Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Felicidad Como Meta
Eduardo García Gaspar
17 noviembre 2016
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


La persona hablaba con cierta vehemencia. decía que habíamos nacido para ser felices. Que esa era la razón de nuestra vida, la felicidad. Y añadió más o menos esto:

«Las personas tenemos un objetivo y una meta, que consiste en la felicidad misma. El llegar a una situación en la que ya nada más es necesario, en el que todo es perfecto y bueno. El problema que sigue es el de saber qué es esa meta humana, en qué consiste».

Creo que tuvo razón en comprender a la felicidad como algo en lo que «ya nada más es necesario». Esto tiene sus consecuencias que no son pequeñas.

Podemos entender que es una situación de tal naturaleza que ella misma se justifica y no puede ser un medio para llegar a otra cosa. De esta forma, puede llegarse a comprender que el dinero no puede ser la felicidad porque es un medio para otra cosas.

Usted no quiere ser billonario porque ese dinero constituya un estado que se valide por sí mismo. Tener esos billones es deseable porque son un instrumento para otra cosa, son un paso intermedio. Esto descalifica al dinero como felicidad en sí misma, pero no como un medio deseable.

Quien combate a la pobreza, en buena parte, está queriendo colocar dinero en manos de los pobres, reconociendo así que el dinero tiene una utilidad, un aspecto bueno. Sí, pero no puede considerarse felicidad el estar dentro de una bóveda rodeado de billones en monedas y billetes.

Quizá esto pueda expanderse mucho más diciendo que la felicidad es un estado en el que ya no hay preguntas por responder. Cuando ya no tiene sentido preguntarse «¿por qué? ¿para qué». Es cuando la satisfacción personal es de tal magnitud que no se tiene la necesidad de nada más. La felicidad es el mismo por qué y para qué.

Hay, sin embargo, un problema de localización. Si se entiende la felicidad como eso de «ya nada más es necesario», cuando las preguntas sobran, hay algo que debe plantearse abiertamente. ¿Dónde está ella?

Claramente no está en nuestro mundo por un problema de tiempo. Si la felicidad es eso de «ya nada más es necesario», el tiempo se encarga de echarlo a perder. Al menos esa es nuestra experiencia. La felicidad a la que podemos llegar ahora solo puede ser momentánea y en la idea de la felicidad eso no tiene sentido, pues debía ser algo sin final.

La cosa que se ha complicado notablemente. Si nuestra meta última es la felicidad, entonces requerimos una suspensión de nuestro estado temporal. Es decir, necesitamos eso que puede llamarse eternidad. Y lo opuesto, si no tenemos esa meta y nuestra vida tiene poco o ningún sentido, podemos descartar la necesidad de esa eternidad.

Como consecuencia, si «Las personas tenemos un objetivo y una meta, que consiste en la felicidad misma», como dijo esa persona, debemos considerar algo que puede resultar en un shock: somos inmortales, es decir, estamos destinados a vivir en la eternidad, algo que no tenemos en la vida actual.

Es decir, hay un mundo, o como quiera usted llamarle, después de este, en el que el tiempo no existe y la felicidad es posible (en ese sentido en el que las preguntas han sido contestadas totalmente).

¿Puede esto comprobarse derivando una certidumbre científica? No, solamente puede ser examinado por medio de la razón, pero sin mediciones científicas ni en laboratorios. Se trata, por tanto, de un asunto de argumentaciones lógicas, de filosofía sólida. Por supuesto, esto conduce a discusiones entre posiciones contrarias y diferentes.

Por mi parte, creo que tiene sentido el, al menos, examinar el sentido de la vida nuestra bajo el supuesto de que lo tiene y no es una realidad producto del azar. Ese sentido de la vida, posible de examinar con la razón, sin embargo, necesita ayuda externa. Algunos creemos que la tenemos.

Es la ayuda espiritual. Piense usted en Dios y su amor por nosotros. No sería nada sorprendente que nos echara una mano en estos asuntos y aclarara nuestras mentes. Al menos eso resulta razonable, incluso para quienes no crean. Si los amigos nos ayudan, sería lógico que también Dios hiciera lo mismo.

En fin, creo que tratar estas cosas es hacer filosofía en ese maravilloso sentido de pensar en las cosas más importantes de la vida, como el de la felicidad. Sea cual sea la opinión de usted en este tema, no podrá negarme que olvidar estos asuntos es un error.

A pesar de desacuerdos, de diferencias de opinión, de agrias confrontaciones, dejar de tratar estas cuestiones disminuye nuestra humanidad.

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