Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Indignación, Igualdad
Eduardo García Gaspar
2 agosto 2016
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, SOCIALISMO
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Es una impresión. Una idea algo vaga, difusa quizá.

Una noción que apunta en una dirección que tiene sentido. Señala hacia algo que se suscita sin justificación aparente para todos.

Es algo que merece una segunda opinión.

Me explico comenzando con, por ejemplo en España, eso que se llamó «indignados». Escribió, al respecto, Samuel Gregg:

«Llamados “los indignados”, los jóvenes irritados de Europa derivan su nombre de un panfleto de gran venta, Indignez-vous, de 2010, escrito paradójicamente por alguien en el otro lado del espectro de edades, Stéphane Hessel, un hombre de 93 años, parte de la Resistencia Francesa».

El significado de indignación se asocia claramente con sentimientos de cólera y furia, de repugnancia y asco. Sentimientos, emociones, sensaciones, que no son precisamente formas de razonamiento y de pensar, y que llevan a exigencias curiosamente tradicionales.

Piden ellos, como lo aseveró S. Gregg en su columna «No Tan Revolucionaria» lo mismo que sus padres:

«empleos de por vida que no requieran esfuerzo, atención médica gratuita, ingreso mínimo garantizado, seis semanas de vacaciones pagadas, jubilación temprana y pensiones gubernamentales generosas».

Junto a este sentimiento de indignación, hay otro similar, el de la desigualdad, muy bien representada en esta declaración de Oxfam Internacional:

«La organización internacional Oxfam ha advertido hoy, a pocos días de la reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos, que el próximo año la riqueza del 1% más rico de la población del planeta superará la del 99% restante a menos que se revierta la actual tendencia de desigualdad y concentración de riqueza».

Y ambas, indignación y desigualdad, suelen aparecer juntas; por ejemplo en Controversias Sobre la Desigualdad Argentina 2003-20013:

«Sabemos que el punto de partida de todo debate y toda pugna es la desigualdad, porque ella es la que nos interpela, genera indignación […]»

Entonces, quizá sea bastante más que una impresión o una vaga idea. Tal vez sí hay una estrecha asociación entre el sentimiento de indignación y los argumentos de desigualdad. Esto es lo que nos lleva a un terreno interesante, el de plantear una interrogante razonable.

¿Es la indignación ante la desigualdad realmente una preocupación por los pobres?

Después de todo, el drama central es la situación de los pobres y los miserables. Cierto, la pobreza ha disminuido notablemente desde hace un par de siglos y aun más en las décadas recientes, pero eso no retira nuestras obligaciones de ayuda al prójimo.

Me gustaría tener una manera de probar si el sentimiento de indignación ante la desigualdad es o no una emoción alimentada por envidias y odios más que una intención legítima de ayuda compasiva. Afortunadamente alguien ha propuesto eso precisamente.

L. W. Reed ha sugerido una forma de probar eso: cuando usted encuentre a alguien que habla de la desigualdad con indignación, hágale una pregunta. Dígale si aceptaría que los ricos fuesen aún más ricos al mismo tiempo que los más pobres mejoraran notablemente su situación.

En esa posibilidad, la desigualdad podría elevarse, pero la pobreza disminuiría sustancialmente. Entonces, si la persona no admite esa opción, usted podrá comprobar que su prioridad no es la pobreza realmente, sino la igualación. Esto, creo, revelaría síntomas posibles de envidia o odio, algo muy lejano a la compasión y la benevolencia.

Estas precisiones son necesarias. La igualdad y la pobreza, que no son lo mismo, necesitan ser tratadas con bastante más que sentimientos y emociones.

La indignación busca motivos que la aviven y los encontrará en eso que más la alimenten, las pasiones que la acaloren y exciten y enardezcan, tarea para la que no tiene sustituto mejor la excitación igualitaria.

Post Scriptum

Un amigo asegura que los reclamos de igualdad prueban su error cuando se constata que ellos son usados con frecuencia por los populistas y demagogos. Creo que tiene un buen punto ilustrado en un caso claro, el de Nicolás Maduro.

Otra manera de expresar la idea es el reconocer que para elevar estándares de vida, incluyendo muy especialmente a los pobres, debe aceptarse la desigualdad, a veces grande. La gran fortuna de algunos, en una economía libre, significa que ellos han aportado al beneficio ajeno.

El libro que contiene la sugerencia es el de Reed, Lawrence W. 2015. Excuse Me, Professor: Challenging the Myths of Progressivism. Regnery Publishing.

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