Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Saber Pero Ignorar
Eduardo García Gaspar
28 enero 2016
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
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Hay cosas que conocemos. Las hay que sabemos que no conocemos. Y las hay que no sabemos que no sabemos.

¿Confuso? En realidad solo un poco, muy poco.

El caso clásico reciente de esta distinción fue el de D. Rumsfeld, que vale la pena citar en el original:

«There are known knowns. These are things we know that we know. There are known unknowns. That is to say, there are things that we know we don’t know. But there are also unknown unknowns. There are things we don’t know we don’t know».

Acudo a la clarificación que se hace en un libro, el de Baggini, Julian (2009. The Duck That Won the Lottery: 100 New Experiments for the Armchair Philosopher):

«Lo conocido conocido incluye la distancia al sol […] y la capital de Bélgica. Lo desconocido conocido incluye el cómo el cerebro da lugar a la conciencia […] Lo desconocido desconocido son todas las otras cosas que están allí pero que aún no, o jamás, conoceremos. Antes de 1930, por ejemplo, Plutón era algo desconocido desconocido».

Tenemos entonces tres tipos de cosas según las conozcamos o no:

• Lo que sabemos que sabemos, es decir, lo conocido que conocemos. Sabemos que sabemos la composición química de los seres vivos; y que John Howard fue primer ministro liberal en Australia de 1996 a 2007.

• Lo que sabemos que no sabemos, es decir, lo conocido que desconocemos. Son cosas que reconocemos que ignoramos. Algunas son terriblemente complicadas de explicar. Otras quizá sean más simples, como el desconocer el lugar en el que he perdido las llaves de la casa o la composición de la materia oscura.

• Lo que no sabemos que no sabemos, es decir, lo ignorado que ignoramos. Obviamente no pueden darse ejemplos de esto, porque por principio se desconocen. Solo podría ilustrarse con el descubrimiento de algo, como los geográficos; o la tabla periódica de elementos.

Los tres casos son como una medición de nuestra ignorancia.

Claramente, sabemos que sabemos una gran cantidad de cosas, que nuestra ignorancia es escasa comparada con la de otros tiempos. Es muy difícil alegar ignorancia en gran cantidad de casos.

Tome usted, por ejemplo, la ley de la oferta y la demanda. Sabemos que una reducción del precio de un bien tenderá a hacer que suba la cantidad demandada de ese bien; y lo contrario.

No puede alegarse ignorancia y suponer que, por ejemplo, cerrar la frontera a las exportaciones no producirá muy probablemente una elevación de los precios internos debido a la ausencia de competencia externa.

Hay cosas que sabemos que no sabemos, como la existencia de vida en otros planetas. Pero hay cosas que conocemos y que sabemos que conocemos; y que no pueden ignorarse. Hacer caso omiso de ellas, entonces, presenta una cuarta categoría de cosas que debe considerarse, la de las cosas que se saben pero que deciden ignorarse por la razón que sea.

Esto es lo que creo que bien vale una segunda opinión.

Un ejemplo: una persona cualquiera no sabe quién pintó el cuadro de «Flaming June»; es decir, sabe que no sabe y su ignorancia puede ser resuelta sin gran dificultad. No es algo que ignoren todos, sino ella y otros más.

Ahora veamos otro caso. Una persona cualquiera piensa en aumentar los costos de despido de trabajadores para combatir el desempleo y el trabajo por contrato de tiempo determinado. No podrá alegar que se sabe que eso probablemente produzca mayor desempleo al hacer más costosa la contratación.

No es que no se sepa eso, sino que la persona lo ignora.

Son cosas que se saben, como los efectos de la alteración del valor de la moneda. O como la relación entre aumentos al salario mínimo y el desempleo juvenil.

Todo mi punto, al recordar las ideas sobre esos tres tipos de cosas conocidas y desconocidas, ha sido apuntar la existencia de otro caso, el de cosas que sabemos pero que intencionalmente son ignoradas.

Post Scriptum

Las falacias económicas son un buen ejemplo de ese caso de cosas de sabemos pero que algunos deciden ignorar.

Cosas como considerar mal al déficit comercial, o suponer que el ánimo de lucro es siempre reprobable, son otras instancias de cosas que conocemos pero que se ha decidido ignorar.

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