Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Política, Hadas, Superhéroes
Leonardo Girondella Mora
15 noviembre 2016
Sección: Sección: Asuntos, SOCIALISMO
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Si a la política se le quitara el idealismo, el romance y los devaneos que generalmente produce, quedaría algo un concepto realista y objetivo —incluso cruel y un tanto sucio.

Así describió J. Buchanan a la escuela del «public choice», que creó junto con otros: examinar la conducta de los gobernantes, de la burocracia, presuponiendo que son seres como el resto.

La propuesta de atreverse a considerar que los gobernantes son personas comunes y corrientes, promedio, igual que los mortales que los rodean tiene un aire de obviedad insoportable para cualquiera que la escuche por primera vez.

A pesar de eso, el atrevimiento es subversivo pues se dirige a los cimientos mismos de una de las mayores corrientes de pensamiento político —lo que examino a continuación en dos pasos simples.

• Primero, el elemento ortodoxo que, sin hacerse explícito, se presupone gratuitamente: los gobernantes son mejores que los demás ciudadanos —saben más, conocen más, tienen altas normas morales y, por encima de todo, están dispuestos a sacrificar bienestar personal en aras del bien común.

La suposición oculta es la creencia en la superioridad del gobernante, especialmente en lo que se refiere a la renuncia al bien personal por causa del bien público. Es una presunción de benevolencia altruista adjudicada al gobernante —el que respetará la voluntad popular aunque al hacerlo se cause un daño personal.

• Segundo, el elemento subversivo: atreverse a poner en duda esa premisa política de la superioridad moral y virtuosa del gobernante. ¿Es de verdad así el gobernante?

La pregunta es obligada porque presuponer la superioridad moral del gobernante es un punto para el que no se ofrecen evidencias explícitas en ninguna escuela política —excepto quizá Platón y su rey-filósofo.

Esta es la aportación que hace la escuela del «public choice», ofreciendo una respuesta razonable: los gobernantes son realmente gente como el resto y actúan como el resto —buscan sus beneficios personales y no es aceptable presuponer que con facilidad ellos renunciarán a ellos.

Por ejemplo, un político actuará considerando su carrera futura, incluso a pesar de no cumplir así con la «voluntad popular» —la que en última instancia no existe como tal, sino en el conjunto de voluntades personales.

El desenlace es el natural reuniendo a ambos elementos: (1) la imagen idealizada del gobernante es quimérica y, por supuesto, no tiene correspondencia con la realidad; y (2) el gobernante no es más que un ser humano más, una persona imperfecta como el resto.

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A partir de aquí, la política deja de ser el reino de la ilusión en el que tienen puestos de poder seres excepcionales —y ella comienza a verse con autenticidad y sin adulteración soñadora.

Y así inicia la posibilidad de estudiar a la conducta del gobernante, como un ser normal y común, que se mueve en un espacio gubernamental —al igual que los demás se mueven en espacios no gubernamentales.

Es decir, si la naturaleza humana es la misma en todos, su conducta será modificada por las circunstancias que les rodean, lo que para el político será la esfera gubernamental —un ambiente cuya esencia misma es el poder, el que es entonces el incentivo central del político, para bien y para mal.

Lo anterior es lo que puede explicar, por ejemplo, el siguiente caso:

«Gobernantes socialistas con sueldos de capitalistas […] un ex comandante guerrillero, ahora en el Ejecutivo, gana en un mes lo que un campesino ex guerrillero gana en 5 años en las plantaciones de caña de azúcar».

Cuando la política deja de ser una variación de cuentos de hadas, o una derivación de historietas de superhéroes, admite que los gobernantes son nada más que seres humanos como el resto, suceden algo extraordinario: cae por tierra una escuela política, la de la concentración del poder.

Doctrinas políticas, como el socialismo y sus variaciones, tienen como cimiento necesario la suposición de que quienes gobiernan son seres excepcionalmente dotados —de amplísima sabiduría y virtud inmaculada.

Solamente en quienes son sabios y virtuosos en justificable depositar el poder político y económico que el socialismo recomienda como columna central de su ideología —resultaría suicida depositar tal cantidad de poder en personas que no son extremadamente más sabias y más virtuosas que el resto.

Al final de cuentas, creo que la escuela del «public choice» sirve de recordatorio y advertencia: no cometer el error de suponer que los gobernantes son mejor que el resto.

Addendum

Se trata de lanzar una admonición seria que produzca al menos una actitud de escepticismo al leer declaraciones como las siguientes:

«El servicio público es pasión y yo sí tengo esa pasión, me encanta ayudar, me encanta servir». José Narro Robles

«Tengo vocación de servicio y podría ayudar mucho dentro de la política». M. Morro

«Me presento de nuevo porque tengo vocación de servicio público». José Cara

Nota del Editor

Lo que se pide al gobernante está bien determinado en esta hipótesis imposible, expresado por el Gobierno Bolivariano de Venezuela:

«El Servidor Público es una persona orientada, principalmente por el deseo de servir y atender las necesidades de las ciudadanas y ciudadanos, poniendo a disposición de la nación sus capacidades, con el fin de contribuir  al desarrollo de ésta y anteponiendo los máximos fines del Estado a cualquier propósito o interés particular».

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