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Neurofraude, Neurociencia
Selección de ContraPeso.info
4 agosto 2016
Sección: CIENCIA, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta una idea de Rafael Pou Díaz de San Pedro. Agradecemos a Arcol.org el amable permiso de publicación. El título original de la columna es «El neurofraude de las pseudociencias: avisos para navegantes».

Las neurociencias: el trending topic de la vanguardia científica, la niña mimada de la investigación, que ha hecho de nuestro cerebro un nuevo mundo por explorar, hasta el punto de que se ha podido decir que el nuestro será «el siglo del cerebro».

Un panorama prometedor para una ciencia aún en pañales; una ciencia que no pretendo criticar ni cuestionar.

Sin embargo, ya sabemos que no es oro todo lo que reluce.

En el río revuelto de la revolución cognitiva, no faltan los pescadores materialistas de siempre, que vuelven a la carga, diciéndonos, como resume S. Nannini, que «así como se puede, después de Darwin, prescindir de Dios para explicar la vida, se puede igualmente prescindir del alma para explicar la inteligencia».

Sí me propongo, por tanto, dar algunos avisos para navegantes.

Me propongo invitar al lector a reflexionar y a cuestionar algunas interpretaciones reduccionistas que pretenden presentar al hombre como una pelota de células, y al pensamiento, como un mero juego de descargas eléctricas.

Estas interpretaciones reduccionistas pueden ser sintetizadas con la famosa hipótesis de F. Crick de que

«Tú, tus alegrías y tus penas, tus recuerdos y tus ambiciones, tu propio sentido de identidad personal y tu libertad, no son más que el comportamiento de un vasto conjunto de células nerviosas y sus moléculas asociadas (…) Puesto que la conciencia y el pensamiento son productos enteramente físicos de nuestro cerebro y nuestro sistema nervioso (…) ¿qué nos hace pensar que tenemos libertad? ¿De dónde provendría? ¿Qué “fantasma”, qué “mente”, qué “yo”, qué “alma”, (…) es la que fluiría a través de nuestro tronco encefálico para ofrecérnoslo? He oído que los neurocientíficos teorizan sobre la posibilidad de que, de tener ordenadores lo bastante potentes y sofisticados, sería posible predecir el curso de la vida de cualquier ser humano momento a momento, incluyendo el hecho de que el pobre diablo fuera a sacudir la cabeza ante esa misma idea».

Esta tesis nos subleva, por muchos motivos.

Pero, al margen de nuestros estallidos emocionales y preferencias subjetivas varias, ¿es verdad? ¿Se puede reducir tu «yo», tu mente, a un simple flujo de actividad eléctrica en tu cerebro?

No. Los datos que arrojan estas ciencias nos proporcionan una descripción cada vez más precisa del funcionamiento del cerebro, pero no nos dan la explicación última del pensamiento. Entre otras cosas, porque no explican ni el conocedor, ni el conocimiento.

No explican el conocimiento: encontrar una red neuronal, una corriente eléctrica o un fluido de químicos bailando por tu cerebro no explica el hecho de que estos contengan una información, de que haya un significado.

Decir que la novela de Los Miserables está compuesta de X gramos de papel y Z microgramos de tinta dispuestos en una estructura determinada no es explicar Los Miserables. Es sólo describir los sonidos en los que se encarna la partitura.

Si me encuentro una niña que lee ese libro y llora con la muerte de Fantine, un materialista me dirá que llora porque determinadas glándulas se han activado en sus ojos, movidas por estímulos derivados de la activación de ciertas áreas de su cerebro. Lo cual es como decir que la niña llora porque está llorando.

O quizás, si se trata de un materialista especialmente ingenioso, tal vez se aventure a decirnos que la niña llora porque las letras del libro que está leyendo se hallan en una configuración tal que provocan esta reacción en el cerebro. Lo cual no deja de ser verdad, pero una verdad parcial que deja fuera lo más importante: el significado, el conocimiento.

Tampoco explican el conocedor: parafraseando a Santo Tomás, el hecho de que haya un grafiti en una pared no quiere decir que la pared sea capaz de leer el grafiti.

Tu cajón no se vuelve más inteligente si metes en él una enciclopedia. Es muy valioso mostrar cómo nuestro cerebro almacena información, pero esto no explica ni resuelve la existencia de un «yo» que la lee, y para quien esos impulsos, esas «letras» tienen un significado.

Parecida objeción presentan J. Searle y N. Block, con sus famosos ejemplos de los «habitantes de China y el gobierno» y de la «habitación china», respectivamente (quién sabe por qué, siempre se la cargan los chinos, pobres).

Pongamos que me encierran en una habitación, en la que recibo mensajes en chino. No tengo ni puñetera idea de chino, pero tengo un manual que me indica qué responder (en chino) a un determinado mensaje (en chino).

Si digo que las neuronas actúan así (dan un output adecuado a un input determinado), ¿he explicado el conocimiento? Si todos los habitantes de China actuaran coordinados según las instrucciones que recibieran de su gobierno, así como las neuronas actúan en una red, ¿producirían los chinos una mente consciente, una mente de la China? Pues va a ser que no.

Por mucho que compliques un mecanismo, no vas a deducir de él la existencia de un «yo», del mismo modo en que por mucho que alargues una línea, no vas a obtener una superficie, ni puedes obtener un sólido de un agregado de superficies bidimensionales.

En resumen: estudiando el cerebro se ha hecho Ciencia, es decir, estudio de la actividad de la materia, en cuanto que de ella se puede obtener una comprobación experimental. Ciencia quizás muy valiosa, que sería estúpido despreciar.

Pero no hay que confundirla con la Filosofía, esto es, la búsqueda de la respuesta a las preguntas últimas sobre la realidad, la búsqueda de los últimos porqués.

A menudo los científicos, que son hombres, y también quieren conocer las últimas causas, cruzan esa línea, violando los principios del método científico, y nos encontramos a excelentes científicos haciendo pésima Filosofía.

Por eso hay que andar con ojo, y no creernos todo lo que nos cuenta la tele afirmando aquello de que «lo dice la Ciencia».

OK, la Ciencia no lo explica todo; no resuelve el problema del conocedor ni el del conocimiento, hay que distinguir niveles.

¿Y ahora qué? ¿Cómo lo explicamos? ¿Es un misterio totalmente impenetrable? ¿«Ignoramus et ignorabimus»? Yo tampoco diría eso. Pero queda el tema para la próxima ocasión…

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