Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Sentimientos Versus Razón
Eduardo García Gaspar
2 febrero 2016
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
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Un rasgo de nuestros tiempos. Ha sido llamado humanitarismo sentimental.

Una noción que explica lo que sucede en nuestros tiempos. Examinemos esto, que bien merece una segunda opinión.

En su esencia, este sentimentalismo tiene una apariencia humanitaria, entendida como pasión por los demás. Pasión por ayudar. Un apasionamiento compasivo, lleno de caridad y amor. Eso, y nada más que eso, es suficiente para hacer lo bueno, lo debido, lo deseable.

Para el lector avispado, el defecto será obvio: falta algo, algo que es importante.

Falta la razón, el pensar, el usar la mente. Orientarse por medio de la caridad y el amor y la compasión no es suficiente. También debe razonarse. No hacerlo llevaría a acciones alocadas, con malas consecuencias.

Imagine usted a un piloto de avión que solo con un corazón lleno de caridad por los pasajeros pretende llevarlos a su destino. No sé usted, pero yo me bajo de esa nave y me alejo de ese piloto. Es obvio que el piloto, primero, debe saber, conocer, pensar, antes de tener un gran corazón.

El sentimentalismo de nuestros tiempos, por tanto, ignora a la razón. Más que eso, la considera una opositora. La razón, llega a creerse, es contraria a la compasión, al amor por los demás. Razonar, se piensa, es propio de gente sin sentimientos, de mentes frías y calculadoras a quienes no importa la caridad, ni la compasión.

Este sentimentalismo tiene sus manifestaciones propias. Puede detectarse con lo que dije antes, la acusación de que usar la razón es igual a ser un insensible calculador. No solo eso, también puede ser identificado por un mecanismo curioso: toda acción se justifica por sus intenciones.

¿Tiene buenos propósitos, son amorosos y compasivos? Entonces la acción, sin importar cual, queda aprobada automáticamente. Si un programa para ayudar a los pobres costará diez mil millones, esa cantidad se autoriza de inmediato solamente por el objetivo que persigue.

También, puede detectarse ese sentimentalismo en el lenguaje de las personas, como lo ha apuntado ya Samuel Gregg del Acton Institute.

En esa lenguaje no hay cabida para el razonamiento, solo para el sentimiento. Por eso, es ahora común la expresión «eso me ofende». No hay necesidad de decir la razón, ni de argumentar causas. La ofensa es suficiente como para prohibir eso que ofende.

Otro rasgo del sentimentalismo de estos tiempos es su ingenuidad. El sentimental supone que todos son como él, llenos de buenos sentimientos y rebosantes de compasión y amor. Presupone que podría haberse negociado con Hitler, por ejemplo. O que todos serán mejores si se modifica la educación, o se cambian las «estructuras sociales», o se dialoga y dialoga y dialoga.

Llego así al punto que creo que más merece atención.

Me refiero al de la supuesta oposición entre el amor y la razón; entre la caridad y el pensar; entre la compasión y el usar la mente. Es aquí donde puede comprenderse la magnitud del problema del sentimentalismo humanitario.

¿Es real esa oposición? Si lo es, significaría que una persona racional no podría tener sentimientos compasivos; y que una persona sentimental no podría pensar.

Eso parecen creer los partidarios del sentimentalismo humanitario. Uno de ellos me dijo una vez, «Ten cuidado con la razón que te puede llevar por caminos extraviados».

Por supuesto que me puede llevar por rutas equivocadas. Le respondí, «Ten tú cuidado con los sentimientos que de seguro te harán perder el camino».

La oposición no existe. Lo pongo así: Dios nos hizo a su semejanza y en buena parte eso significa que podemos pensar. No puede ser malo en sí mismo lo que Dios nos ha dado.

Para mis amigos ateos y agnósticos, eso significa que no resulta conveniente hacer de lado una de las capacidades que claramente tenemos. Dejar de pensar es dejar de ser humanos. Más bien, lo que debemos entender es aceptar una combinación de razón y sentimientos.

Pongo un ejemplo. La compasión, ese amar al prójimo, debe movernos a ser racionales cuando queremos hacer algo para ayudar a los pobres. Ayudarlos, movidos solamente por los sentimientos, seguramente producirá una ayuda ineficaz, incluso contraria a lo que deseamos.

En fin, todo lo que he intentado hacer es llamar la atención sobre uno de los rasgos de nuestros tiempos, el sentimentalismo disfrazado de buenas intenciones compasivas; apuntando especialmente su falla central, la renuncia a la razón.

Post Scriptum

Me he apoyado en buena medida en las ideas de Samuel Gregg y la columna referida al principio. Su conferencia sobre Truth, Reason and Equality es especialmente útil (los 40’ del video son muy recomendables).

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