eso, nos dirá que no quiere meterse en política.

Y eso nos manda a otra manera de encontrar un gobernante no cercano a lo ideal, pero sí lo más alejado de lo que debe evitarse. Las siguientes son algunas sugerencias de cualidades que, creo, deben producir una reprobación sólida del gobernante que las tenga:

Ambición desmedida de poder; tendencias mesiánicas; sentirse vocero del pueblo; rechazo a la discusión; paternalista; personalista; demasiada retórica y poco contenido; fomento de la división social y el odio de clases; propuestas utópicas; descuido de asuntos financieros; remedios simplistas; pérdida del control…

Usted puede completar la lista anterior y usarla para examinar a los candidatos a puestos públicos evitando dar su voto a aquel que tenga esos defectos. Fallas que lo colocarían no como una persona como el resto, sino inferior a ellas.

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