Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Elementos Progresistas
Eduardo García Gaspar
6 enero 2016
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es una persona nueva, propia de nuestros tiempos. Ortega y Gasset (1883-1955) la ha llamado «señorito satisfecho».

Alguien superficial, un tanto vulgar, pagado de sí mismo, que piensa merecerlo todo.

La idea bien merece una segunda opinión. Sigamos a ese autor y las ideas que él tiene acerca del personaje moderno que tenemos ahora (las citas son de La Rebelión de las Masas)

Comencemos por el primero de sus rasgos esenciales:

«[…] una impresión nativa y radical de que la vida es fácil, sobrada, sin limitaciones trágicas; por tanto, cada individuo medio encuentra en sí una sensación de dominio y triunfo […]»

Aquí hay varios elementos que no deben perderse. El de una vida fácil que no tiene grandes limitaciones; que no necesita esfuerzo, que está allí, gratuitamente, para ser usada al antojo. El dominio, la sensación de poder victorioso personal que hace pensar que uno puede, que uno es capaz.

El segundo de sus rasgos es producto del primero. Esa sensación de dominio,

«[…] le invita a afirmarse así mismo tal cual es, a dar por bueno y completo su haber moral e intelectual. Este contentamiento consigo le lleva a cerrarse para toda instancia exterior, a no escuchar, a no poner en tela de juicio sus opiniones y no contar con los demás».

Este es el elemento de certeza propia, de satisfacción con las opiniones propias y su conclusión lógica, la de no necesitar el pensamiento ajeno.

Y eso le lleva a intervenir

«[…] en todo tiempo imponiendo su vulgar opinión, sin miramientos, contemplaciones, trámites ni reservas, es decir, según un régimen de “acción directa”».

Es lógico que la certeza absoluta en las ideas propias le hagan actuar de forma directa y sin titubear ni dudar. Su meta única es la imposición de sus opiniones.

Ortega y Gasset adjudica esas características al hombre medio y vulgar. El que antes era dirigido en asuntos políticos, pero que se ha sentido capaz de «gobernar al mundo», el hombre-masa que se ha rebelado. Es una idea revolucionaria en estos tiempos que adoran a la corrección política.

Lo que creo que bien vale una segunda opinión es preguntarse si esos tres elementos que el autor asigna al hombre-masa no son también propios de una mentalidad actual, la del progresista.

Coincide el progresista en suponer la existencia de un mundo del que puede disponer gratuitamente. La riqueza que tenemos está allí para usarla sin gran preocupación, sin pensar cómo es que ella ha sido creada.

El progresista es primeramente un distribucionista, alguien que quiere y ambiciona repartir riqueza sin analizar, sin meditar el costo de lo disponible. Él lo da por hecho, como algo dado y regalado, como si la riqueza fuera una cortesía de la naturaleza. Un mundo de balde, en el que la única justicia posible es distribuir con igualdad.

Coincide el progresista en suponer que sus pensamientos son los correctos y adecuados. Es como una especie de autonomía mental que le hace creer que no necesita de nadie más. Un cerebro encerrado que cree bastarse a sí mismo.

El progresista tiene esa altanería, la que lleva a ver al resto como inferiores. Tiene una actitud condescendiente con los inferiores mentales, a quienes soporta como un mal inevitable y a quienes puede mentirse en aras de sus objetivos superiores. Objetivos que no entenderían las mentes comunes.

Coincide también en implantar sus ideas sin que nada pueda evitarlo. No hay consideración que lo detenga, ni argumento que lo pare. Él está en lo correcto y debe hacer lo que piensa, distribuir, repartir, por encima de toda advertencia que se le haga.

No pude evitar que esos elementos mencionados por Ortega y Gasset trajeran a mi mente a quien creo que los ilustra en todo su esplendor, B. Obama. Eso fue lo que me hizo pensar en el progresista y su mentalidad.

Quite usted el elemento distribucionista y será inevitable pensar en muchos otros gobernantes. Yo pensé inmediatamente en D. Trump.

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