Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Caridad Sin Acompañantes
Eduardo García Gaspar
17 marzo 2016
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es inevitable. La caridad, la compasión, o como quiera usted llamar a esa virtud, no funciona muy bien por sí misma.

Aislada del resto de las virtudes, la caridad no parece tener mucho sentido. Necesita la compañía de otras virtudes para que ella brille como merece.

No es difícil entenderlo, pero es frecuente ignorarlo. Me explico con un ejemplo, el de las propuestas de ayuda mediante programas destinados a resolver problemas de pobreza y que suelen tomar la forma de dinero transferido de un gobierno a otro, de un país rico a un país pobre.

O bien, puede tratarse de fondos privados recolectados por medio de, por ejemplo, conciertos de músicos célebres. Por medio de ellos se reúne dinero que es enviado al extranjero, a un país que se juzga padece una pobreza indignante.

En su fondo esencial, es una caridad que tiene muy buenas intenciones: quiere ayudarse a quienes son muy pobres. Es imposible estar en contra de esa intención. Los problemas, sin embargo, comienzan cuando la caridad mostrada y realizada no se acompaña de otras virtudes.

Eso es precisamente lo que creo que bien vale una segunda opinión.

La caridad sin acompañantes con facilidad se vuelve contra sí misma. Puede dañar incluso a aquellos a quienes quiere ayudar.

Más en concreto, por ejemplo, las transferencias de fondos de gobiernos de países ricos y de organismos internacionales, a autoridades de países muy pobres. Los fondos tienen objetivos generales de ayuda a los pobres del lugar, como atención médica, comida regalada o muy barata y demás.

Los gobernantes de los países pobres y organismos dentro de ellos reciben esos fondos y se espera que los usen para los objetivos esperados (en general, esperando una disminución de la pobreza). Hasta aquí, la caridad va sola, sin acompañantes. No puede estarse en contra de esas intenciones, pero puede y debe protestarse la falta de otras virtudes que la acompañen.

Entra ahora la prudencia y plantea preguntas razonables. ¿Tienen resultados esos programas de ayuda externa? ¿Tienen efectos que no son deseables?

¿No es acaso demasiado aventurado confiar tanto en los gobernantes de los países pobres sin exigirles resultados? ¿Acaso no existen otras maneras de ayudar los pobres que los programas externos de ayuda?

La caridad, ahora acompañada de la prudencia, se vuelve cautelosa. Y comprueba realidades, porque en realidad los programas de ayuda externa en contra de la pobreza no pueden ser calificados de realmente exitosos. Más aún, la pobreza ha decrecido más en aquellos lugares en los que no se tienen programas de ese tipo.

Otra cosa. Resulta en extremo idealista suponer que los gobernantes del país que recibe el dinero se comportarán de manera angelical. Una sana prudencia hará ver el riesgo moral: en el momento en el que los programas tengan éxito y la pobreza se reduzca, esos gobernantes saben que dejarán de recibir tal ayuda (e incluso pensarán que dejarán de tener poder sobre sus ciudadanos cuando estos dejen de ser pobres).

Lo anterior, creo, ilustra mi punto.

La caridad sin otras virtudes que la acompañen puede volverse contra sus propias intenciones. Los programas internacionales de ayuda, por ejemplo, pueden ser vistos como una subvención a gobiernos malos, dictatoriales, que mantienen condiciones que son causa de pobreza.

Piense usted también en otra cosa. Resulta demasiado optimista suponer que programas de ayuda que consideran a los pobreza como un grupo uniforme de personas idénticas. «Los pobres» son en realidad personas individuales y únicas, colocadas en circunstancias particulares y distintas.

No parece ser muy razonable, incluso ni justo, dejar de ver a personas para contemplar solo grandes intenciones globales que aunque buenas no son suficientes.

En fin, el asunto es claro. Muchos, demasiados, cometen el error de la caridad aislada a la que ninguna otra virtud acompaña. No debe dudarse de sus buenas intenciones y de que ellas son parte de nuestros deberes. La gran concepción cristiana del amor por los demás.

Pero la caridad no es la única de las virtudes, ni el único buen hábito. Hay otras virtudes y todas ellas son compañía necesaria entre sí. Obsesionarse con una olvidando al resto es un acto de miopía moral.

Post Scriptum

Sobre la idea de que la pobreza no estandariza a las personas, véase Los Pobres no Son Iguales. Véase también Falla la Unitalla.

La definición de caridad de la Real Academia de la Lengua, siempre contiene un elemento de amor:

«En la religión cristiana, una de las tres virtudes teologales, que consiste en amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos. Virtud cristiana opuesta a la envidia y a la animadversión. […] Actitud solidaria con el sufrimiento ajeno […]».

Es una de las virtudes teologales (fe y esperanza son las otras). La virtudes cardinales o morales son: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Todas ellas deben acompañarse mutuamente si quieren lograr lo que pretenden.

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