Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Caridad y Obligaciones
Leonardo Girondella Mora
12 julio 2016
Sección: Sección: Asuntos, SOCIALISMO
Catalogado en:


En lo que sigue exploro la idea de la caridad gubernamental en relación con la caridad personal —y comienzo con el significado de esa virtud.

La caridad es una virtud con raíces religiosas imposibles de negar —una manifestación de amor desinteresado en el bienestar de los demás, una actitud personal que da significado al resto de las virtudes.

Ha sido explicada como:

«[…]la virtud que nos conduce a amar a los demás hombres sin excepción como a nosotros mismos, buscando de manera habitual el bien de pensamiento, actitudes, palabras y acciones, traduciéndolo en acciones concretas de servicio a los demás».

Sus sinónimos redondean su significado: compasión, misericordia, piedad, humanidad, altruismo, desprendimiento, desinterés, filantropía, generosidad, liberalidad, magnanimidad…

Su significado está íntimamente relacionado con el hacer el bien a otros —otro producto cristiano, el de amar al prójimo como a uno mismo— y connota de inmediato la idea de algo laudable y encomiable.

La interpretación de caridad, sin embargo, en la actualidad, tiene un significado ambiguo que oscila entre dos formas de entenderla:

• En su sentido ortodoxo y tradicional, la caridad tiene una referencia clara a un sujeto activo que realiza acciones concretas que son de beneficio a otros, especialmente a quienes están en una situación difícil.

• En su sentido laxo y flojo, la caridad ha sido limitada al sentimiento de un observador a quien conmueve la situación de otros creado deseos e intenciones de solucionar esa mala situación que le ha creado inquietud.

La desigualdad entre ambas debe ser obvia —mientras que la primera llama a una acción concreta de la persona, la segunda se detiene en el deseo de hacer algo. Esta desemejanza entre ambas interpretaciones parece ser pequeña, pero tiene consecuencias descomunales.

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La caridad que llama a acciones concretas tiene como sujeto a la persona misma, en la que cae una responsabilidad imposible de delegar en otros —la manera real en la que se demuestra con hechos el amor al prójimo.

La caridad que se confina al tener emociones y crear intenciones de ayuda, se circunscribe a una postura sin acción real —es un estado de ánimo que crea una cierta angustia personal y produce pretensiones de ayuda sin que llegue a convertirse en una acción concreta personal.

La caridad confinada a inquietud y empeños, pero sin acción, tiene una faceta que la hace reconocible con facilidad: los llamados urgentes a que otros realicen las acciones que la caridad demandaría a la persona.

Esta interpretación de una caridad incompleta, sin acciones, es terreno feraz para la entrada de un fenómeno actual de consideración, la caridad estatal —es decir, la misericordia delegada en los gobiernos.

Puede identificarse este tipo de caridad incompleta en frases como «el gobierno debe ayudar a…» —donde el espacio en blanco se llena con aquello que inquieta y angustia a la persona: a campesinos, al cine nacional, a tener más ingenieros, a ancianos, o lo que sea.

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Con lo anterior he tratado de mostrar que la caridad gubernamental es distinta a la caridad personal, y que lo es porque admite una interpretación incompleta de la caridad real —dejando la persona de tener la responsabilidad de realizar actos personales y trasladándola a otros.

La inadvertencia de la acción personal, a su vez, produce situaciones de contrasentido, en las que una persona sin mucho sentido de caridad puede exigir la ayuda gubernamental y otra con gran sentido de caridad puede oponerse a ella por ser un caso de altruismo dañino.

La situación se agrava al crearse la oportunidad de formación de un grupo profesional de irritados que en todo situación encuentra una oportunidad de reclamo para la intervención estatal caritativa.

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