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Justicia Generativa
Selección de ContraPeso.info
25 febrero 2016
Sección: ETICA, Sección: Análisis, SOCIALISMO
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Un nuevo tipo de justicia, la generativa, es la idea de Tomás Alfaro Drake (Universidad Francisco de Vitoria, Madrid). Agradecemos a Arcol,org el amable permiso de publicación. El título original de la columna es El falso juego suma cero y la justicia generativa donde  puede leerse completa.

Es evidente que el marxismo ha fracasado estrepitosamente en la vida real. Pero sigue ganando muchas batallas en el campo ideológico. Y tal vez estas batallas le acaben permitiendo ganar la guerra.

Entre sus éxitos en este campo figura haber metido en la cabeza de casi todo el mundo la falsa y tramposa idea que la economía es un juego suma cero, en el que, para que uno gane más, otro tiene que ganar menos.

Si se acepta acríticamente semejante estupidez entramos en la dialéctica de ricos contra pobres y de la lucha de clases —que es hacia donde quiere arrastrarnos el marxismo— o, con visión más tibia, en la mirada sospechosa hacia la empresa y el beneficio.

En este juego ha entrado, sin darse cuenta, mucha gente de buena voluntad. Entre estos últimos pueden verse, en extraño contubernio, muchos católicos y muchos de los votantes moderados de izquierdas.

Sin embargo, si hay algo que se percibe inmediatamente en cuanto se mira el desarrollo económico del mundo sin los anteojos de los prejuicios o sin afán de manipular a la gente, es que ver la economía como juego suma cero es una de las mayores falsedades que se pueden decir sobre la historia.

La riqueza ha ido en aumento siempre a lo largo de la historia pero, de forma exponencial, desde la revolución industrial. Y no sólo la riqueza ha ido en aumento, sino que, diga lo que diga la propaganda manipuladora izquierdista, su reparto ha sido cada vez más equitativo, dando lugar a una inmensa clase media inexistente en la historia de la humanidad anterior al siglo XIX.

Supongo, porque él sí tenía un sólido pensamiento riguroso, que cuando Tomás de Aquino clasificó los distintos tipos de justicia en distributiva, conmutativa, etc., no suponía que la justicia distributiva implicase el juego suma cero de una riqueza fija a repartir.

Ciertamente, si lo veía así, podría disculpársele porque el crecimiento exponencial de la riqueza no era evidente en el siglo XIII.

Pero si él no lo veía así, lo cierto es que, hoy en día, cuando mucha gente piensa en ese tipo de justicia, se le viene a la cabeza, casi de forma refleja, el juego suma cero. Por eso creo que esto que escribo no es algo ocioso o inútil.

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Se me ha ocurrido acuñar una etiqueta nueva para la justicia —y digo etiqueta porque estoy seguro de que, si se piensa adecuadamente, es una parte de la distributiva—: la justicia generativa.

Es la justicia que nos debe impulsar a generar riqueza. Cada uno la que pueda y de la forma que pueda. Con trabajo, o con inversión. Como empleado o como empresario o como padre o madre de familia (la familia es, por supuesto, riqueza).

Es la justicia de la parábola de los talentos o de «el que no trabaje que no coma» de san Pablo o del «ora et labora» de san Benito. Y conviene recordar que la justicia no es una opción sino una obligación.

Es decir, todos estamos obligados a practicar la justicia, todo tipo de justicia y, desde luego, también esta justicia generativa. Estamos obligados a generar la riqueza que podamos con los medios y los talentos a nuestro alcance.

Y, según esta justicia la remuneración de cada persona tiene que tener relación con la riqueza que genere. No hacerlo así iría, precisamente, contra la justicia distributiva correctamente definida.

Por supuesto, esta obligación, como cualquier otra obligación, no alcanza a quienes, por razones reales, están imposibilitados para ello. Digo esto para que nadie pueda pensar que esta justicia, bien entendida, pueda llevar a lo que el Papa Francisco llama la «cultura del descarte».

Esta justicia ampara y, por supuesto, da derechos, a los que han aportado toda su vida a la generación de riqueza o a los que por desajustes de la economía se ven privados de generar riqueza temporalmente por no tener trabajo o a los que se están preparando a conciencia para ser capaces de generarla en el futuro.

No ampara, en cambio, ni concede derechos, a los que se aprovechan de la situación para vivir del cuento o para no dedicarse a conciencia a prepararse para generarla. Me refiero a los parados profesionales y a los estudiantes vagos.

La aplicación de esta justicia no lleva, ni mucho menos, a la lucha de clases, sino al desarrollo y el progreso. De acuerdo con ella, es justo que el presidente de una empresa gane mucho más, si genera riqueza, que un empleado burocrático de 35 horas semanales.

Y, ¿quién determina cuánto más? Por supuesto, la justicia conmutativa expresada por los mercados libres y transparentes.

Por eso los ideólogos marxistas odian esta justicia generativa. Porque si la gente tuviera claro que está obligada a ella, no habría lucha de clases, habría desarrollo y ellos tendrían cero probabilidades de tener el más mínimo éxito.

Por eso se esfuerzan en desarrollar en la gente una mentalidad demagógica y reivindicativa con derechos y sin deberes. Aparece entonces, fomentada por estos ideólogos, una corte clientelista de perroflautas que exigen lo que jamás han ganado ni intentado ganar, de gente que vive de la subvención y del subsidio y se cree investida de un derecho divino para ello, de estudiantes que no estudian y que están convencidos de que tienen derecho a una beca vitalicia con independencia de sus resultados académicos, etc.

Y todos ellos votarán a quien crea que quiere mantener esos supuestos derechos. Por supuesto, esta voluntad de mantener a la corte clientelista está condenada al fracaso, porque esa demagogia dura lo que dura la hucha que han llenado con su esfuerzo los que practican la justicia generativa.

Pero cuando llegue ese fracaso, no se echará la culpa a quienes han creado ese estado de cosas, sino a quienes, cargados de sentido común, se plantan porque se dan cuenta de que más allá está el abismo.

Ya se encargará de culpabilizarlos la propaganda, cuidadosamente aireada por los tontos útiles. Y, claro, la voluntad de los creadores de este estado de cosas es que los que se planten sean arrollados y que todo caiga en el abismo. Porque sólo desde él podrán desarrollar ese supuesto «paraíso» que la gente que practica la justicia generativa obstruye, según ellos.

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Desde luego, el hecho de que ese crecimiento exponencial de la riqueza se haya producido y se produzca, no hace, ni mucho menos, innecesaria la liberalidad distributiva.

Y digo liberalidad porque la justicia es dar a cada uno lo suyo y lo que voy a exponer ahora como liberalidad distributiva no supone dar a cada uno lo suyo, sino que supone que una parte de la sociedad más favorecida dé, libre y gratuitamente y sin tener obligación de ello, a otra parte menos favorecida, algo de lo que legítimamente le corresponde.

Es decir, esta liberalidad es una virtud, no una obligación. Esto es lo que ha dado en llamarse la «redistribución de la riqueza». Pero es importante volver a señalarlo: esta «redistribución» no es justicia, es la virtud de la liberalidad.

Y creo que esa virtud es muy buena, entre otras cosas, aunque no la más importante, porque una sociedad con menos diferencias suele ser una sociedad que funciona mejor.

Lo que ocurre es que la palanca de mando de hasta dónde los más favorecidos quieren contribuir a esa redistribución ha sido tomada por el Estado que, incluso si es democrático, no tiene derecho a promulgar leyes que obliguen a los más favorecidos a dar algo que en justicia no les corresponde, ni siquiera mediante una ley aprobada mayoritariamente.

Porque ninguna ley, por muy mayoritaria que sea, puede obligar a alguien a dar aquello que va más allá de lo que corresponde en justicia. Por tanto, esta «redistribución» debería hacerse libremente, por los que quieran gratuitamente hacerlo y éstos deberían poder aplicarlo a aquello que estimen oportuno.

Otra cosa es que un código moral como el cristiano —aunque no sólo el cristiano—, que exige que se vaya más allá de la justicia, hasta el don, pueda obligar en conciencia a quien se adhiera a él.

Pero eso va más allá de cualquier ley humana positiva. Porque una ley que quiera hacer obligatoria la virtud de la liberalidad es antinatural y, además, la mata.

Efectivamente, la virtud es el hábito del bien adquirido por libre repetición. Por tanto, un Estado hipertrófico que, sobre sus propios pesados gastos de sostenimiento, quiera imponer a sus ciudadanos la obligación de la «redistribución» acaba con la virtud de la liberalidad y, probablemente, también con la justicia generativa.

Alguien podría pensar que si se deja a la libre buena voluntad de las personas la «redistribución de la renta» ésta no tendría lugar. Creo que quien así piensa se equivoca.

Aún ahora, con unos impuestos progresivos bastante asfixiantes que en gran medida se van para mantener un Estado sobredimensionado, hay millones de personas que donan cantidades importantes de dinero, amén de su tiempo y esfuerzo, para ayudar a gente más necesitada.

Si el Estado fuese un estado esbelto y no requiriese, por tanto, sangrar tanto a los ciudadanos y, además, los más favorecidos no se viesen sometidos a tasas de progresividad excesivas, me caben pocas dudas de que la cantidad que se aportase para la «redistribución» voluntaria, a través de organizaciones de la sociedad civil, serían enormes y, además, se emplearían mejor de cómo se hace ahora.

[…]

El 1º del año, fui a Misa en un pueblo turístico y marítimo en donde he pasado el fin de año. En la oración de los fieles se pidió —y me parece bien— por los trabajadores del campo, del mar, de las fábricas y de la hostelería.

Yo esperaba que también se pidiese por los empresarios en esos cuatro sectores económicos. Pues esperé en vano. Tiré de mi memoria e intenté recordar si alguna vez había oído una oración por los empresarios. Hasta donde llega mi recuerdo, nunca he oído semejante oración en Misa.

He oído rezar por los políticos, por los gobernantes, etc., pero por los empresarios… nunca. Y me parece un error porque, parafraseando a Wiston Churchill, los empresarios no son ni el lobo al que hay que matar ni la vaca a la que hay que ordeñar, sino el caballo percherón que tira del carro. Y creo que es bueno rezar por el caballo percherón.

Sin embargo, los programas de todos los partidos de izquierdas llevan hasta niveles excesivos —siempre lo son, puesto que no son de justicia— la obligatoriedad de la redistribución.

Impuestos cada vez mayores a los llamados «ricos» para dar a los llamados «pobres» cosas como una renta mínima (el salario mínimo pagado por las empresas ya no les basta, ahora se quiere que el Estado dé una renta mínima).

Es habitual que cuando le preguntan a un político de dónde va a sacar dinero para financiar determinada política buenista diga, literalmente: «De subir los impuestos a los ricos».

Pero estos políticos parecen ignorar que cuando estas injusticias —pues obligar a alguien a hacer lo que no tiene obligación de hacer es injusticia—, disfrazadas de buenismo, superan un cierto límite, lo que crean es pobreza.

Acabo con dos frases:

«Todo lo que una persona recibe sin haber trabajado para obtenerlo, otra persona deberá haber trabajado para ello, pero sin recibirlo. El gobierno no puede entregar nada a alguien si antes no se lo ha quitado a alguna otra persona. Cuando la mitad de las personas llegan a la conclusión de que ellas no tienen que trabajar porque la otra mitad está obligada a hacerse cargo de ellas y cuando esta otra mitad se convence de que no vale la pena trabajar porque alguien les quitará lo que han logrado con su esfuerzo, eso, mi querido amigo, es el fin de cualquier nación. No se puede multiplicar la riqueza dividiéndola».

«El subsidio genera dependencia. La dependencia genera resentimiento. El resentimiento genera odio. Y el odio genera violencia».

Claro que ya sabéis que sé —porque doy mucho la brasa con ello— que la izquierda radical tiene una estrategia que lo que quiere es el fin de las naciones que generan riqueza a base de fomentar la dependencia, el resentimiento, el odio y la violencia.

Y también sabéis que creo que lo consiguen ayudados por los que, engañados por su propaganda, se convierten, en sus propios términos, en «tontos útiles» o «compañeros de viaje».

¿Te seduce estar en una de esas dos categorías? Pues espabila.

Nota del Editor

La invención de Tomás Alfaro Drake es genial. Este nuevo tipo de justicia, la generativa, ilustra una gran visión, la obligación de crear y producir, es decir, la revelación de la pereza que existe detrás de la noción de la redistribución.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.



1 comentario en “Justicia Generativa”
  1. Heisenberg Dijo:

    Hola que tal. Después de leer esta columna, y sin entrar en el trapo de las muchas faltas de respeto que hay, solo me queda una cuestión. Según he entendido yo el motor base (o al menos la parte vital en la que participan los ciudadanos como yo) de ésta justicia generativa es la redistribución voluntaria de la riqueza por parte de la “sociedad rica” al sector más pobre, consiguiendo así que éste sector, debido a su mejora de vida, trabaje más y genere más riqueza, que creo que es ese el objetivo de ésta justicia. Pero me veo en la obligación de recordar que el ser humano es, en mi opinión (y tengo bastantes ejemplos que me respaldan) avaricioso, y que nunca aquel que tenga más dará al que tenga menos, al menos que espere una recompensa, que no sé me ocurre cuál puede ser. Para acabar, quiero recordar que hay un capítulo de la série House en la alguién con mucha riqueza reparte cantidades de dinero enormes a gente o entidades que él cree que lo necesitan. Después de 40 minutos de capítulo, se llega a la conclusión de que éste “altruismo ílimitado” era un reflejo de una enfermedad. Me dije a mí mismo que eso no podía ser, pero luego intenté recordar algún suceso parecido, pero no pude, puede que debido a mi corta edad.





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