Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Ignorancia Supina
Eduardo García Gaspar
8 agosto 2016
Sección: EDUCACION, POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
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Es parte del panorama electoral. Parte de las discusiones entre partidarios y opositores de tal o cual partido o candidato.

Toma la forma de la falacia ad-hominem, es decir, insulta al que está en contra.

Un ejemplo de eso: la acusación de ignorante lanzada contra quien que apoya a ese con quien uno no está de acuerdo. Si usted se opone a Trump, puede acusar a sus partidarios de ignorantes:

«Detener a Trump es una solución de corto plazo. La solución de largo plazo —y será más difícil— es arreglar el sistema educativo que ha creado a tanta gente tan ignorante como para votar por Trump». Andy Borowitz (comediante)

Mientras que como falacia, el argumento puede desecharse de inmediato, la acusación tiene posibilidad de ser verdadera hasta cierto punto. Sí, es una posibilidad el que los partidarios de un cierto candidato lo apoyen mostrando ignorancia.

En el caso de Trump, por ejemplo, se puede decir eso justificadamente cuando se menciona su oposición al libre comercio. Todo lo que sabemos del libre comercio es que tiene efectos netos positivos, no sin problemas, y que aplicar medidas proteccionistas lastima a todos, también al que las implanta.

El argumento de la ignorancia del opositor puede, además, con gran facilidad regresarse contra quien primero lo empleó. Puede, con buenas evidencias, afirmarse que las ideas socialistas de B. Sanders son atractivas a quien poco conoce las experiencias recientes, en el siglo 20, al implantar medidas socialistas.

Lo que me lleva a algo que me imagino bien vale una segunda opinión: hay en las contiendas alguna dosis de ignorancia universal. Tanto Trump como Clinton se oponen al libre comercio, mostrando ignorancia ellos mismos, como también sus partidarios.

Supongo que esto sea irremediable y la única meta realista sea tratar de minimizar esa ignorancia. Pero hay algo más, esa soberbia que puede o no estar dentro de la idea de que la ignorancia del opositor solo podrá remediarse con una nueva educación, o reeducación.

Hay en esa acusación un germen peligroso: «si se reeduca a la gente de cierta manera, entonces ya votarán como yo pienso, pues estoy en lo correcto». Tal vez eso no sea reeducación sino adoctrinamiento.

Por ejemplo, en México, los libros de texto de educación secundaria están sesgados en favor del estado de bienestar (véase también «Educando en la Esclavitud»).

Ante esa educación, el partidario del estado de bienestar diría que los alumnos reciben la educación correcta; pero quien tenga ideas liberales dirá justificadamente que esa educación está sesgada. ¿Cómo solucionar esto?

Me imagino que, primero, reconociendo que eso no es del todo posible de corregir totalmente, que siempre existirá, al menos en alguna proporción.

Nuestra naturaleza racional es imperfecta y con frecuencia cometemos errores. Equivocaciones en el razonamiento y en el conocimiento, como el suponer que cerrando fronteras podrá generarse prosperidad sólida, no son excepcionales.

Cuando se trata de conocimientos y razonamientos, hay alguna esperanza de llegar a acuerdos, reconociendo a la realidad. Mostrando ejemplos, presentando evidencias, probando argumentos, tal vez se llegue a aceptar la verdad (o la mayor cercanía a la verdad)

Hay, sin embargo, algo que debe preocupar. Llamémoslo «ignorancia supina», un estado mental que por terquedad extrema y necedad intensa resulta incapaz de siquiera escuchar los razonamientos y evidencias de ideas que contradicen las propias.

Mucho me temo que esta «ignorancia supina» sea padecida en mayores proporciones dentro de círculos políticos. Los partidos, sus candidatos y gobernantes están usualmente en posiciones ideológicas comprometidas. Poner en duda sus ideas sería un equivalente, no a honestidad intelectual, sino a traición partidista.

Por más que se presenten los mejores argumentos en pro del libre comercio, creo que existe una probabilidad mínima para que Trump, Clinton o Sanders cambiaran de opinión. Cambiarla sería visto como una vileza desleal e infidelidad. Esta es la «ignorancia supina» que se tiene en política.

Y que no solo padecen los candidatos, los gobernantes y sus partidos, también la sufren esos partidarios entre los ciudadanos que han tomado la posición de fans incondicionales: no importa lo que su preferido diga, sea brillante o idiota, ellos lo verán como una revelación religiosa inapelable.

En fin, no vivimos en un mundo perfecto pues somos por naturaleza imperfectos, pero sí podemos tratar de hacer que nuestros errores sean los menos posibles. Esto es algo que mucho me temo sea extraordinariamente difícil en los terrenos de la política.

Como afirmaba B. Tuchman, la historiadora estadounidense, hemos tenido adelantos notables en todos los campos, pero no en asuntos de gobierno, en los que se siguen cometiendo los mismos errores de hace siglos.

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