Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Libertad: Una Precisión
Eduardo García Gaspar
4 agosto 2016
Sección: LIBERTAD GENERAL, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es un liberal convencido mi amigo. Cree en la libertad y la defiende en contra de los ataques socialistas y progresistas.

Rechaza, y le doy la razón, al intervencionismo económico, mucho más al intervencionismo moral.

Y, sin embargo, creo que su mente comete un error. Un día me dijo más o menos lo siguiente

«Yo soy dueño de mis propiedades y puedo hacer con ellas lo que quiera, lo mismo con mi cuerpo el que también es mi propiedad. Nadie debe intervenir en contra de lo que yo quiera hacer siempre que yo no afecte a lo que los demás quieran hacer».

Tiene su punto y es francamente bueno: la libertad es el mayor valor personal y ella significa el tomar decisiones propias sin la interferencia ajena, especialmente la de un gobierno que altere derechos de propiedad.

Pero hay algo allí que queda sin terminar, como una idea incompleta que merece ser precisada con mayor profundidad. Veamos esto con un poco de más detalle.

Siendo libre, puedo usar mis propiedades para fundar una empresa, para estudiar, para hacer caridad, para lo que sea que yo decida. No puede negarse esto, puedo hacer todo eso mientras no altere esa misma libertad en los otros.

Vayamos a un extremo, el usar mis propiedades para fundar una empresa, cuyas utilidades serán propiedad mía sin duda. Vayamos al otro extremo, el usar mis propiedades para comprar drogas y alcohol. Si soy libre, eso significa que puedo hacer cualquiera de esas dos cosas.

Eso puede ampliarse a la propiedad de mi propio cuerpo, con eso del uso de drogas. En resumen, la libertad se muestra en la posibilidad de hacer lo que la persona quiera con su cuerpo y con sus propiedades, siempre que no resulte en una afectación de la libertad de terceras personas.

¿Correcto? Sí y no. La libertad es más complicada que eso de poder hacer lo que quiera si no daño a los demás. Introduzcamos otro verbo adicional al de ‘poder’, el de ‘deber’.

Eso nos pone en una posición manos simple: poder es distinto a deber. Poder hacer algo no es igual a deber hacer algo.

La posición de mi amigo, que está incompleta, reconoce sin mucho darse cuenta la idea del ‘deber’: no debes hacer lo que limite la libertad de otros. Esto es, por ejemplo, no debes robarles sus propiedades; no debes golpearlos, ni dañar sus propiedades. Hasta incluso, el no deber hacer ruidos por la noche que mantengan despiertos a los vecinos.

Es decir, esa idea de libertad contiene una norma moral clara, la de no dañar a la libertad ajena. Esto lo comprende mi amigo y lo acepta, pero creo que a él le cuesta trabajo continuar con esa idea. Y la continuación es lógica: si no debe dañar a la libertad de otros, tampoco debo dañar a la libertad propia.

La cuestión se pone ahora más interesante. Encontramos ya un elemento claramente moral, el no dañar la libertad de otros (lo que hace reprobable al gobierno que lo hace) y, por lógica inevitable, no debo dañar tampoco a mi libertad.

El descubrimiento tiene sus consecuencias y ellas pueden permanecer ocultas para quien se obsesiona solo con la defensa de la libertad.

Muy bien, acordamos que no debemos dañar a la libertad de otros y tampoco a la nuestra. Y eso significa que no debemos lastimar nuestra libertad para poder tomar decisiones. En otras palabras, por lógica inevitable, las decisiones libres que tomemos no deben lesionar a nuestra libertad.

Hemos encontrado una restricción a nuestra libertad y eso significa hacer un hallazgo sorprendente para muchos defensores de la libertad: no es ella realmente una libertad de poder hacer lo que que quiera, sino una de deber hacer lo que se debe.

En la libertad, entonces, las personas enfrentamos situaciones en las que podemos hacer cosas que se deben hacer y que no se deben hacer (cosas buenas y cosas malas). La libertad por consecuencia es el decidir hacer lo bueno cuando puede hacerse lo malo.

Puedo tomar una pistola y salir por las noches a asaltar transeúntes. Sé que lo puedo hacer, es una posibilidad entre varias, como sería la de darle un golpe en la nariz a quienes no me simpaticen. Puedo hacer esas cosas, pero sé que no debo. La decisión de no robar y no golpear es haber decidido hacer lo que se debe.

Lo mismo sucede con usted. Hay cosas que no debe hacer, las que hieren a su propia libertad. Puede usted, sin duda, beber hasta emborracharse y enfermar, quizá incluso sin perjudicar a nadie más. Puede hacerlo, pero en libertad usted decide no hacerlo.

Mi punto es el llamar la atención sobre la existencia de un elemento moral dentro de la definición más libertaria de la libertad y a partir de eso, sacar una conclusión: la libertad sirve para decidir hacer lo bueno, para evitar hacer lo malo. Todo puede hacerse, pero no todo debe hacerse.

Post Scriptum

Entre liberales, creo, se comete este olvido con frecuencia. La defensa de la libertad en contra de los ataques del gobierno es tan intensa y difícil que quizá produzca sin quererlo una visión exagerada de la libertad como un poder de decisión sin limitación.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que intentan explicar la realidad económica, política y cultural. Defiende la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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