Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Tolerancia Teológica
Leonardo Girondella Mora
11 julio 2016
Sección: RELIGION, Sección: Asuntos
Catalogado en: ,


El sentido de la tolerancia se encuentra en la actitud frente a personas, acciones o cosas con las que se está en desacuerdo —solicitando una actitud de tolerancia, paciencia, transigencia y respeto.

La tolerancia no solicita aprobación sino comprensión, conformidad, bajo la tesis de que esa actitud es la mejor opción —siendo la otra la confrontación violenta entre las partes.

Por necesidad forzosa, la tolerancia es una actitud compartida y de dos sentidos, por la que ambas partes acuerdan condescender una con la otra en una situación de convivencia mutuamente respetuosa.

El origen de la tolerancia es el desacuerdo con otros, lo que necesita reconocer que el desacuerdo puede tener magnitudes distintas —desde un grado menor y de escasa importancia hasta el de una vehemencia exaltada.

La tolerancia es especialmente aplicada a esos casos de extremo desacuerdo, siendo un ejemplo muy claro el de los desacuerdos religiosos entre iglesias —que es lo que me propongo explorar en lo que sigue.

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Supongo un caso realista con varias religiones entre las que existen diferencias notables de dogmas y creencias, creyendo cada una de ellas que es la religión verdadera y única.

Ya que legalmente los gobiernos no pueden emitir un juicio que permita un fallo sobre cuál de ellas es la verdadera, el camino que se sigue es el de la tolerancia ordenada por la ley: libertad religiosa que obliga a la tolerancia mutua entre las iglesias y entre sus fieles.

No es un camino simple y debe estar lleno de accidentes y tropiezos, incluso de consideración, pero tiene la característica de poder ser implantada, legalizada y sujeta a procesos judiciales.

Además de la tolerancia legal para las religiones, existe otra tolerancia, la eclesiástica o teológica —es decir, la de las mismas religiones dentro de su propio cuerpo de creencias y dogmas.

Por definición, creyendo ser cada una la religión verdadera y única, ellas se enfrentan al dilema de si es realmente congruente con sus creencias el soportar la existencia de religiones que a sus ojos son falsas.

No es un dilema sencillo. En muchos casos se trata del problema de la salvación eterna de las almas y eso no es precisamente algo que deba descuidarse. El razonamiento que puede presentarse es muy directo: es posible que los fieles de las otras religiones pierdan sus almas y el deber es evitar que se condenen.

Ese dilema puede llevar a interpretaciones muy diversas. Podría ser que se obligara a la conversión de los infieles; que se prohibiera el culto de las otras religiones; que se uniera esa religión con el gobierno —o bien, que ellas aceptaran en su teología la idea de respetarse y convivir.

La opción de la tolerancia puede salir de las consecuencias mismas de los dogmas de esas religiones. Por ejemplo, si ellas aceptan que las personas son libres y deben seguir a los dictados de su conciencia, las religiones que así piensen tendrán menos dificultad para aceptar a la libertad religiosa.

A lo que estoy yendo es a la dificultad teológica de aceptar abiertamente la tolerancia religiosa —la actitud de respetar, incluso amar, a quienes no profesan una cierta religión y no por eso son casos de almas perdidas (la frase «hermanos separados» de finales del siglo 18 en el caso católico es un ejemplo aplicado a los protestantes).

Si la religión que sea contiene dentro de su teología creencias básicas que pueden usarse para concluir que existe libertad religiosa —tolerancia— entonces incluso con dificultades, pero ella puede poseer el germen que le lleve a convivir con otras.

Los problemas graves surgirán cuando dentro de alguna religión no exista esa creencia latente que le conduzca a la tolerancia —lo que le hará vivir en una situación de tensión continua que tendrá sus explosiones ocasionales de intolerancia, incluso dentro de regímenes de tolerancia religiosa legal, pues lo que le hará falta es la tolerancia teológica.

Sacar a la superficie esas creencias profundas que den entrada a la libertad religiosa, aún cuando se posean, no es un proceso exento de serias dificultades y discusiones agrias entre los fieles de cada religión —pues necesita de un proceso largo de maduración en medio de realidades inevitables que modifiquen el modo de pensar.

Lo que he querido hacer es llamar la atención sobre lo que creo es un elemento clave en el tema de la convivencia religiosa: si dentro de cada religión existe o no alguna creencia o dogma que lleve a la conclusión teológica interna de aceptar que otros practiquen otra religión, sin que eso sea una herejía o cosa parecida.

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