Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Trabajo, Persona, Valor
Leonardo Girondella Mora
6 enero 2016
Sección: ECONOMIA, Sección: Asuntos
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A quienes juzgan a la igualdad como el criterio central de una sociedad justa, me gustaría que ellos considerasen la posibilidad de estudiar algo que pueda hacerles repensar su opinión —siquiera un poco.

Comienzo por señalar algo que me parece obvio: diferentes bienes y productos tienen diferentes capacidades para satisfacer las necesidades —lo que equivale a decir que los recursos que tenemos a disposición poseen intensidades variables para satisfacer necesidades.

Una copa de ron, por ejemplo, tendrá menos capacidad de satisfacer las sed que un vaso de agua; pero el ron tendrá capacidad de satisfacer mejor otras necesidades que el agua. Una escalera permitirá subir de un piso a otro de mejor manera que lo podrá hacer una cuerda en un edificio de apartamentos.

Una pastilla de aspirina podrá satisfacer necesidades mejor que una píldora con antibióticos, dependiendo del objetivo de su uso. Más ejemplos pueden ser imaginados por el lector, para el que un lápiz tendrá un uso claro muy diferente al de un borrador.

La conclusión es clara —los bienes, los servicios, los recursos tienen diferentes capacidades de ser de valor para cada persona cada momento. Reclamar que todos los recursos tienen igual utilidad sería una acción alocada.

Lo que quiero hacer ahora es trasladar esa idea de diferente valor para cada recurso en cada momento a un caso especial —el recurso del trabajo personal, la capacidad de producir valor de cada individuo.

Me parece obvio que las personas también difieren en su capacidad para satisfacer necesidades de otros —es decir, las personas varían en términos del valor que su trabajo representa para otras.

Un neurocirujano para muchas personas en este momento resulta un recurso que no tiene ninguna utilidad; pero su utilidad sería igual invaluable para quien padece alguna enfermedad que ese médico pueda remediar.

Al igual que con los recursos, las personas dan valor al trabajo de los demás de acuerdo con las necesidades que ellas tienen en cada momento concreto —de lo que puede deducirse con facilidad que ciertas personas tendrán un valor superior a otras y que intentar igualar ese valor sería un sinsentido.

Igualar el valor de un neurocirujano con el de un jardinero es un objetivo totalmente absurdo cuando no se considera la valuación que de los dos haga una persona en una situación concreta —y que puede llegar hacer que en algunos casos, seguramente la mayoría, el jardinero sea preferido al neurocirujano.

Y que a pesar de eso, el jardinero tenga un ingreso inferior al del neurocirujano simplemente porque existen más jardineros —en cambio, cuando se necesita al neurocirujano puede verse que la necesidad de él es mucho más apremiante y que al no existir gran cantidad de cirujanos, los ingresos de esta especialidad serán mayores a los de los jardineros.

Creo que mi punto es claro. Suponer que todas las personas pueden tener ingresos iguales debe partir de otro supuesto, uno que es el extremo improbable: el que todas las personas valoren el trabajo del resto a igual nivel, independientemente de sus necesidades personales y de la cantidad ofrecida de esos trabajos.

En un mercado libre, por lo tanto, los ingresos de las personas estarán determinados por las valoraciones que otros hagan de esas personas —del valor mutuo asignado del trabajo. No es esto distinto a lo que se hace con los bienes, recursos, servicios que tienen diferentes capacidades percibidas para satisfacer necesidades.

Lo que es querido hacer es llamar la atención sobre un punto que me parece importante —y que creo debe ser objeto de la atención de quienes ponen su atención exclusivamente en la igualdad de las personas.

Deben ellos solucionar un problema muy concreto, el de las diferentes percepciones de valor que las personas se hacen entre sí con respecto al trabajo que ellas realizan. Solamente en el caso que todas las personas se evalúen entre sí otorgándose el mismo valor podrá considerarse razonable una petición de igualdad entre ellas —lo que es a toda luz irreal.

Si entre las personas existen grandes diferencias de ingreso, es una obligación considerar en el análisis de esas desigualdades la posibilidad de que las personas sean percibidas también con grandes diferencias de valor, es decir, de capacidad para servir a otros.

Esto llevará al camino promisorio, el de entender que los bajos ingresos de muchas personas pueden depender en gran proporción del bajo valor contributivo que el resto percibe en ellas —lo que plantearía una situación correctiva saludable, el de ayudar a que esas personas con bajos ingresos hagan lo suficiente como para que los demás perciban un valor mayor en ellas.

Post Scriptum

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