Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Un Oráculo, Una Lección
Eduardo García Gaspar
29 septiembre 2016
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


La historia es realmente llamativa. Es pintoresca, pero también tiene una lección.

Sucede esto en la Grecia de hace miles de años, en Delfos, donde se establece un oráculo:

«Las profecías del oráculo de Delfos tuvieron un papel fundamental en el mundo helénico. La consulta al dios se hizo imprescindible para comenzar una empresa comercial, fundar una colonia o iniciar una guerra.» ArteHistoria.com

Hacer profecías tenía su proceso:

«Después de ofrendar un sacrificio en el altar que había delante del templo y pagar las tasas correspondientes, el consultante se presentaba ante la Pitia o Pitonisa y hacía sus preguntas. La sacerdotisa de Apolo descendía al adyton subterráneo situado detrás de la naos o cella donde brotaba agua de la fuente Casiótide y se custodiaba el «omphalos» u ombligo del mundo». GuíadeGrecia.com

Luego ella bebía, comía y respiraba para entrar en trance y emitir sus oráculos, que solían ser lo suficientemente ambiguos como para interpretarse como cada quien quisiera. En fin, nada que no se haga ahora mismo con otros medios.

Pues bien, resulta que el oráculo recibió una pregunta interesante, la de quién era la persona más sabia entre los atenienses. No se detenga usted allí para ver esto como una curiosidad histórica, personalícela.

Póngase en el lugar de quien la hace y pregúntese quién es el más sabio en su familia, entre sus amigos; el más sabio entre sus vecinos, en su ciudad, en su país, en el mundo. Y reflexione sobre ella. ¿Quién lo sería ahora mismo?

Regresamos a Atenas, en esos tiempos. El Oráculo de Delfos dio su respuesta y fue directa e inconfundible. El más sabio de los atenienses era Sócrates.

Un filósofo de esos tiempos. Un tipo, de vida austera, casado con una mujer de mal genio, que llegó a tener gran influencia, lo que le causó problemas y eventualmente, una condena a muerte.

¿Sorprendente la respuesta del oráculo? Seguramente no ante nuestros ojos modernos. Después de todo, Sócrates era un filósofo y eso lo coloca ante cualquiera como un sabio que seguramente sabía más que todos. Sabía tanto que debía ser el hombre más sabio de Atenas.

Y, sin embargo, el oráculo justificó el nombramiento de Sócrates como el más sabio ateniense por otra razón. No era él quien más sabía, o mejor dicho sí era quien más sabía porque aceptaba no saber nada. No saber nada era una muestra de sabiduría mayor a la del resto.

Imagine usted ahora lo que eso hace que Sócrates haga. Trate de imaginar una «clase» de este hombre rodeado de alumnos que lo escuchan. ¿Tratará de enseñarles algo?

Por supuesto que sí, pero lo que les enseña no es algo común. Lo que hace es enseñarles lo ignorantes que son. La meta es descubrir la ignorancia propia, algo que puede sorprender mucho en nuestros días en lo que quizá se haga lo opuesto.

Por eso, hacía preguntas y no daba respuestas. Quería aprender y molestaba eso a quienes sus respuestas mostraban como menos conocedores de lo que pensaban. Debió ser un tipo realmente molesto y fastidioso.

Lo sé por experiencia propia. En general, resulta insoportable quien quiere saber más acerca de lo que uno piensa. Recuerdo a un par de personas con ideas opuestas a las mías y a quienes hice preguntas para conocer sus ideas más y mejor. Terminaron por insultarme.

Haga usted el intento, si es que no lo ha hecho ya. Una vez hablé con un fanático de López Obrador en México (la versión tropical eternizada de B. Sanders). Las preguntas que le hice acabaron por irritarlo tanto que terminó con un lenguaje que ilustraba a la coprolalia.

Finalmente, la respuesta del oráculo contiene un elemento atractivo, la recompensa de la humildad; el castigo a la soberbia. Esta última provocaría que el sabio fuese ese que cree saber más, que busca honores por su sabiduría y, mucho me temo, en eso hay una contradicción. Un sabio no puede ser soberbio.

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