Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Sin Rumbo
Eduardo García Gaspar
25 enero 2016
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Es la disyuntiva obvia. Las alternativas que siempre están presentes,

Y donde una gana siempre, o casi siempre.

Imagine usted que presencia la discusión entre dos personas. Una de ellas tiene la opinión A y la otra tiene otra opinión, la B.

Entre ellas discuten, razonan, argumentan, defendiendo su opinión. ¿Cuál es la meta para ellas? Ganar la discusión, hacer que la otra persona ceda y dé la razón a ella. La meta de la discusión es la victoria de la opinión personal.

No está mal del todo. Si uno tiene una opinión cualquiera, debemos suponer que piensa así porque ha analizado el asunto lo suficiente como para llegar a tal conclusión. Debemos suponer también que ha considerado otras ideas y al final optó por una de ellas.

Es así que la persona llega a tener una opinión sólida que está dispuesta a defender. Por ejemplo, la persona piensa que Dios existe y enfrenta a otra que piensa lo contrario. Entre ambas se discute. Cada una argumenta a su favor y tiene el objetivo de ganar, es decir, derrotar a la opinión de la otra.

¿Es ese el objetivo único? No necesariamente.

La persona que defiende su opinión puede tener otra meta en mente, una más elevada, la de ir al encuentro con la verdad (lo que puede significarle el cambiar de opinión). Esto es lo que creo que bien vale una segunda opinión.

En lo general, las personas que discuten con quienes piensan diferente lo hacen con el ánimo de vencer, de terminar demostrando que tienen la razón. No es un objetivo malo, al contrario. Es algo que pone a prueba las creencias personales y la solidez de las opiniones propias, sobre todo cuando se enfrenta a un opositor sólido y razonable.

Sin embargo, la actitud que debería prevalecer en esas discusiones, cuando son serias, es la de reconocer la verdad incluso si eso significa aceptar errores propios. Quizá sea humillante y bochornoso, pero es al final de cuentas, es algo que enaltece y permite avanzar.

Si uno tiene la fortuna de presenciar la discusión de dos personas con opiniones opuestas, también se tiene esas dos alternativas: querer la victoria de aquel con el que uno está de acuerdo, o algo mejor, llegar a una posición más cercana a la verdad.

Es decir, también quien se enfrenta a opiniones diferentes tiene frente a sí mismo las mismas dos alternativas de quienes discuten frente a frente. Sin duda querrá que salga victorioso ese con el que está de acuerdo, pero sería una gran cosa que le animara el espíritu de conocer más, de saber más, de encontrar la verdad.

Califiquemos a esto como una obstinación sana, una terquedad prudente, una porfía flexible. Significaría, primero, justificar con solidez la opinión sostenida y, segundo, mantener el ánimo de encontrar la verdad (la que quizá no coincida con lo que uno piensa).

Lo anterior nos lleva a un terreno fascinante, el de la testarudez extrema, del empecinamiento enfermo, al que puede definirse como la cerrazón que no acepta argumentos razonables ni evidencias sólidas. Es algo que podemos definir como prejuicios, ideas tan enraizadas que se niegan a ser cuestionadas.

Son premisas ocultas, ideas subyacentes que afectan la manera de pensar sesgándola hasta el extremo de esa testarudez extrema que cierra la mente a toda otra posibilidad.

Este es un riesgo universal que afecta a todos y que ha sido agravado notablemente en nuestros tiempos. Piense usted en dos escenarios posibles.

• En el escenario «sensato» las discusiones entre personas con opiniones opuestas utilizan razonamientos, evidencias y pruebas. Allí existe la posibilidad de avances, mejorando opiniones, corrigiéndolas. Hay posibilidad de avanzar en el conocimiento.

No será un escenario idílico ni pacífico, demasiadas veces será agresivo y tempestuoso, sin gran posibilidad de serenidad. Pero no desaparece aquí el ánimo de acercarse a la verdad y rendirse ante ella.

• En el escenario «desvariado» las discusiones entre personas están guiadas solamente por el anhelo de ganar la discusión, incluso por encima de razonamientos, pruebas y evidencias en contra. No hay aquí ánimo alguno de encontrar la verdad.

Si el escenario anterior no es idílico, este escenario lo es mucho menos. Es inseguro, precario e imprudente. Sin la posibilidad de encontrar la verdad, la única posible solución es la imposición forzada de una de las partes.

Finalmente, me parece indudable que nuestros tiempos se parecen más al segundo escenario que al primero. Por ejemplo, la popularidad del relativismo, eso que se populariza en cosas como esta:

«Lo que tienes que entender es que para que puedas lograr tus sueños debes tener claro cual es tu propia verdad y creer en ella.  Entender y confiar que tu camino se crea a base de tus convicciones, tus deseos, tus dones y tus aspiraciones».

O bien, esta:

«El pluralismo y la pluralidad son dimensiones naturales de la rica personalidad humana y de las formas diversas de ver, sentir y hacer en el mundo».

En la que es notable la ausencia de «pensar, razonar».

Perder el ánimo de encontrar la verdad nos hace perder el rumbo. Como tener cada uno una brújula que apunta a destinos diferentes.

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