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Robots y Empleos
Selección de ContraPeso.info
18 enero 2016
Sección: ECONOMIA, Sección: Asuntos
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No, aún con robots el trabajo no termina, es la idea de James Bruce. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. El título original de la columna es Hot Fries and the End of Work.

«El fin del trabajo» significa al menos dos cosas distintas. La frase puede significar que el trabajo se detiene. Usted tuvo un trabajo y ahora ya no lo tiene. Pero «el fin del trabajo» también puede significar el propósito o la meta del trabajo. La diferencia es importante.

Derek Thompson contempla A World Without Work en su ensayo (Atlantic, julio/agosto) acerca de un futuro robótico, pero si convertimos a su bola de cristal en un espejo, veremos que, en un sentido, el trabajo ya ha terminado, sin embargo, en otro sentido, el trabajo no lo debe hacer.

No nos engañemos: la frase el fin del trabajo generalmente significa que el trabajo se detiene. Esta es la razón por la que Jeremy Rifkin la usó como título de su libro en 1995. (The End of Work de Rifkin es un agradable recordatorio de que los alarmistas tecnófobos con visiones de futuros distópicos poseen un largo e ilustre pedigree).

Pues bien, si usted está preocupado por el fin del trabajo, deje de estarlo. Para muchos estadounidenses, ya ha desaparecido. Casi 95 millones de estadounidenses están actualmente fuera de la fuerza de trabajo, un número récord. Ellos no necesitan robots para vivir en un mundo sin trabajo.

Pero hay otra manera de entender «el fin del trabajo» y en este sentido —el del propósito o meta del trabajo— nunca puede haber un mundo sin trabajo. Estamos hechos para trabajar. Florecemos cuando lo hacemos y sufrimos cuando no.

Thompson ofrece tres razones por las que debemos temer acerca del futuro del trabajo. Carlos Marx también tuvo estos temores.

Primero, está el triunfo del capital sobre el trabajo. Las corporaciones que previamente dependían de trabajadores humanos pueden ahora confiar en su propiedad, los robots.

Marx receló anticipadamente de los robots, temiendo «una automatización central» que coordinara el trabajo de las máquinas, «un monstruo mecánico… cuyo poder demoníaco… estalla al fin en un torbellino veloz y furioso…»

Segundo, Thompson correctamente lamenta la falta de interés por el trabajo en los hombres de 25 a 54 años, de los que uno de cada seis están desempleados o fuera de la fuerza de trabajo. Thompson dice que los economistas sospechan del cambio tecnológico.

Tenemos también ecos de Marx: «La forma entera del movimiento de la industria moderna depende, por lo tanto, de la constante transformación de una parte de la población trabajadora en manos desempleadas o medio empleadas».

Finalmente, está la agudeza del software. Citando un estudio de Oxford, Thompson dice que muchos trabajadores están viviendo tiempo prestado. Si lo puedes hacer sin pensarlo, la computadora también —más rápido y a menos costo.

Así es como luego lo explica Marx en su Grundrisse: la máquina «posee habilidad y fuerza en lugar del trabajador, es ella un virtuoso, con un alma propia en las leyes mecánicas que actúan por su medio…»

Si los robots toman los empleos de las personas, Thompson piensa, «es casi una certeza que el país tendrá que abrazar un nuevo papel radical del gobierno».

Pero el gobierno no es la solución de un mundo sin trabajo; después de todo, el gobierno contribuye al problema.

En 2013, Michael D. Tanner y Charles Hughes calcularon que los programas de bienestar pagan más del salario mínimo en 35 estados y más de $15 dólares la hora en 13 de ellos. Gary D. Alexander considera un ejemplo hipotético de una madre soltera con dos hijos viviendo en Pensilvania. El ingreso de la familia es más alto si ella gana $29,000 que en caso de ganar $69,000, debido a las diferencias en impuestos y beneficios.

Con voluntad el gobierno gasta el dinero para que la gente trabaje menos o incluso no trabaje. ¿El resultado que no sorprende? La gente trabaja menos o no trabaja.

Ahora, si pensamos acerca del propósito o meta del trabajo, nos daremos cuenta de que el trabajo jamás puede terminar. Filosóficamente, los agentes racionales poseen condiciones específicas para su florecimiento genuino, una de las cuales es el trabajo.

Los datos sociológicos ciertamente dan soporte a las afirmaciones de que estamos hechos para trabajar, de que sufrimos cuando no lo hacemos. En la teología judía y cristiana el trabajo comenzó en el Paraíso, no como un resultado de la Caída. Fuimos hechos para trabajar.

Pero Thomson cita a Benjamin Hunnicutt, profesor de la Universidad de Iowa, quien duda de que los trabajo sin sentido puedan contribuir al florecimiento humano. Pues bien, está equivocado.

Primero, incluso los trabajos sin sentido dan oportunidades para lo que Arthur Brooks llama «éxito ganado» el que el define en The Battle como «la habilidad para crear valor con honestidad».

Segundo, los trabajos sin sentido puede cambiar la vida. «Haces un buen trabajo manteniendo calientes a las papas fritas».

Está sola frase transformó la vida de uno de los futuros estudiantes del teólogo Wayne Grudem: «Él recuerda esa observación como un punto que modificó su vida», escribe Grudem en su obra The Poverty of Nations. «Repentinamente se dio cuenta de que era capaz de hacer algo bien».

Finalmente, los trabajos sin sentido son mejores que la alternativa. «Por mucho», —Thomson anota para su mérito— «los desempleados no pasan su tiempo socializando con amigos ni adoptando nuevos pasatiempos. En vez de eso, ven televisión o duermen».

Algunos empleos pueden parecer no tener sentido; ver televisión todo el día realmente no lo tiene. Si vamos a levantar del sillón a millones de estadounidenses y regresarnos al trabajo, ciertamente necesitaremos «un nuevo papel radical del gobierno».

Pero en lugar de tentarnos con la inactividad evitando el diseño de Dios, el gobierno debe implantar los incentivos correctos para fomentar el trabajo y el florecimiento que viene con él.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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