Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Explotación y Circunstancias
Leonardo Girondella Mora
2 marzo 2016
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Asuntos
Catalogado en:


La imagen es muy poderosa, aunque repetitiva —la del capitalista explotador, dibujado fumando un puro, muy bien vestido, usualmente gordo y con expresión hosca.

El propósito de mi columna es examinar esa idea, la del capitalista explotador —un sinvergüenza egoísta que vive a costa de los demás a quienes roba y defrauda por medio de sus empresas y la explotación de los trabajadores.

Si se sale de la caja en la que esa imagen está encerrada, la realidad muestra un panorama más amplio y real.

Una diversidad de posibilidades de empresarios de la que puede concluirse que claramente no todos corresponden a esa caricatura —la realidad es más compleja y complicada que el simplismo de un dibujo.

Más aún, es posible llegar a otra conclusión razonable: el egoísmo y la codicia de la que es acusado el capitalista empresario no es un rasgo único de él —todas las personas pueden ser egoístas y codiciosas, como bien lo demuestran casos reales de gobernantes, líderes sindicales, criminales y, bueno, el resto de la gente.

Lo que pretendo hacer en lo que sigue es mostrar la influencia que tiene el medio ambiente en el que se coloca a las personas para probar que las circunstancias no cambian la tendencia a la codicia, pero sí pueden aminorarla.

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Comienzo con una situación de mercado libre —en la que existe propiedad privada y competencia — sosteniendo que en esta circunstancia no es tan importante si el empresario es un codicioso irremediable o un alma de Dios.

En esta circunstancia la codicia empresarial se enfrenta a un freno sustancial: con otras empresas compitiendo, las posibilidades de engaño, de fraude, de elevación de precios, de baja calidad de producto y demás, se reducen.

No es que dejen de tenerse esos abusos, sino que son menores y de corto plazo. El interés propio del empresario, incluso su codicia, se ven frenados por la competencia —hasta hacerle entender que si desea tener muchas utilidades lo que más le conviene a la larga es, ¡oh, sorpresa! complacer a sus compradores.

Y, en el estado de derecho que suele acompañar al mercado libre, el temor a ser encontrado culpable de violar la ley, también frena a la codicia del empresario que sea codicioso y desvergonzado.

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Cambio ahora a otro escenario diferente, en el que no existe un mercado libre —sino uno intervenido por el gobierno y en el que la competencia es escasa o nula.

La expectativa que suele producir esta circunstancia es simple: se espera que esa intervención frene la codicia del empresario capitalista —los gobernantes serán responsables de evitar los abusos del capitalista con medidas y políticas económicas.

¿Lo podrán hacer? No necesariamente —lo más probable es que la codicia sea liberada y no tenga ya los frenos de la circunstancia anterior: con más poder, los gobernantes podrán ahora satisfacer su egoísmo propio y, más aún, establecer alianzas impropias con los empresarios, para satisfacer la codicia de ambos.

Dentro de esta circunstancia no sucede lo esperado, sino lo opuesto: queriendo frenar la supuesta codicia empresarial, se logra lo contrario: se deja libre por falta de competencia y el estado de derecho se desvanece dejando libre a la codicia gubernamental y a la empresarial también.

Esto suele producir lo que se llama capitalismo de amigos y que es una alianza indebida entre empresarios y gobierno, que protege a los primeros de la competencia y al segundo le deja más poder que será usado para satisfacer la codicia de gobernantes.

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Lo que he querido apuntar es la inocencia y la ingenuidad de la propuesta que piensa que la codicia empresarial desaparecerá en sistemas en los que el gobierno interviene fuertemente en la economía —no solamente no desaparecerá, sino que será dejada sin restricciones y el mayor poder del gobierno será abusado.

Es curioso para algunos, incluso contra intuitivo, que los mejores frenos a la codicia empresarial sean posibles en un sistema que los deja libres —y es que esa libertad produce competencia y la codicia, si es que la tienen, tendrá que ser sublimada y convertirse en un deseo de servir mejor al cliente.

En resumen, los mercados libres y el estado de derecho que suele acompañarlos son el mejor freno a un vicio humano general, la codicia —frenando así no solo a la codicia empresarial, sino también a la gubernamental.

Nota del Editor

Si le gustó la columna, quizá también La Codicia es Humana.

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