vacío moral

El lamentable estado de la moral de hoy, de estos tiempos. Un diagnósticos de siete pasos que explican las causas y apuntan a una solución fuera de la acostumbrada.

Introducción

La queja sobre el lamentable estado de la moral en la actualidad tiene una explicación en la idea de MacIntyre. En siete afirmaciones el autor ofrece una respuesta que expone las razones de la mala situación moral de estos tiempos y una solución.

La idea fue encontrada en MacIntyre, Alasdair C.The MacIntyre Reader. Univ of Notre Dame Press, pp. 69-72.

El autor ofrece una descripción profunda del orden social y moral en el que se vive actualmente. Afirmaciones que expresan una posición moral y social. Siendo ellas producto de lo escrito en su libro After Virtue.

Imposible solucionar desacuerdos morales

La primera afirma que una faceta distintiva de la situación cultural y social del presente es la imposibilidad de solucionar desacuerdos morales en asuntos esenciales. Por ejemplo, en asuntos como la eutanasia y el aborto; la guerra y la paz; la justicia redistributiva y la propiedad.

¿Por qué? Los defensores de cada una de esas posiciones usan argumentos inconmensurables, es decir, independientes unos de otros; distintos e imposibles de comparar. Una causa del lamentable estado de la moral de hoy.

MacIntyre da un ejemplo. La discusión sobre el aborto utiliza conceptos de propiedad personal para defender el derecho de la mujer a usar a su cuerpo; conceptos de justicia para el respeto de la vida de un ser humano; y conceptos utilitarios. Unos contra otros y con distintos orígenes.

Separados de sus orígenes, concepciones y contextos sociales, esos argumentos en pro o en contra se convierten en poco más que «actitud y sentimiento».

El origen de la lamentable moral de hoy

La segunda afirmación trata el origen de ese estado de cosas: el fracaso de lo que el autor llama el «proyecto de la Ilustración».

Ese proyecto suponía el reemplazo de la moralidad juzgada como supersticiosa con una moral que fuera aceptada por toda persona racional.

La ambición no dio resultado. Produjo en su lugar una variedad de posiciones morales opuestas entre sí, cada una asegurando ser la mejor y desacreditando a sus rivales.

Esto produjo una conclusión: la razón es «impotente en esta área», como lo expresa el autor.

Justificaciones inexistentes

La tercera afirmación establece que las posiciones morales de la actualidad son emitidas como conceptos que tienen una genealogía filosófica que les da una credibilidad y una justificación que en realidad no tienen.

Sin un cimiento racionalmente objetivo, esas posiciones morales se ponen al servicio de opiniones variadas, antagónicas entre sí. Los casos más notables de esto son los derechos humanos y el bienestar.

La naturaleza emotiva de la cultura moral actual provoca que las relaciones entre personas sean manipuladoras: la fama y el renombre que posea el concepto para la administración efectiva. Suponen el conocimiento de leyes sociales que permiten a los administradores manejar a la sociedad; leyes que no conocemos.

Los creyentes en la Ilustración propusieron descubrir tales leyes, desorientándonos al desconocer la imposibilidad de predecir la realidad.

Un engaño en el que se sostiene la burocracia actual, pública y privada. Otra de las causas del lamentable estado moral de hoy.

Olvido de la Ética

En cuarto lugar, MacIntyre afirma que quien mejor entendió que el proyecto de la Ilustración había fallado fue Nietzsche al decir que las creencias morales contemporáneas se habían convertido en «máscaras para propósitos inconfesables».

Es el planteamiento del error esencial del proyecto de la Ilustración y que el autor establece con claridad: el olvido de la ética y la política aristotélica.

De hecho, Aristóteles y Nietzsche con las dos únicas alternativas en la teoría moral contemporánea.

Práctica de la virtud

La quinta afirmación sobre el lamentable estado moral de hoy se refiere a la virtud, a una concepción correcta de ella, especialmente como «todas esas cualidades sin las que los seres humanos no pueden alcanzar los bienes internos a sus prácticas».

MacIntyre define entonces a la práctica como:

«cualquier forma coherente y compleja de actividad humana cooperativa socialmente establecida a través de la cual los bienes internos de esa forma de actividad son realizados en el curso del intento de lograr esos estándares de excelencia que son apropiados a, y parcialmente definitorios de, esa forma de actividad, con el resultado que los poderes humanos para alcanzar excelencia y las concepciones humanas de los fines y bienes involucrados son sistemáticamente extendidos».

El mismo autor expone como ejemplo de «práctica» a la agricultura, la pesca, las ciencias, las artes y juegos como el fútbol y al ajedrez. La política actual, sin embargo, no es práctica como sí lo era en el mundo antiguo y el medieval.

Más aún, la virtud tienen también la función de proveer un «telos» a la persona, un sentido de propósito final. Esto significa tener una narrativa de vida, imposible sin ese sentido de propósito final.

Virtudes que también deben «ser entendidas como cualidades requeridas para sostener en buen funcionamiento tradiciones sociales en curso».

La tradición de la virtud

La sexta afirmación habla del fracaso de la última parte de la Edad Media Europea para sostener la tradición de la virtud, como es entendida en términos aristotélicos y cristianos.

Esto permitió el rechazo de esa idea y abrió la puerta al proyecto de la Ilustración.

Esto provocó que se viva ahora en una cultura moral en la que las virtudes no tienen un lugar importante. Una cultura moral en la que las disyuntivas y discusiones morales son irresolubles dentro de la moral actual y dentro de la moralidad en sí misma.

Aristóteles vence a Nietzsche

Por último, la afirmación sostiene que Aristóteles vence a Nietzsche.

La historia de la moral en su teoría y práctica, escrita desde la perspectiva de Aristóteles es la que permite entender lo que sucede moralmente en nuestros tiempos, «las condiciones morales de la modernidad».

Concluyendo

El autor responde a la inquietud profunda de los muchos que en la actualidad lamentan la falta de valores como causa de situaciones reprobables: guerras, violencia, crimen, impunidad, divorcios, pederastia y una larga lista más.

¿Qué ha sucedido que haya producido la proliferación de tantas conductas tan inaceptables e inadmisibles? ¿Cuál es la razón del lamentable estado en el que se encuentra la moral hoy?

La respuesta usual y estándar es la falta de valores y el remedio casi automático, clases de valores y civismo en escuelas y universidades.

MacIntyre va mucho más a fondo de la respuesta estándar con una explicación amplia. El origen está en el rechazo de Aristóteles, el repudio de la virtud, que se sufrió gracias a la Ilustración.

Ella aspiraba a crear una moral racional, aceptable a toda persona razonable, como un sustituto a la moral anterior vista como supersticiosa, dogmática e inexplicable.

No lo logró. Fracasó en su intento y produjo una miscelánea de escuelas morales que pretenden ser las mejores y son antagónicas entre sí. El debate entre ellas, su diálogo, más aún, no produce soluciones.

Peor todavía, los argumentos usados por cada postura moral no tienen un común denominador, como si unos usaran peras y otros manzanas. Los dilemas grandes de la moral actual se tornan insolubles. Esto permite una utilización fraudulenta de argumentos morales sacados de su contexto.

Por consiguiente, se concluye que la razón es insuficiente y así se da entrada al emotivismo moral: los fines morales son un asunto de sentimientos y emociones individuales.

¿La solución? Una revaloración de la idea de la virtud, esas cosas que son necesarias para alcanzar el máximo del desempeño humano en cada labor que realiza y que da a la persona un sentido de propósito final.

Y unas cosas más…

Conviene ver Crisis de valores: conciencia distorsionada, Moral de la envidia: éxito y resentimiento, Distinguir entre el bien y el mal, La libertad por fuerza necesita ética.

Más sobre la moral de hoy y el lamentable estado en el que se encuentra.

Pérdida de valores… y de virtudes más bien

Por Leonardo Girondella Mora

Es una de las partes de los usos y costumbres actuales el lamentar la falta de valores —una carencia que, se piensa, puede explicar una buena cantidad de sucesos reprobables.

Hijos fuera del matrimonio, consumo de drogas, excesos sexuales, materialismo general, trampas en exámenes universitarios, vandalismo callejero —son ejemplos del efecto que se adjudica a la pérdida de valores.

Por igual, también cosas como corrupción política y fraudes corporativos, se explican como actos cometidos por personas sin valores.

El lamentable estado de la moral de estos días es lo que quiero explorar en lo que sigue.

No hay propiamente pérdida de valores

No acepto que se hayan perdido valores —me resulta absurdo creer que el gobernante corrupto no acepte que su conducta es inmoral (e ilegal). Ni que el ladrón declare con inocencia que ignoraba que robar es reprobable.

Mi tesis inicial es, por tanto, que la frase «se han perdido valores» es un mal diagnóstico de la causa de la frecuencia de conductas indebidas, como secuestros, pandillerismo, abuso de substancias y el resto.

Creo que una gran mayoría de las personas que realizan esos actos saben que ellas están realizando algo que es reprobable —conocen los valores, no los han perdido en el sentido de que tendrían que descubrirlos como algo totalmente nuevo y que les era desconocido.

Recordar valores, una solución estándar

Esa es precisamente la conclusión que debe lograrse, la de que si no se han perdido valores, la solución de recordarlos solo podría hacer un bien parcial pequeño.

Me atrevo a decir que, por ejemplo, los cursos de valores en las escuelas de negocios y de política pública, solo cumplirían una labor de resaltar la importancia de lo que ya se conoce. Su éxito no será sustancial, como sospecho que ha acontecido.

La pérdida real es de virtudes

Sin embargo, creo que sí, que en realidad existe una pérdida ética, pero no una de valores, sino una de virtudes. Se ha perdido especialmente la predisposición o inclinación a no realizar actos reprobables.

Es una ausencia de costumbres enraizadas o de lo que es posible llamar carácter moral —el bien hecho costumbre, es eso que se ha extraviado.

La persona puede reconocer que robar es indebido y, sin embargo, ese conocimiento no le impide hacerlo con la misma fuerza que lo haría la virtud del respeto por lo ajeno —este es el hábito que creo que se ha extraviado.

Lamentable estado moral hoy: faltan virtudes

Lo que he propuesto es que no se han perdido en realidad valores, pues con facilidad serán recordados por la gente que no los respeta —que lo que se ha perdido son las virtudes, las propensiones a actuar consistentemente bien.

Si tengo razón, eso cambia radicalmente las cosas en la búsqueda de una solución, al hacer poco importantes las actividades destinadas a recordar valores (puesto que ya son conocidos).

Y, habría más promesa en las actividades que se dirigieran a crear costumbres virtuosas —predisposiciones habituales a actuar de manera ética

Confieso que lo anterior supone que en quien comete acciones indebidas, existe algo que se llama conciencia —saber que el acto cometido es malo, como el robar o matar.

Sostengo que en la inmensa mayoría de los casos, esas personas saben que sus acciones son malas.

Pero también debe admitirse que existen casos, que son mínimos, de inconsciencia real de valores —personas que realmente ignoran, por ejemplo, que matar es malo y que si lo hacen no buscan excusas.

[La columna fue actualizada en 2019-12]