Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Un Shock del Pasado
Eduardo García Gaspar
12 octubre 2016
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Hay quienes creen que, en toda la historia, son los primeros que piensan. Son parecidos a esos padres que creen que son los únicos en el mundo que han tenido hijos.

Quizá sea una forma de aislamiento mental: suponer que nadie más ha pensado antes, ni pasado por lo que uno vive.

Un ejemplo notable, el del relativismo. Puede suponerse que es algo nuevo y que a nadie se le había ocurrido antes. Bueno, pues, al menos en algunas de mis clases, los alumnos se sorprendían al ver que muchas de las ideas que veían como modernas, no lo eran.

Eso del relativismo tiene sus siglos (en realidad más de dos milenios). Protágoras (485-411 aC) puede causar un shock a esos que creen que las generaciones anteriores no cuentan. Lo que este hombre pensaba era curioso.

Sostenía que las cosas son lo que parecen a las personas, lo que hace difícil que alguien pueda afirmar que lo que otro piensa es falso. Un partidario del relativismo en nuestros días puede sentir un ataque de desconcierto y conmoción al enterarse de eso, de que un griego hace miles de años dijo lo mismo que él.

Sí, las generaciones anteriores también pensaban y no lo hacían tan mal como algunos imaginan. Una vez recuperado del sobresalto, quizá piense que después de todo eso haga más sólido a su argumento relativista. «Ya ven, desde hace miles de años ya se decía que cada quien tiene su verdad y que nadie está equivocado», nos podrá decir.

Es correcto eso, al menos en parte, pero pensemos en eso que decía Protágoras, de que nadie puede afirmar que es falso lo que otro afirma, lo que equivale a decir que la verdad está por igual en todos. Eso es en resumen la posición del relativista: con respecto a la verdad, todos estamos en la misma posición.

Esto es realmente llamativo, una curiosa manifestación de igualdad en otro plano, el mental. Si todos somos iguales, podría argumentarse, también todos estamos en la verdad, somos iguales en la verdad. Esta ya no es una igualdad material, ni legal, es una igualdad llevada a una zona de conocimiento y opinión: lo que sepamos y opinemos es igual de verdadero.

La igualdad entendida como el «todos tienen la verdad», sin embargo, tiene sus problemas y no son pequeños. Póngase usted en el lugar de Protágoras hablando a sus alumnos y diciéndoles esa idea suya de que nadie puede decir que lo que el otro dice es falso. Un alumno con pocos dedos de frente podrá pensar en algo.

Le dirá a Protágoras: «Usted dice eso pero si yo digo lo opuesto, eso querrá decir que usted no puede negar que lo que usted dice es falso y yo podría tomar su lugar convirtiéndome en maestro y usted en alumno». No tendría ya sentido tener al griego de maestro y él no podría justificar el serlo.

Se le complicó mucho su posición al griego pudiendo alegarle que no puede enseñar eso a sus alumnos.

El concepto general de enseñanza se complica notablemente cuando uno supone que cada quien tiene sus opiniones y que ellas tienen el mismo valor. Imagine usted una universidad en la que eso se practica.

Las «clases» tendrían quizá un formato curioso: para un tema cualquiera cada alumno expondría su opinión, la que sea, y el profesor se limitaría a hacer que todos los escuchen, para concluir que todos tienen razón, que todos tienen la verdad.

No importa que esas opiniones sean ridículas, falsas, irracionales y existan otras razonables e inteligentes, todas valdrán lo mismo. El profesor, peor aún, se convierte en un moderador sin posibilidad de aportar nada, pues lo que diga tendrá el mismo valor que lo que diga el más ignorante de sus alumnos.

La posibilidad de aprender se anula, pues cada alumno quedará con la impresión de que sus opiniones son verdaderas, aunque sean contrarias a las del resto. Con lo que eso crea sin quererlo, un medio ambiente en el que poco o nada debe hacerse por conocerse más.

¿Para qué aprender más si ya se posee una verdad personal que es incuestionable? Ni siquiera el más preparado de los profesores podrá aportar un conocimiento mejorado, pues eso significaría que las opiniones de los alumnos son erróneas o inexactas, lo que es impensable.

En fin, lo que he querido hacer y tal vez logrado, es producir un shock del pasado: no, las generaciones anteriores no deben descartarse. También pensaban y razonaban, y no lo hacían tan mal como piensan algunos. Es más, pensaban en muchos casos brillantemente.

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