Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Más Gobierno, Más Riesgos
Eduardo García Gaspar
31 marzo 2016
Sección: ECONOMIA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Solo una suposición. Imagine usted que va a comprar papas, patatas.

Usted quiere exactamente 45 kilos de ellas. Va a la tienda y en el bolsillo lleva su billetera, con dinero para pagarlas. Todo va bien, excepto si hacemos eso en otro lugar y en otro tiempo.

Suponga usted que comprará esas papas en algún lugar de España, por allí de 1685. Va usted con el comerciante y le dice que quiere esos 45 kilos. ¿Cómo pagará usted esas patatas? No con monedas que lleve en la bolsa.

Las pagará con lo que lleve en una carretilla grande, que pueda cargar 185 kilos de monedas de cobre. La ventaja es que regresará más ligero de lo que fue. Los vellones, que así se llamaba la moneda, valían muy poco.

El caso de la hiperinflación alemana está bien ilustrada en esta cita:

«En un día de junio un hombre pagó 14.000 marcos por un sándwich de jamón. Al día siguiente el mismo sándwich, en el mismo negocio, le costó 40.000 marcos (6.000 dólares al cambio de la posguerra)».

O póngase en el lugar de este músico (del mismo sitio anterior):

«Willi Frischauer relata lo que le ocurrió al compositor Mischa Spoliansky el 1 de noviembre de 1923. El famoso músico quiso comprar el diario “Berliner Tageblatt” para enterarse de cuánto le costaría ese día el boleto de tranvía, pero se encontró con la sorpresa de que los 28 millones de marcos que llevaba encima no le alcanzaban para comprar el diario porque el precio del ejemplar había subido repentinamente a 3.000 millones de marcos».

Son esos relatos tan dramáticos que acaban por ser pintorescos y con una dosis de ese sentimiento que hace pensar que eso no sucederá más. Quizá, pero piense usted en la inflación como un impuesto adicional a los que se pagan. Un impuesto adicional y universal.

Para entender a la inflación, debe verse al dinero y catalogarlo como otra mercancía. Como el cacao que servía a los aztecas como medio de intercambio. Si es una mercancía más sucede lo que es lógico: su abundancia produce una reducción en su precio.

Si el precio del dinero se reduce, entonces su poder de compra se reduce también: comprará menos que antes que no era tan abundante. Entonces, todo o casi todo radica en la cantidad de dinero que está en circulación, que esté disponible ya sea en efectivo o en las cuentas de cheques.

Siendo los gobiernos quienes se asigna el monopolio de la emisión de dinero y quienes tienen el poder de regular la creación de dinero por medio de los bancos, podemos llegar a una conclusión razonable.

Partiendo del conocimiento cierto de que una de las más grandes tentaciones del gobernante es gastar más allá de lo que ingresa a sus arcas, siempre tendrá frente a sí mismo la posibilidad de emitir dinero: más billetes como en Alemania o reduciendo la cantidad de metal como en España. Así tendrá más dinero para gastar.

Entonces, es claro que se trata de un asunto de tremenda importancia el disponer de mecanismos que pongan un «no puedes» al gobernante que quiera crear más dinero, pues lastimará a todos, creando pobreza y miseria (recuerde al populismo mexicano y la inflación que causó).

¿Qué mecanismos? El más obvio es separar al banco central del poder del gobernante. Es evitar que tenga que obedecer al poder ejecutivo, pero tampoco al legislativo ni al judicial. Un banco central autónomo e independiente no es una nada mala solución.

Tampoco lo es el tener leyes explícitas acerca del gasto gubernamental que impidan, por ejemplo, tener déficits en el gasto y, más aún, que prohiban emitir dinero o crear depósitos bancarios de la nada.

Otra posibilidad es regresar a la idea de respaldar a los billetes con reservas reales de oro, por ejemplo. No podrá emitirse ningún billete adicional que no tenga un respaldo de oro.

Otra posibilidad, una muy revolucionaria y radical es cancelar el monopolio gubernamental de emisión de billetes. Podría haber varios emisores en competencia y las personas seleccionarían la moneda que más les convenciera, sin duda la más estable. Esto sucede de buena manera cuando una economía se dolariza: renuncia a la moneda local y comienza a hacer sus cálculos en dólares (o cualquier otra moneda).

Creo que el punto central que el riesgo de inflación demuestra es uno de centralización de riesgos en el gobierno: cuantas más funciones de centralicen en él mayores peligros correrá el país que lo sufra.

Es decir, cuanto más grande sea un gobierno, después de un cierto nivel necesario, la sociedad entra en un terreno de riesgos y peligros innecesarios.

Este es el punto que creo que bien vale una segunda opinión. La inflación y sus anécdotas pintorescas demuestran las amenazas aumentadas que significa el crecimiento gubernamental. La inflación es uno de ellos, solamente uno.

Post Scriptum

Los datos de la inflación en España son de Grice-Hutchinson, Marjorie 2013 Early Economic Thought in Spain, 1177-1740 (Routledge Revivals)

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