Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Desigualdad y Desconsuelo
Leonardo Girondella Mora
5 abril 2016
Sección: Sección: Asuntos, SOCIEDAD
Catalogado en: ,


La desigualdad —específicamente la económica— parece ser el gran tema de actualidad. Esta popularidad y su indudable importancia me llevan a examinar una columna (ver nota abajo) sobre este tema.

Adentrarse en el razonamiento que lamenta la desigualdad es una buena vía para entender el punto de vista de quienes propugnan medidas igualitarias.

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La columna inicia mencionando a quienes creen que la desigualdad no importa —apuntando a M. Thatcher como su líder

«Hay que recibirla [la desigualdad] con gusto como un premio al talento y la creatividad: la justicia económica en acción. No hay vicio en la concentración de la riqueza […] Los reparos a la desigualdad son expresiones de la envidia [...] Los thatcherianos nos llaman a mandar al diablo la discusión sobre la igualdad. Están convencidos de que la palabra misma es maligna».

Creo que eso basta para mostrar un punto muy claro de la columna de opinión. Está en contra de quienes argumentan que las políticas igualitarias son negativas.

Más adelante hace una anotación valiosa.

« Que las acciones de Carlos Slim suban o bajen hoy no altera en nada mi condición. Sería absurdo festejar como victoria igualitaria si sus bonos bajaran esta noche. Sería tan cierto como irrelevante decir que si el magnate es un poco menos rico, nosotros seríamos un poco más iguales».

Y otra más de mero sentido común:

« Si las 10 familias más ricas de México cambiaran hoy de nacionalidad y residencia, mañana despertaríamos más igualitarios. ¿Habría algo que celebrar en esa mudanza?»

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A partir de allí inicia su argumentación en contra de quienes critican a las políticas igualitarias —para el columnista la desigualdad importa y mucho.

Primero acude a una abstracción que encuentro difícil de comprender:

«[…] no vivimos en aislamiento, nuestras posibilidades se miden en relación a las posibilidades que brinda nuestra circunstancia histórica. Es en diálogo con la ciudad, con el país, como trazamos la órbita de nuestra experiencia vital […] Con otros y frente a otros dibujamos el aro de nuestros deseos. La desigualdad hace que lo deseable sea imposible para muchos. Por eso la desigualdad, más allá de las maldiciones de la pobreza, es un destierro de la propia patria».

La queja contra la desigualdad se convierte en lamento:

« ¿Qué importa que mueras diez años antes de aquel que nació en el barrio contiguo? Si vives por encima de la marca de la pobreza, no te quejes. Acepta que tus hijos no tendrán acceso a los juegos que tienen los hijos de tu patrón y que no serán capaces de elegir su profesión».

Segundo, la idea parece tomar cierta forma cundo el columnista escribe:

«Desigualdad: un grupo diminuto con un poder inmenso. Millones excluidos. A nuestros libertarios les da igual. No se percatan del efecto pernicioso que la disparidad tiene en la mecánica democrática […] La desigualdad obstruye toda causa pública. ¿Puede realmente negarse el efecto pernicioso que la concentración de la riqueza tiene en la ruina de nuestra educación pública, en el fiasco de nuestras leyes, en el desastre urbano? La desigualdad corroe desde las dos puntas el principio cívico de la convivencia».

La desigualdad como causa de «la ruina de nuestra educación pública, en el fiasco de nuestras leyes, en el desastre urbano» es algo quizá demasiado aventurado —supondría que la igualdad elevaría la calidad educativa que está en manos estatales.

Tercero, la exageración se hace presente:

«Hay que tener claro que el discurso antiigualitario que empieza a exponerse en público es un programa segregacionista. No es imaginativo porque la segregación es nuestra marca histórica. Lo novedoso es que el segregacionismo ha perdido la vergüenza. Hoy los guetos se defienden con orgullo».

La discusión sobre las políticas igualitarias de redistribución son ahora colocadas como posibilidades de segregación —lo que aunado al todo burlón en contra de sus enemigos colocan a la columna en un sitio alejado de una probabilidad razonable de diálogo.

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Lo que he intentado demostrar usando el contenido de una columna es (1) la dificultad que suele existir al definir a la desigualdad y (2) el tono burlón aunado a la falacia del hombre de paja que suele existir en estos temas.

Termino con una cierta sensación de desconsuelo ante eso. El tema es importante y comprenderlo correctamente es parte del camino a la verdad: la caricaturización del enemigo para facilitar su derrota no es propio de quien eso escribió.

Addendum

La columna que examiné es de Jesús Silva-Herzog Márquez, «El Nuevo Segregacionismo», Grupo Reforma, 28 marzo 2016.

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