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Papa Revolucionario
Selección de ContraPeso.info
11 mayo 2016
Sección: LIBERTAD GENERAL, Sección: Análisis, SOCIALISMO
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ContraPeso.info presenta una idea de Samuel Gregg. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. El título original de la columna es A Revolutionary Pope for Revolutionary Times. Traducido por Mario Šilar del Instituto Acton

Personas ancianas de 81 años no son las primeras personas que nos vienen a la mente cuando escuchamos la palabra «revolucionario». Pero hace 125 años, un hombre —Vincenzo Pecci, mejor conocido como el papa León XIII— hizo algo radical.

Al publicar la primera encíclica social moderna, Rerum Novarum, marcó el comienzo de una nueva era para la relación del catolicismo con lo que frecuentemente denominamos la «modernidad», especialmente el mundo creado por la Revolución Industrial y la convulsión en las ideas precipitada por la obra La Riqueza De Las Naciones, de Adam Smith.

Esta no fue la primera vez en la que León XIII abordó problemas de economía política.

Su segunda encíclica, Quod Apostolici Muneris (1878), promulgada tan solo 10 meses después del inicio de su pontificado abordó directamente el tema del socialismo.

Sin andarse con rodeos, León XIII afirmó tajantemente que el socialismo –en cualquiera de sus formas– corrompía a la nación, dañaba la familia, violaba legítimos derechos de propiedad, contradecía el mandamiento contra el robo y, particularmente, era contrario a la ley divina y la ley natural.

Se trata de afirmaciones contundentes. Con todo, como la Rerum Novarum demuestra, el Papa León XIII no era un libertario. Pero en aquel tiempo tampoco lo era Adam Smith, al menos según los estándares actuales.

Indudablemente, León XIII admiraba al pensador católico francés, liberal y a favor libre mercado, Frederic Bastiat (1801-1850), quien está enterrado en la Iglesia de San Luis de los Franceses, en Roma.

En una carta pastoral, publicada solo 18 meses antes de ser sido elegido Papa, el entonces Cardenal Pecci de Perugia escribió: «Un célebre economista francés, Bastiat, ha agrupado y mostrado en una imagen los múltiples beneficios que el hombre encuentra en la sociedad».

Dicho esto, León XIII no permaneció ciego ante la agitación social (o según la famosa frase acuñada por el economista del siglo XX, Joseph Schumpeter, «destrucción creativa»), que es parte integral de las economías de mercado con capital intensivo.

Abordando críticamente la modernidad

El Papa León XIII no estaba interesado en recrear un mundo pre-capitalista o incluso promover algún tipo de democracia social. Al tiempo que es absolutamente inflexible en materias de fe y moral, León XIII rehusó vincular la Iglesia Católica a cierta visión romántica del pasado.

En lugar de ello, León XIII quería que los católicos tomaran en serio lo que en la primera línea de la Rerum Novarum se describe como «el espíritu de cambio revolucionario», que estaba transformando drásticamente antiguas certezas a las que los católicos, maltratados por las fuerzas desatadas por la Revolución Francesa, se encontraban comprensiblemente inclinados a aferrarse.

Considero que este es el marco general bajo el que debería leerse la Rerum Novarum.

Entre 1878 y 1903, León XIII publicó la asombrosa cantidad de 85 encíclicas. Muchas abordan de lleno los desafíos políticos, sociales y económicos asociados con las «cosas nuevas» que, habiéndose iniciado en Europa Occidental y Norteamérica, iban extendiéndose por todo el globo.

En este sentido, podría decirse que León XIII demostró ser un papa revolucionario, hecho para tiempos revolucionarios.

Muchos pasos concretos fueron dados durante el pontificado de León XIII para situar mejor a la Iglesia en el mundo moderno y llevar a cabo su misión de difundir el Evangelio.

Por ejemplo, León XIII inició las negociaciones que gradualmente terminaron con la Kulturkampf puesta en marcha por el Imperio alemán contra sus súbditos católicos en la década de 1870. En esto, León XIII fue ayudado por la admisión de Otto von Bismarck de que su ataque contra la Iglesia Católica en Alemania había fracasado.

Más aún, Bismarck necesitaba a los católicos alemanes instintivamente anti-socialistas para contener el auge del socialismo en Alemania. En los diez años siguientes de la elección de León XIII al papado, la mayoría de la legislación de Bismarck anti-católica había sido derogada o eliminada.

Otro movimiento leonino fue el distanciamiento de la Iglesia de la causa monárquica, o, más precisamente, la afirmación de que la Iglesia puede encontrar acomodo en una variedad de formas políticas. Ese fue un objetivo de su encíclica del año 1892, Au Milieu des Sollicitudes.

Como sugiere el título francés, el texto indicaba a los católicos en Francia que no estaban obligados a apoyar el régimen monárquico y que podían reconciliarse con la Tercera República.

A pesar de que la encíclica reconoce la dimensión brutalmente anti-católica de la Revolución Francesa, muchos católicos franceses quedaron estupefactos ante las palabras del Papa.

Con todo, a pesar del conflicto en curso entre los católicos franceses y la República, que estuvo subyacente al caso Dreyfus, y que eventualmente condujo a ley francesa del año 1905 de separación entre la Iglesia y el Estado, y la expulsión de las órdenes religiosas; el efecto a largo plazo de la encíclica consistió en desvincular a la Iglesia católica de los intentos de alianza entre el trono y el altar.

Desde esta perspectiva, podemos observar que la Rerum Novarum forma parte de un programa papal específico.

Aunque la encíclica reitera su denuncia anterior contra el socialismo, León XIII no presenta el capitalismo industrial como algo a lo que oponerse con rotundidad.

De hecho, el texto defiende taxativamente —sin absolutizarla— a la propiedad privada (utilizando para ello un lenguaje muy próximo al de John Locke); insiste en que existen desigualdades naturales queridas por Dios que son necesarias para que la sociedad prospere; y advierte contra la excesiva intervención económica gubernamental, especialmente los esfuerzos por reemplazar las obras de caridad y de lucha contra la pobreza de la Iglesia, con agencias gubernamentales.

No hay de hecho en la Rerum Novarum un llamado a que el capitalismo industrial sea reemplazado con un sistema económico completamente diferente. León XIII estaba más preocupado por mejorar los efectos socialmente disruptivos del capitalismo.

De este modo, al mismo tiempo que lamenta la desaparición de los gremios (si bien muchos de estos habían degenerado en negocios privilegiados, canalizando el proteccionismo), León XIII suscribió la legitimidad de principio de los sindicatos.

No obstante, fue cuidadoso en fundamentar los sindicatos en el principio de la libre asociación: el mismo principio que, casualmente, es central en el proceso contractual y de libre intercambio, indispensable para las economías de mercado. Esto fue acompañado de la insistencia de León XIII de que ni los acuerdos contractuales ni los intercambios libres se encontraban exentos de los deberes de justicia.

No era suficiente, afirmaba León XIII, que dos personas acordaran los términos de un contrato para que este fuera justo. La justicia conmutativa, que resulta indispensable, no era la única forma de justicia. Esta se encontraba subordinada a los deberes de la justicia legal.

La defensa de León XIII de la libertad

En caso de que este lenguaje de la justicia conmutativa y legal resulte familiar, ello se debe a que evoca a Tomás de Aquino y a toda la tradición de la ley natural. La Rerum Novarum cita en varias ocasiones a Aquino, dado que emplea argumentos de ley natural para comprender más adecuadamente las nuevas circunstancias.

Incluso el mismo Tomás de Aquino tuvo bastante familiaridad con el mundo de los negocios, el comercio y el dinero. Después de todo, el capitalismo tomó su primera forma cultural e institucional en la Europa católica medieval.

Las referencias a categorías de la ley natural en la Rerum Novarum, sin embargo, van más allá de remitirse a explorar en qué medida los principios de justicia juegan un rol en las condiciones económicas modernas.

Forma parte, además, de una agenda más amplia y ambiciosa, impulsada por León XIII: la revitalización de los razonamientos de ley natural dentro de la Iglesia en orden a aplicarlos al mundo de los negocios, dando sentido a un mundo moderno que se enorgullecía a sí mismo de su apego a la razón.

La reflexión sobre la ley natural no quedó suspendida en el catolicismo del siglo XIX. Muchos intelectuales católicos, especialmente italianos —como el beato Antonio Rosmini y Luigi Taparelli S.J.— habían desplegado este tipo de reflexión para evaluar las realidades políticas y económicas producidas por la Revolución Francesa.

El hermano de León XIII, el Cardenal Giuseppe Pecci S.J., fue un insigne académico experto en la ley natural.

Desde el punto de vista de León XIII, la ley natural era la manera apropiada para que la Iglesia (1) ayudara a explicar las verdades de la Revelación a personas que demandaban pruebas fundadas en la razón; al mismo tiempo (2) permitía entrar en discusión respecto de asuntos políticos y económicos con personas que no aceptaban la revelación cristiana.

Este proyecto fue puesto en marcha por una de las más importantes encíclicas de León XIII, publicada tan solo un año antes de que se iniciara su pontificado.

Al subrayar la importancia de la filosofía tomista para comprender las verdades de la fe y la razón, la Aeterni Patris (1879) transformó la formación católica en los seminarios y revitalizó el discurso de la ley natural entre los católicos en general.

Parte del objetivo era demostrar a quienes se autodenominaban personas modernas que el catolicismo se tomaba la razón tan o más en serio que lo que lo hacían estas personas. Esto era particularmente verdadero cuando se trataba de un punto ensalzado por la Ilustración y sus herederos: la libertad humana.

Esto nos lleva a otra de las encíclicas más importantes de León XIII, que resulta frecuentemente ignorada, la Libertas Praestantissimum.

Publicada tres años antes que la Rerum Novarum, este texto comienza con la rotunda afirmación de que «la libertad, don excelente de la naturaleza, propio y exclusivo de los seres racionales, confiere al hombre la dignidad de estar en manos de su albedrío (Eclo, 15,14) y de ser dueño de sus acciones».

León XIII sostiene que hay mucho de bueno en lo que él denominó las «libertades modernas»: «todo lo bueno que estas libertades presentan» —escribe León XIII— «es tan antiguo como la misma verdad».

Sin embargo, el punto que la Libertas destaca una y otra vez es el siguiente: las expresiones modernas de la libertad, sea en términos de derechos o de instituciones, debe fundamentarse en la recta razón, no en los sentimientos o en la simple voluntad de la mayoría. De otro modo, la libertad se terminaría apoyando en la sinrazón e inevitablemente degeneraría en abierta licencia.

En los tiempos de León XIII, muchos cristianos y no cristianos asintieron a este argumento. Actualmente, sin embargo, resulta muy discutido. Muchos se resisten a una afirmación en la que se sostenga que el conocimiento de la verdad del bien y del mal está inscrito en la razón misma del hombre.

En esa medida, esta proposición central de la ley natural es, sin duda, una de las proposiciones más revolucionarias que pueden hacerse en la actualidad; incluyendo —se debe decir— a aquellos católicos que han asumido concepciones emotivistas de la libertad y la acción humanas.

Es una prueba de la gran amplitud de miras de León XIII, que comprendiera que una de las mayores disputas filosóficas en el mundo moderno se terminaría refiriendo a los fundamentos de la libertad.

Hijo de aristócratas italianos conservadores, distinguido diplomático, talentoso obispo y administrador, y firme defensor de los Papas más tradicionales –como el beato Pío IX–, a primera vista León XIII parecería ser el revolucionario menos probable.

Con todo, en la medida en que celebramos el 125 aniversario de la Rerum Novarum, merece la pena recordar el modo en que este Papa en particular pudo, sin comprometer la doctrina, orientar a la Iglesia hacia desarrollos que, para algunos católicos de aquel tiempo, rayaban en el anatema.

Ya sean los desafíos generados por la globalización económica, los problemas asociados a los cada vez más complejos mercados financieros, o las incesantes discusiones sobre derechos, que actualmente tienden estrangular cualquier discurso público coherente, el llamado de León XIII a abordar críticamente la modernidad —es decir, afirmar el bien, identificar errores, y recordar a las personas las verdades centrales del Evangelio—, sin duda sigue siendo válido para nosotros hoy.

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