Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Riesgo del Necio
Leonardo Girondella Mora
23 mayo 2016
Sección: EDUCACION, Sección: Asuntos
Catalogado en: ,


Los idiotas y la imbecilidad humana fueron el tema de una conversación reciente y cuyos puntos centrales reproduzco en lo que sigue.

—Es sentirse perfecto, o casi perfecto, de lo que se concluye tener el derecho a expresar opiniones, aunque sobre el tema se tengan conocimientos mínimos. Es el caso del tonto que no sabe que lo es —dijo la persona.

—¿Quiere usted ampliar eso que ha dicho usando otras palabras? —le pregunté.

—Hablo de la diferencia entre el necio y el prudente. Y es el necio el que debe preocupar a todos. Es ese que siendo ignorante no sabe que lo es, es decir, ignora hasta su propia ignorancia y que a pesar de eso no se detiene en la emisión de opiniones y realización de acciones.

—¿Y el prudente? —pregunté.

—Fíjese en una cosa, en la diferencia que existe entre el prudente y el necio. Ambos son ignorantes. Ninguno sabe más que el otro. La gran distinción está en que el prudente reconoce su ignorancia, mientras que el necio no. El prudente, por eso, escapa a la idiotez que suele acompañar al necio.

—¿Los dos son igualmente ignorantes?

—No, en realidad no. El necio es ignorante hasta de su propia ignorancia. En cambio el prudente, el inteligente, intuye su ignorancia y eso frena sus opiniones, sus actos. Pero el problema no es tanto eso, como el peligro que significa el necio.

—¿Peligro?

—La conclusión no puede ser otra: el necio, que es un ignorante, vive expresando opiniones y realizando actos que claramente son fallidos y erróneos. Sus errores son continuos y constantes y eso afecta a todos, especialmente cuando el necio está colocado en una posición de poder.

—¿Como los gobernantes, por ejemplo? —pregunté.

—Exactamente, como los gobernantes. Pero al tema es más complejo que todo lo anterior. El necio de la actualidad no es propiamente tonto, incluso puede ser listo, puede razonar y pensar. Su problema es la ignorancia y esto es lo que hace que su inteligencia le sirva de poco.

—No alcanzo a comprender, ¿no es tonto pero sí es ignorante?

—Eso me parece. El necio puede pensar y razonar, tiene memoria y capacidad intelectual. Igual que el prudente, pero el necio padece de soberbia y piensa que sabe, es decir, no tiene la humildad de reconocer su ignorancia.

—Sigo un tanto en el aire, le ruego que se explique mejor —le pedí.

—Vea usted a su alrededor y constate la cantidad de opiniones que se emiten por segundo. Son innumerables, pero la mayoría de ellas son superficiales, frases hechas, eslóganes prefabricados, repeticiones insensatas que no sobreviven al análisis más rudimentario. El necio concluye que tiene ideas, que son buenas ideas y que deben realizarse.

—¿Ejemplos?

—Vea usted, por ejemplo, al comerciante bien versado en sus negocios y que en frases, dichos y proverbios resume su experiencia con talento, pero que ahora llega a tener ideas sobre el manejo de la economía nacional y apoya, por ejemplo, elevar tarifas a las importaciones.

—Comienzo a entender.

—Mejor aún, más ilustrativo es el caso de los activistas y líderes sociales, cuya profesión parece ser la de implantar sus ideas alterando la vida de todos, cuando esas ideas no son más nada que una serie de opiniones necias e imprudentes.

—¿Casos de ignorancia terca y obstinada? —pregunté.

—De cierta manera, pero sobre todo, casos de duelos y conflictos para imponer opiniones fallidas. Donde la ignorancia reina, el conflicto es inevitable y los oídos se cierran. Es el peligro de la necedad y que solo la prudencia puede resolver.

—Recuerda todo esto la constante de la imperfección humana —comenté.

—Por supuesto. El problema es que esa imperfección es un concepto religioso que es ajeno a la ignorancia voluntaria. Solamente el prudente puede aceptar ser imperfecto y evitar, al menos en parte, la necedad.

—¿Hay remedios? —pregunté.

—Cambiar hábitos y eso es difícil, tardará años, generaciones quizá. La costumbre de emitir opiniones numerosas y sobre cualquier tema debe dejar su lugar al hábito de preguntar.

—¿Buscar la verdad?

—¡Ah, si eso pudiera volverse a tener!

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La conversación terminó allí y dejó un buen sabor, al menos para mí. Espero que al lector le suceda lo mismo.

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