Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Muy Ingenuo, Muy Cándido
Eduardo García Gaspar
31 agosto 2016
Sección: RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
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«Dios ha muerto» es la famosa frase de F. Nietzsche (1844-1900). Se repite así, en su versión breve, dejando su interpretación libre.

Quizá pueda entenderse mejor si se expande la cita:

«Dios ha muerto. Dios permanece muerto. Y nosotros lo hemos matado. Sin embargo, su sombra acecha aún. ¿Cómo nos consolaremos, asesinos entre asesinos? Lo que era más santo y poderoso de todo lo que el mundo ha poseído ha sido desangrado hasta morir bajo nuestros cuchillos; ¿quién limpiará la sangre que tenemos? ¿Qué agua existe para poder limpiarnos?»

Cuando se leen cosas como esta se agradece que existan ateos como este filósofo, aunque expresen ideas opuestas a las nuestras, y es que, la verdad, uno se cansa de los argumentos usuales de los ateos que escriben libros comerciales. En fin.

La idea de Nietzsche tiene su punto y es fascinante. Debemos entenderlo, creo yo, como una divagación, una especie de ejercicio de la razón, dentro de un estilo que se presta a confusiones. Tal vez pueda comprenderse de la manera siguiente.

Dios no existe, según el filósofo, lo que existe es una creencia en Dios y esa es la que se ha matado. Las personas han asesinado esa creencia, de lo que era más santo y poderoso en la civilización. La pérdida es importante, la más importante. Se ha perdido la fuente, el cimiento, del significado de la vida, la verdad, lo objetivo.

Esto es lo que me parece que es digno de mencionar, el ateo que comprende el significado, las consecuencias, de dejar de creer en Dios. Entre los ateos que he leído, la opinión estándar es que dejar de creer en Dios tiene consecuencias positivas: nos hará mejores, la sociedad progresará, todo mejorará. Demasiado inocente y simple.

En cambio, Nietzsche parece entender la consecuencia: desaparecen las anclas de la civilización, todas esas ideas que son cimiento de la cultura. El significado de la vida, la creencia en la verdad, la fe en normas morales objetivas; todas esas cosas que se dan por hechas y que solo se echan de menos al perderlas.

Veamos esto de manera esquemática en dos escenarios diferentes.

• Primero, una civilización que cree en Dios, que posee textos sagrados y que considera deseable el uso de la razón. La combinación produce una cultura que presupone la existencia de la verdad y normas morales universales, a lo que ha llegado combinando la revelación y la razón.

• Segundo, esa misma civilización en una etapa siguiente en la que se ha retirado el elemento de Dios y su revelación. El vacío debe ser llenado con algo, supuestamente la razón que ya actúa sin las supersticiones religiosas. El resultado debe ser una mejora sustancial de las personas.

¿Lo será? Bueno, esa es la hipótesis básica: sin Dios, sin creencias religiosas que imponen reglas morales insensatas, la razón queda libre y podrá crear una moral racional y creencias sólidas, basadas en la ciencia y el raciocinio. Muy ingenuo, muy cándido.

Vayamos al escenario primero, en el que se tiene a Dios y su revelación, más el uso de la razón.

En este escenario, que es el del Cristianismo en Occidente, a pesar de lo anterior, no se tienen consensos y acuerdos. Al contrario, hay interpretaciones, pensamientos distintos, que tienen ejemplos claros en la Reforma y el jansenismo.

Y eso sucede dentro de una situación en la que todos concuerdan que existe Dios y que nos ha dejado una revelación en sus propias palabras e historia. Si retiramos estas «anclas», será en extremo inocente y optimista suponer que el solo uso de la razón no producirá eso mismo en proporción mucho más elevada: muchas ideas de muchos autores, contradictorias entre sí, surgirán creando un escenario de creencias embrollado y turbio de creencias.

Se tendrá una civilización sin convicciones, sin ideas que son tomadas como verdades porque no necesitan demostración y eso, mucho me temo, no es propiamente una civilización (lo será mientras quede la inercia del remanente de las convicciones anteriores).

¿Cómo entender ese escenario de una sociedad de personas con creencias y convicciones que ellas pueden seleccionar a su gusto?

Paul Johnson, el historiador inglés, llama Espíritu de Prometeo a esta idea de creer que puede vivirse mejor sin Dios y sin creencias espirituales, algo que no ha producido precisamente los resultados esperados.

Lo que bien creo que vale una segunda opinión es la vacuna contra la inocente propuesta de que si abandonamos la creencia en Dios todo será mejor, que es una tesis muy inocente sostenida por el ateo popularizado y comercial.

No, las cosas no son tan simples, eso tiene consecuencias que el mismo Nietzsche reconoce en su polémica.

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