Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
«El Sordo» Pherreira
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18 febrero 2016
Sección: Sección: Listas, Y CONTRAPEDIA
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La historia de Juan «El Sordo» Pherreira puede darse por comenzada un día de 1979. El día del festejo de sus 23 años de casado —con la señora Pherreira, por supuesto— y que produjo una familia en la que nacieron dos varones que ahora viven en un internado para señoritas del que se niegan a salir.

La señora Pherreira siempre culpó a su esposo de haber llenado incorrectamente los formularios de solicitud del internado, lo que enfrió notablemente la relación entre ambos y alegró a los hijos que aún manifiestan estar «aprendiendo mucho de lo mucho que se enseña en está escuela para jovencitas».

Sea lo que sea, «El Sordo» Pherreira, a quien a partir de ahora llamaremos simplemente Pherry, como lo conocían sus amigos, ese año de 1979, tomó la decisión de retornar a su antigua vocación y satisfacer su pasión por la caza, explorando al mismo tiempo territorios desconocidos.

Una de sus aventuras más notables fue una expedición a África, cuyo objetivo fue medir la extensión exacta de uno de sus lagos, cuyo nombre nunca pudo recordar dados los diferentes nombres que tenía dependiendo a qué tribu se preguntara.

Dejó un mensaje a su esposa, y que decía textualmente, «Me voy a África. No me esperes a cenar. Cariños».

Una vez a la orilla del lago, fueron acomodados los avituallamientos encontrando que habían olvidado los instrumentos de medición, por lo que se vieron forzados a usar una medida arbitraria, la «lancha», correspondiente al largo de una de las embarcaciones usadas.

Ese olvido ocasionó un importante retraso en el programa de actividades, lo que Pherry aceptó de buen agrado porque le representaba unos seis meses adicionales en los que no vería a su esposa y evitaría estar presente durante las vacaciones de sus hijos.

Otro de los detalles que falló en la planeación del viaje ocasionó la necesidad de utilizar a tres intérpretes; uno de ellos traducía del idioma nativo al francés, otro del francés al portugués y el tercero del portugués al español, el único idioma conocido por Pherry.

Sabedor que esta cadena de comunicación podía representar errores que significarían en algunos momentos la diferencia entre vivir y morir, se hicieron varios ensayos que persiguieron conocer la exactitud que las órdenes de Pherry llegaran al resto de los nativos, especialmente los remeros.

Los primeros ensayos fueron desalentadores. En uno de ellos, Pherry dio la orden a los remeros de girar a la izquierda (Pherry nunca pudo usar eso de babor y estribor). Las órdenes pasaron de un intérprete a otro hasta los remeros, quienes al escucharla rompieron en una risa escandalosa y uno de ellos se levantó cantando Cielito Lindo (¡Ay, ay, ay, ay, canta y no llores!).

Después de varias semanas de ensayos y errores, Pherry decidió que los miembros de la expedición estaban en condiciones de seguir con el proyecto original. Las instrucciones de «alto», «derecha», «izquierda», «atrás» fueron plenamente dominadas, especialmente la de «cuidado con el cocodrilo».

El día del inicio de la expedición que mediría la extensión del lago, Pherry hizo un pequeño discurso dirigido a los miembros de tal aventura. Se paró en el pequeño muelle que habían construido y habló durante unos diez minutos, quizá menos, acerca de la grandeza de su misión, afirmando que los nombres de todos los miembros serían por siempre recordados en los libros de historia.

Tales palabras siguieron el proceso acostumbrado de tres pasos en la cadena de comunicación. Una vez terminado su breve discurso, todos los miembros pusieron sus pies en las orillas del agua y orinaron. Pherry nunca quiso averiguar la razón del efecto extraño que produjeron sus palabras, aunque sospecha que fue mal hecha la traducción de «¡Hombres, hagámonos al agua y hagamos historia!»

Las tareas comenzaron y los días pasaron sin incidentes notables, incluso a pesar de haber olvidado los instrumentos de medición. La medición en la unidad de «lanchas» parecía estar dado resultados. Después de varios meses, la expedición se encontraba a unos 500 lanchas de su punto de partida, pero el ánimo de los hombres se encontraba en buen estado.

Un día, dos meses después, nubarrones negros presagiaron una tormenta que no tardó en azotar las frágiles embarcaciones llevándolas lago adentro. Dos días completos estuvieron luchando contra el oleaje, con buenos resultados excepto la pérdida de varias cajas de víveres y las valiosas notas de Pherry.

Terminada la tormenta, los hombres se encontraron exhaustos y hambrientos. Tuvieron que recurrir a la pesca para poder sobrevivir mientras encontraban el rumbo. Más de dos semanas estuvieron así, comían pescado crudo y obedecían las erráticas instrucciones de Pherry, quien también había olvidado su brújula. Un buen día divisaron tierra y rápidamente se dirigieron a ella.

Conforme se acercaban contemplaron horrorizados que la orilla estaba infestada por nativos de la tribu Bulú con atuendo típicos de guerra: una lanza en la mano izquierda, pintura roja en la cara, un cuchillo en la cintura, una metralleta en la mano derecha y un casco de combate.

Dudando entre el pescado crudo y Pherry por un lado, y los nativos por otro, los remeros se decidieron por estos últimos y remaron con todas sus fuerzas hacia la costa. Quitaron a Pherry su camisa blanca y colgándola de uno de los remos la agitaron en señal de paz. En medio de una gran tensión pudieron desembarcar ante la hostil mirada de los hombres bulúes. El silencio era total

Pherry sudaba copiosamente, mientras su cerebro buscaba alguna estrategia para salir del embrollo airosamente y con el honor intacto. Optó por utilizar los servicios de sus intérpretes para dirigirse al individuo de aparente mayor rango de los guerreros, uno de barba enredada y larga que fumaba un largo puro.

Ferreira decidió utilizar el viejo truco de dar espejos y cuentas a cambio de su libertad. No funcionó. Luego sacó un encendedor que hizo funcionar varias veces ante una carcajada unánime de los bulúes. Obviamente también había fracasado.

Unos segundos más tarde, en un golpe de suerte, ante la mirada de sus captores, ordenó a sus interpretes la traducción inmediata de instrucciones muy específicas, aquellas que unos meses antes habían provocado el canto de sus remeros en vez de los virajes de las embarcaciones. Acongojado esperó dos o tres minutos hasta que las ordenes llegaron a los remeros. Fueron los minutos más largos de su vida.

Una vez que los remeros oyeron las instrucciones miraron atónitos a Pherry, quien con bruscos aspavientos los animaba. Los remeros intercambiaban miradas y palabras. Entonces uno de ellos se separó del grupo dirigiéndose a una pequeña elevación del terreno. Allí, en medio de un silencio sepulcral, comenzó a imitar a Olga Gillot contando Tú me Acostumbraste.

El semblante serio de los bulúes fue transformándose lentamente en sonrisas. Al acabar la canción hubo un aplauso generoso. Hubo más instrucciones de Ferreira y más música. Así pasaron varias horas: Cachita, La Bamba, Capullito de Alhelí y muchas otras.

Al final los bulúes y los hombres de Pherry se habían mezclado en una rumba sin fin que era abundantemente bañada por varias botellas de ron traídas por los mismos bulúes. Las armas yacían en el suelo; algunas mujeres bulúes atraídas por la música se habían unido al baile.

En medio de esta orgía de música y alcohol, Pherry se encontraba sentado junto al tipo del puro, quien le rodeaba el cuello con su brazo. Entre volutas de humo Pherry hablaba con él y se contaban chistes uno a otro. Por fin, una hermosa nativa vino hacia ellos y sacó a bailar al del puro.

Pherry aprovechó esta situación para dirigirse hacia las lanchas y escapar, cosa que hizo sin ser notado. Terminó por su cuenta la medición de la extensión del lago y cinco o seis años más tarde estaba de regreso con la señora Pherry.

ContraPedia tiene un antecedente en los 80, cuando fueron publicadas una serie de propuestas de palabras y personajes que no existían. Eran muy breves. Esta versión respeta la idea original, jamás publicada antes, con textos más amplios.





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