Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Explotación Capitalista
Leonardo Girondella Mora
22 septiembre 2016
Sección: Sección: Asuntos, SOCIALISMO
Catalogado en:


Es usual que los mercados libres reciban una crítica negativa sustentada en el argumento de la explotación de las personas —una acusación de «uso» de personas en su sentido peyorativo.

La acusación tiene su origen en el concepto marxista de la explotación del obrero —entendida como el recibir un pago por su trabajo que es inferior al valor de lo que crea, pero que se ha ampliado hasta incluir abusos grandes y pequeños.

El corazón de la idea es el del uso de la persona, comprendido como algo indebido ya que la considera como una cosa, una herramienta que se usa sin ninguna consideración humana.

En lo que sigue examino esa acusación de «uso» de personas bajo el sistema de mercados libres.

• La recriminación es real en el sentido de que existe y es frecuente su empleo —lo que en general sorprende al defensor de los mercados libres, el que contempla un panorama totalmente distinto.

En los mercados libres, cada persona goza de libertades y de autonomía en un proceso de voluntades espontáneas que las personas deciden por sí mismas. No hay en esto una estructura expresa de uso de personas.

• La estructura del libre mercado parte de la idea de voluntades libres que buscan acuerdos mutuos necesarios en las actividades de compra, producción y venta de bienes y servicios.

Estos acuerdos mutuos podrían interpretarse como pactos libres de uso mutuo que son acordados solamente cuando son de beneficio para ambas partes —no siendo nada parecido a la acusación de «uso» reprobable.

• En un libre mercado, las personas son entendidas como agentes libres, autónomos y con capacidad de tomar decisiones orientadas para la consecución de su bienestar propio —todo mediante esos pactos libres, por ejemplo, entre un trabajador y su patrón.

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Hasta aquí, puede verse que el diseño de la estructura de los mercados libres no incluye como elemento necesario a la explotación de unos por parte de otros.

Ese diseño supone que todos son libres, todos son autónomos, pueden pesar y tienen la capacidad de tomar decisiones para realizar las acciones que más les convengan en lo personal —es decir, no es un proceso de distribución de recursos o riqueza, sino un proceso de pagos mutuos acordados con libertad.

Pero eso es la «teoría» y aunque prueba que no hay un mecanismo específico de «uso» de personas en ese sentido de explotación, queda por verse la práctica del sistema —su realidad cotidiana, y examinar si existe o no esa explotación.

Primero, hay que definir lo de «uso» o explotación, como una situación de abuso de poder en la que una persona o personas tienen una relación asimétrica: unas reciben menos y otras más de lo que debían recibir por acuerdo mutuo o por expectativa razonable.

Por ejemplo, un trabajador recibe menos salario del acordado previamente; o bien, una empresa vende productos de mala calidad engañado al consumidor —teniéndose esa situación por causa de un abuso de poder.

La imagen acostumbrada es la de un empresario gordo vestido de etiqueta, fumando puro llevado en una carreta por un obrero flaco y desnutrido —una imagen memorable, pero que no es exclusiva del sistema de libres mercados.

Esa explotación o uso indebido de otra persona debida a un abuso de poder puede suceder en todo arreglo social, sea capitalista, socialista, intervencionista, monárquico, democrático —los abusos de poder que conducen a atropellos no son únicos del capitalismo. Pueden suceder en todo sistema político.

Esto puede entenderse con precisión en la siguiente defensa del socialismo:

«En la economía socialista, este cuerpo [de funcionarios del Estado sobre la producción y el mando de los gerentes, científicos, jefes, en la fábrica], formando una burocracia bien organizada, es el amo directo del proceso de producción. Tiene la disposición sobre el producto total, determinando qué parte se asignará como salarios a los obreros, y apropiandose [sic] del resto para las necesidades generales y para sí mismo».

Ahora es solamente una cuestión de un optimismo descomunal el suponer que el «amo del proceso de producción» no abusará de su poder explotando a los obreros apropiándose de más de lo debido —con una situación extrema: el obrero no tiene otra opción de trabajo que la del amo único.

En resumen, la acusación de que el capitalismo explota a obreros y consumidores resulta una posibilidad práctica posible a pesar del diseño y la estructura de lo mercados libre —pero esa explotación de obreros y consumidores no es exclusiva del capitalismo, sino que es una posibilidad universal bajo cualquier sistema económico, especialmente probable en aquellos en los que el poder se centraliza.

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