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El Final de Europa
Selección de ContraPeso.info
11 enero 2016
Sección: Sección: Análisis, SOCIEDAD
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Un análisis de la autodestrucción europea es la idea de Samuel Gregg en esta columna. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación.

En sus Mémoires d’Espoir, el líder de la Francia Libre durante la Segunda Guerra Mundial y fundador de la Quinta República, el general Charles de Gaulle, escribió largamente acerca de un tema que hoy está en la mente de muchos —Europa.

A menudo descrito como apasionadamente francés hasta el punto de lo incorregible, de Gaulle fue, a su propia manera, esencialmente europeo.

Sin embargo, para de Gaulle, Europa no era un asunto primario de instituciones supranacionales, como la Comisión Europea o el Banco Central Europeo, mucho menos lo que algunos políticos europeos vagamente llaman «valores democráticos». Para la mente de de Gaulle, Europa era esencialmente una herencia espiritual y cultural, una que merecía ser emulada por otros.

Las naciones europeas, escribió de Gaulle, tenían «los mismos orígenes cristianos y la misma forma de vida ligadas unas con otras desde tiempos inmemoriales por medio de lazos innumerables de pensamiento, arte, ciencia, política y comercio».

Con esta base, de Gaulle consideraba que era «natural» que estas naciones «debieran unirse para formar un todo, con su propio carácter y organización en relación con el resto del mundo». Sin embargo, de Gaulle, también creía que sin el claro reconocimiento y el profundo aprecio de esos cimientos fundacionales comunes, ninguna integración paneuropea podría lograrse.

La crisis europea actual refleja la importancia duradera de la perspicacia de de Gaulle. Esto es verdad no solamente considerando la fe cuasi religiosa que algunos europeos colocan en el tipo de burocracias supranacionales que causaron el enojo de de Gaulle. También aplica a esto lo inadecuado de la visión que informa a su confianza en tales instituciones.

Hasta que los líderes de Europa reconozcan este problema, será difícil ver como el continente puede evitar mayor descenso, ya sea como jugador en el escenario global o como sociedades que ofrecen al resto del mundo algo claramente enriquecedor.

Economía, migración y valores

En nuestros días, tres fenómenos vienen a la mente cuando se consideran los problemas contemporáneos de Europa.

Uno es el de las dificultades económicas que están dañando no solamente a pequeñas naciones europeas, como Grecia y Portugal, sino también a naciones grandes, como Italia y Francia.

El segundo es el influjo de migrantes que probablemente continúe barriendo las fronteras europeas durante los siguientes pocos años. Como lo han demostrado las atrocidades de París, ninguna cantidad de corrección política puede ocultar el hecho de que el asunto de la migración no puede ser separado del problema del terrorismo islámico.

Y eso es lo que hace surgir el tercer asunto, que está en la mente de todos pero que pocos líderes europeos parecen dispuestos a enfrentar de una manera integral: ¿es la religión islámica, considerada en sus propios términos, compatible con los valores y las instituciones de la cultura occidental?

No muy por debajo de la superficie de estos asuntos se encuentran cuestiones culturales. En su libro Mass Flourishing, el economista premiado Edmund Phelps ha ilustrado cómo ciertos compromisos de valor y las formas en las que ellos son institucionalizados, han ayudado a dar forma a estructuras europeas nacionales y supranacionales que dan prioridad, por ejemplo, a la seguridad económica a través del estado por encima de la libertad, la creatividad y la toma de riesgos.

Esta es una razón por la que muchos políticos europeos, líderes de negocios y sindicatos con frecuencia invocan palabras como «solidaridad» cuando se oponen a reformas económicas liberales. Aparentemente se les escapa la noción de que las solidaridad puede ser implantada por otros medios que no sean los de la extensa regulación.

Similarmente, el hecho de que la mayoría de los inmigrantes actualmente llegando a Europa vienen de contextos religiosos y culturales muy diferentes a las propias raíces históricas europeas, inevitablemente ha llevado a muchos a preguntarse si algunos de estos inmigrantes pueden —o están dispuestos— a integrarse a las sociedades europeas que presumiblemente quieren permanecer claramente occidentales en sus valores e instituciones.

Desde los años 60, muchos migrantes en naciones como Suecia, Bélgica y Francia no se han asimilado. En algunos casos, ellos viven existencias casi extra territoriales, como lo sabe cualquiera que haya visitado les banlieues [suburbios] de ciudades como Bruselas, Lille, o Estocolmo. Entrar en el distrito de Molenbeek en Bruselas, del que provino al menos uno de los terroristas en París, es trasladarse a un mundo diferente: uno de drogas, desempleo y, sobre todo, sentimientos radicales yihadistas.

Una razón por la que de Gaulle abandonó a la Argelia francesa al principio de los años 60 fue que no estaba convencido de que Francia pudiera integrar con éxito a varios millones de musulmanes del norte de África y permanecer como una sociedad occidental con cohesión. Los fracasos demostrados de varias políticas multiculturales en muchos países occidentales europeos desde ese tiempo enfatizan la razón que tenía.

¿Que raíces, las raíces de quién?

Una cuestión aún más profunda surgida de estos asuntos concierne a qué precisamente están pidiendo los líderes europeos a los migrantes que se integren y la razón por la que ellos deben molestarse en hacerlo.

En años recientes, figuras improbables como el primer ministro conservador de Gran Bretaña David Cameron y el ministro francés del interior el socialista Bernard Cazeneuve, han descrito a sus naciones como países históricamente cristianos. Sin embargo, mirando a través del espectro político, la mayoría de los políticos europeos —especialmente en Europa Occidental— evitan ese lenguaje.

En su lugar, uno escucha expresiones como «el Estado constitucional democrático», «tolerancia», «derechos humanos», «casa común europea» y «pluralismo». Mucha que esta terminología está asociada con lo que el filósofo secular alemán Jürgen Habermas llama el proyecto de «progresismo político», que él escribe como «una especie de república kantiana».

No es que la democracia, la tolerancia, o el pluralismo sean problemáticos en sí mismos. Lo que realmente importa es la base normativa sobre la que estas ideas instituciones están basadas y las formaciones culturales que las rodean y les dan significado.

Hay mucha diferencia entre, por ejemplo, (1) una sociedad que enraíza a los derechos humanos en razonamientos de la ley natural y el humanismo judeocristiano, y (2) una comunidad que explícitamente rechaza esos fundamentos y cimienta a los derechos humanos en el consenso democrático y en el igualitarismo nivelador que tanto criticaba Tocqueville.

En escritos recientes, el mismo Habermas ha dicho que, por ellas mismas, las filosofías posteriores a la Ilustración han experimentado dificultad al tratar de proveer el balastro necesario para muchos de los conceptos y estructuras que esas filosofías afirman apoyar.

¿Cómo puede todo esto influir en los retos europeos económicos y de migración?

Una idea que la solidaridad informada por la fe judía y cristiana claramente indica es que la preocupación por el prójimo no puede ser delegada en el estado de bienestar. También fuerza a uno a reconocer que la gente que tiene necesidad de ayuda tiene cuerpo y alma; que no son solamente seres materiales.

Este concepto de solidaridad no niega el papel del gobierno. Pero sí requiere compromiso personal que va más allá de solo dar dinero —o de votar que otra gente lo de— para financiar más, probablemente ineficaces, programas de bienestar.

Imagine una Europa sin miedo de insistir en que tiene una cultura europea enraizada en el judeo-cristianismo y en las varias ilustraciones, en la que se espera que los recién llegados se asimilen. Los migrantes entrando a ese continente posiblemente desarrollarían expectativas específicas de lo que significa ser europeo.

Compare eso con la Europa que afirma la claramente falsa noción de que todas las culturas y todas las religiones son básicamente lo mismo, o que se refiere sin fin a la diversidad y a la tolerancia pero que fundamenta tales cosas en el culto contemporáneo al no deber juzgar (non-judgmentalism).

La primera Europa no requiere que los recién llegados se conviertan en judíos o cristianos creyentes, o a recientes filosofías. Sin embargo, sí tiene una base para explicar por qué aquellos que no tengan la voluntad de aceptar esta cultura deben mirar a otras partes al buscar un hogar permanente. En contraste, la segunda Europa no tiene una objeción de principio para evitar diluir significativamente, o incluso a abandonar, la cultura Occidental en el nombre de la tolerancia.

Adiós a Europa

Cuando el teniente de Gaulle fue a la guerra junto con millones de otros jóvenes en agosto de 1914, Europa gobernaba, literalmente, la mayor parte del mundo. Durante los siguientes cuatro años se destruyó a sí misma, para repetir el ejercicio veinte años después.

Durante ese proceso, las naciones de Europa hicieron un gran daño a sus credenciales de civilización y perdieron gradualmente su estatus hegemónico —no sólo políticamente, sino también cultural y económicamente.

La Europa actual es un lugar mucho más pequeño. Como observó el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, en un discurso en octubre, la proporción de la unión europea en el PIB mundial está decreciendo. Las poblaciones envejecidas de Europa, añadió, han caído de un estimado del 20% de la población mundial en 1914 a tan sólo 7% actualmente. Internamente las finanzas públicas de muchas naciones europeas permanecen en un estado peligroso.

De la misma manera los niveles de desempleo de la mayoría de los países de Europa occidental muestran pocas señales de disminución. Tan sólo una semana después, como si se tratara de remachar un clavo, Juncker afirmó, «la Unión europea no se encuentra en buen estado». Apuntó que esto es «sobre todo visible en lo que sea refiere al problema de la migración».

Las naciones europeas no son ajenas a las migraciones internas de gran escala, tampoco a grandes números de migrantes desde fuera de sus fronteras. En verdad, antiguas colonias europeas como Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda ilustran cómo allí la inmigración puede beneficiar a las naciones anfitrionas.

Pero el fracaso o incluso la falta de voluntad para mantener el control de fronteras soberanas es una cosa muy distinta. Europa está pagando ahora —y continuará haciéndolo— un alto precio por esto.

Sin embargo ¿por qué proteger fronteras soberanas cuando no se está dispuesto a decir que Europa significa nada más allá del non-judgmentalism, de una autonomía vacía de fines serios y fácil acceso a amplios sistemas de bienestar cada vez menos sostenibles —todo presidido por una clase política que promete todo a todos mientras ellos permanezcan en el poder?

Puesto de otra manera, ¿cuál de esas cosas vale en realidad proteger, mucho menos promover?

Charles de Gaulle y muchos otros tenían una visión distinta de Europa —una Europa que conocía sus raíces y que creía tener un contenido concreto que ofrecer al resto del mundo. Mucho de ese contenido está reflejado en la genuina pluralidad europea, la que los burócratas de la UE glosan como rutina. Como de Gaulle lo afirmó en una conferencia de prensa de 1962:

«No creo que Europa pueda tener una realidad viva si no incluye a Francia y sus franceses, a Alemania y sus alemanes, Italia y sus italianos y así sucesivamente. Dante, Goethe, Chateaubriand pertenecen todos a Europa hasta el punto en el que ellos fueron respectiva e inminentemente italiano, alemán y francés. No habrían servido a Europa muy bien si ellos hubieran carecido de un estado, o si ellos hubieran pensado y escrito en algún tipo de Esperanto o Volapük».

Es difícil imaginar a políticos contemporáneos europeos hablando hoy de esta forma. Eso ilustra el punto hasta el que muchos líderes europeos —políticos, económicos y religiosos— y un buen número de ciudadanos europeos, han invertido sus esperanzas en las frías estructuras administrativas que promueven soluciones tecnocráticas desde arriba a problemas que simplemente no pueden ser solucionados por esos medios.

El problema es que sin una visión moral vivificante —sea un humanismo informado y enraizado en el judeo-cristianismo, la Europe des Patries de de Gaulle, la confianza de que uno pertenece a una civilización con un carácter único que merece ser preservada, o una combinación de estas cosas— el vaciado moral y cultural de Europa continuará en medio de un verano indio de caída administrada y odio auto infligido.

Esto la hace vulnerable a la agitación interna, ya sea por parte de nacionalistas duros de izquierda y derecha, o por parte de aquellos que desean que el sitio de Viena y la batalla de Tours hubiera tenido un resultado diferente.

Al final de su vida, de Gaulle fue pesimista sobre el destino europeo de largo plazo. No pensó que sucumbiría frente a la entonces muy real amenaza soviética. El comunismo, creía él, contradecía aspectos claves de la naturaleza humano, por tanto no podría durar.

Pero la muerte de la creencia europea en sí misma, ya muy avanzada entre muchos intelectuales europeos, de acuerdo con de Gaulle, era una amenaza mucho más seria de largo plazo para Europa.

Desafortunadamente, me temo, se probará que le général estaba en lo correcto.

Nota del Editor

La traducción del articulo The End of Europe publicado por el Acton Institute el 6 de enero de 2016, es de ContraPeso.info. Ese artículo fue publicado con el permiso de Public Discourse: Ethics, Law and the Common Good.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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