Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Opinión y Conocimiento
Eduardo García Gaspar
29 febrero 2016
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


¿Qué es una opinión? De manera simple, es una idea que se tiene sobre algo.

Una especie de juicio o creencia que la persona sostiene acerca de un sujeto. Como el decir, «Las Meninas es la mejor pintura de todos los tiempos».

Es una manera de pensar sobre algún tema; un modo de juzgar alguna cosa.

Nada que sea complejo, pero las cosas se ponen interesantes cuando nos adentramos en la naturaleza de la opinión. Seamos un poco filosóficos al respecto.

Una definición nos da una entrada de provecho:

«[…] en el ámbito de la Filosofía, la opinión está considerada como el nivel de tenencia de la verdad en relación a un concepto o conocimiento que se afirma como cierto aunque no se dispone una total certeza de su validez».

Un poco más esquemáticamente, tenemos ideas acerca de las cosas. Por ejemplo, creemos que W. A. Mozart compuso un cuarteto para cuerdas, que ha sido clasificado como el número 14, en sol mayor, que tiene un número de catálogo, el KV 387 y que fue compuesto en1782.

Podemos comprobar eso razonablemente. Esa idea que tenemos sobre esa obra no es propiamente una opinión. Es más bien, conocimiento, algo que es en extremo probable de ser verdad, de ajustarse a la realidad y tiene fuertes evidencias en su favor.

Sería una opinión algo que no tuviera esa contundencia, esa pesada evidencia que demuestra una verdad. Por ejemplo, decir que ese cuarteto de cuerdas y el resto de los seis dedicados a J. Hayden son las mejores obras de cámara de Mozart. Esto es una opinión que no tiene la misma contundencia.

Podemos llegar a la noción de que una opinión no incluye una contundencia tal que constituya una verdad fácilmente aceptada por medio de sus evidencias.

Eso nos manda a entender a la opinión como una creencia o manera de pensar acerca de algo y que puede tener diversos niveles de contundencia, pero nunca una tan grande que se considere realidad aceptable.

Un caso de nuestros tiempos es el tema de la ecología y el calentamiento global. Un amigo está profundamente convencido de esto, lo considera cierto y real. Por mi parte, soy escéptico al respecto.

Tanto la posición de mi amigo como la mía son opiniones, que tendrán contundencia según las pruebas que presentemos cada uno.

Entonces, es posible vernos como animales racionales emisores de opiniones: formas de pensar acerca de las cosas que no son posibles de probar con contundencia como verdades. No es que no lo sean sino que no han logrado tener pruebas contundentes, más allá de casi todo duda.

Pero eso no significa que las opiniones puedan emitirse sin sentido de responsabilidad (lo que parece ser una aflicción de nuestros tiempos). Llegamos así a una idea prometedora: las opiniones pueden ir desde lo más razonable y casi contundente hasta lo más débil e imposible.

Todo depende de la manera en la que esas opiniones sean justificadas. Tome usted un libro como el de Economía en Una Lección y verá opiniones ampliamente razonadas y justificadas, quizá hasta el punto de ser conocimiento.

Del otro lado, puede uno encontrar opiniones como la de la destrucción de Sodoma y Gomorra por medio de una bomba atómica. O el famoso «Vi al Elvis, está vivo».

Es decir, hay en las opiniones una amplia variedad de calidades, muchas, me temo, tendiendo a ser notablemente baja. La calidad de una opinión actual, que es el concepto central, es en lo general mala.

Esto se debe a la promoción que se ha hecho a la idea del derecho a opinar y ser escuchado, sin que ese derecho haya sido acompañado por su obligación natural, que es el tratar de justificar la opinión emitida.

Un hecho realmente lamentable, como ha señalado J. Whyte, en su libro Crimes Against Logic.

La razón es obvia una vez que se señala: el derecho a opinar no es prueba alguna de la validez de lo que se dice. Y esto presenta un problema serio, pues demasiados piensan que el derecho a opinar convierte a sus opiniones en algo intocable, incluso algo legalmente protegido.

Lo que eso provoca es el dilema del tercero en cuestión: tener o no la obligación de corregir la opinión del que claramente está equivocado. La interpretación laxa del derecho a opinar diría que no, que se deben respetar las opiniones ajenas; pero eso es realmente igual a dejar al otro en el error, algo no caritativo.

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