Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Pesimismo Prudente
Eduardo García Gaspar
21 noviembre 2016
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
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La idea resulta subversiva. Ataca a la democracia y la adoración que ha recibido en nuestros días.

Quizá no sea ella la respuesta a los gobiernos mejores. No hace mucho mencioné a Polibio (200 aC ?-118 aC), un historiador griego hablando de Roma:

«El secreto, Polibio sugirió, descansa en una delicada relación de pesos y contrapesos entre cónsules, el senado y la gente, de manera que ni la monarquía, ni la aristocracia, ni la democracia dominan enteramente». Beard, Mary. 2015. SPQR: A History of Ancient Rome

No está mal, tiene sentido. Y no es todo, vayamos con Cicerón (106aC-43aC.):

«Cicerón escribió acerca de cómo el estado estará mejor organizado y los tomadores de decisiones del siglo 18 leyeron y digirieron lo que él tuvo que decir. Su gran idea, que expresó sin descanso, era la de una constitución mixta o balanceada. No favoreció a la monarquía, a la oligarquía, ni la democracia, sino a una combinación de las tres». Everitt, A. Cicero: The Life and Times of Rome’s Greatest Politician

La idea en común es una de balance y equilibrio, de mezcla y combinación. Una amalgama de elementos que en su resultado final permiten armonías y contrapesos.

Una especie de freno al optimismo irreal que solicita sensatez. Será difícil encontrar más prudencia y mesura políticas en otras ideas.

Entre quienes admiran sin límite a la democracia y juzgan que todo puede solucionarse con diálogos democráticos, esto caerá pesadamente. Les está diciendo que calmen sus ímpetus y bríos optimistas. Pero lo mismo dice al resto, a los socialistas, a los liberales, en realidad a todos.

Piense usted en esta posibilidad romana: los cónsules podían en tiempos de gran crisis y emergencia nombrar a un dictador con autoridad suprema y a quien no se le exigían cuentas. Con una salvedad, no más de seis meses en el poder.

La imagen de ese gobierno está bien explicada por el último autor citado: un jaleo desordenado de poderes de iguales que expulsaba a quienes acumularan demasiado poder. Un gobierno lleno de pesos y contrapesos, y que sorprende que haya podido tomar decisiones. Lleno de discursos que podían durar horas y eran memorizados.

No sé usted, pero creo que detrás de esas ideas de un equilibrio sano de poderes gubernamentales se encierra una idea de prudente pesimismo: no confiar demasiado en quienes gobiernan. La confianza ilusa en ellos no produce buenos gobiernos.

Eso es como una cubeta de agua helada arrojada sobre los socialistas y su exagerados optimismo y confianza en las bondades y capacidades de los gobernantes. Suelen ellos ser como infantes con ilusiones desmedidas y expectativas irreales sustentadas en una confianza ilimitada en los gobernantes.

La reciente campaña electoral en los EEUU mostró eso. Daba la apariencia de que ambos candidatos eran vistos como epítomes de la salvación nacional. Ellos creían serlo y buena parte de electorado pensaba igual.

Cicerón y Polibio, me imagino, habrían escrito una crítica severa acerca de ellos. H. Clinton, en especial, ilustró esa mentalidad de optimismo inmoderado. Su socialismo progresista, mucho me temo, adolece de un punto de partida patético: confíen en ella porque con ella en el poder todos vivirán mejor.

De nuevo, esa es la hipótesis socialista, la de que todo será mejor cuando el poder se desequilibre y perturbe, cuando el poder se traslade del ciudadano al gobernante, cuando se descompense el balance. Cuando el gobernante obtenga el puesto del dictador romano sin límite de tiempo.

Llego ahora a lo que quizá sea un disparador de ese desequilibrio injustificado y demasiado ilusorio: el electorado. Solamente cuando el electorado, en una sociedad democrática, lo quiere será, posible ese desbalance del poder. Cito a Polibio:

«Como la masa del pueblo es inconstante, apasionada e irreflexiva, y se halla además sujeta a deseos desenfrenados, es menester llenarla de temores para mantenerla en orden. La muchedumbre es fácil de guiar y puede ser movida por la más pequeña fuerza».

Cuando el electorado deja de ser prudentemente pesimista acerca de sus gobernantes es que el poder se desequilibrará y llegarán al poder gobernantes que para gobernar pedirán al ciudadano que renuncie a sus libertades. No con esas palabras, pero sí con esos efectos.

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