Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
¿Quién Protege a Quién?
Eduardo García Gaspar
19 octubre 2016
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
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No son asuntos complicados. No se necesita mucho para comprenderlos. Basta con ponerse a pensar siquiera un poco.

No hace mucho que una persona dijo que el gobierno mexicano debía ser protegido del poder de las iglesias. Una idea que merece una segunda opinión.

Comencemos por el principio. La razón de ser de un gobierno, la causa única que lo justifica, es la protección de las personas, de sus libertades y propiedades.

Es la persona la que debe ser protegida en, por ejemplo, su libertad religiosa: los gobiernos no pueden obligar a la persona a abandonar la religión que ella ha escogido.

Es decir, bajo esta perspectiva, la religión es la que tiene que ser defendida de los posibles ataques gubernamentales. Exactamente lo opuesto de lo que dijo la persona. Dentro de una república, la preocupación central es la protección contra los abusos gubernamentales de poder.

En una república, las iglesias tienen que ser protegidas contra abusos de poder, al igual que los medios, las empresas, las personas; todos están protegidos de los ataques que el gobierno puede realizar.

Es una mentalidad muy diferente al de las persona. Ella invirtió los planos y pidió que el gobierno fuese protegido contra las iglesias. No dudo que haya casos en los que ello sea una posibilidad real, pero se trataría de un caso en el que alguna iglesia quiera convertirse en gobierno. No el caso típico.

Resumamos. En una república, la libertad personal es el más alto valor ciudadano y la prioridad mayor es preservarla de abusos de poder por parte del gobierno. En la república se protegen a las iglesias, a las escuelas, a las familias, a las empresas, a las personas de posibles abusos de poder.

¿Qué régimen es el que pide que los gobiernos sean protegidos contra la sociedad? ¿Contra las iglesias, las empresas, las personas? No sé cuál sería su nombre, pero me llama la atención que la idea de la función original de los gobiernos haya sido puesta del revés.

Cualquiera de nosotros ve la conveniencia de un gobierno que nos sirva de protección, que preserve nuestras libertades y nuestras propiedades. Entendemos que el gobierno es el que está para servirnos, que es un instrumento que nos ayuda a vivir mejor.

Lo que resulta incomprensible es tener que ser nosotros los que cuidemos al gobierno, los que los protejamos y sirvamos. ¿Proteger a los gobiernos de las iglesias? ¡Pero si lo razonable es lo opuesto! Los medios, por ejemplo, deben ser protegidos de los abusos de autoridad y no ellos ser los responsables de proteger a los gobiernos.

Lo que estoy tratando de hacer ver es una transformación de una mentalidad razonable en una forma descabellada de pensar. De ser un gobierno el servidor del ciudadano, el ciudadano se convierte en el servidor del gobierno. El fenómeno es llamativo porque la transformación se ha realizado sin grandes protestas, convirtiéndose en la normalidad.

La mayor evidencia de esta inversión de planos la encontramos en las cuestiones fiscales. Llega a considerarse una falta grave el no pagar impuestos por encima de lo razonable. La mentalidad republicana entiende que los impuestos deben ser bajos, de manera que no se altere la libertad personal y la gente mantenga la mayor parte del fruto de su trabajo.

Sin embargo, cuando la mentalidad se distorsiona se llega a la anormalidad de creer que cuantos mayores sean los impuestos todo será mejor: el gobierno debe ser protegido otorgándole propiedades personales. Esta es la mentalidad sobre la que quiero llamar la atención.

¿Quién protege a quién? Un sistema republicano, de estado de derecho, orienta sus instituciones a la defensa de la persona, a la protección de sus libertades y propiedades. Allí se entiende que la soberanía están en las personas y que los gobiernos son servidores de ellas.

Pero esta nueva mentalidad ha desvirtuado las cosas y convertido al ciudadano en un servidor del gobierno, al que debe proteger aún por encima de sus propios intereses, sacrificando sus libertades y propiedades. Esta distorsión es incomprensible en sí misma,, pero lo es aún más cuando se realiza con un convencimiento pleno por parte de demasiados ciudadanos.

El adoctrinamiento, la propaganda, la educación que haya producido eso es sin duda notable, igual que haber persuadido al esclavo a que por voluntad propia regrese a su condición previa renunciando a su libertad.

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