Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Yo, mi Juez
Eduardo García Gaspar
8 febrero 2016
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


«Soy libre y hago lo que quiero». Un alumno lo dijo. Mejor dicho, lo sentenció.

Fue como un veredicto imposible de apelar. Su vida había sido concebida como una simple cadena de decisiones, de selecciones, en la que no había otro criterio que la voluntad propia.

No es el único caso.

El problema es serio. Justificar un acto porque fue realizado en libertad es una avenida cómoda, en la que nada hay que pensar.

Tan justificada estaría la obra de caridad de quien da clases gratuitas a alumnos pobres, como la conducta de quien detona una bomba en una plaza pública. Los dos son actos libres y, según eso, ambos son legítimos.

Para entendernos mejor, usemos un caso de libertad económica. Si usted justifica las acciones solo porque son libres tendría que considerar buenas a estos dos actos. Uno, la persona A abre un negocio que produce lápices. Dos, la persona B pone una bomba en el negocio de A porque es su competencia.

Si usted justifica a los actos usando el criterio de hacer sido decididos en libertad, mucho me temo que tendrá que aprobar todo, o casi todo. Eso es lo que significa la frase «Soy libre y hago lo que quiero».

La legitimidad de toda acción se coloca en la selección de una opción de conducta. Si la selección es libre, se concluye que la acción es legítima. Y lo contrario, si la selección no es libre, la acción será reprobable.

No tiene sentido, pero eso es lo que la libertad llega a significar en estos tiempos de demasiada televisión y poco seso.

La pobreza de tal manera de pensar es una muestra de lo que acontece ahora mismo, en la actualidad. Más aún, es una explicación de la popularidad de la tolerancia como máxima virtud de actualidad. No es que la tolerancia sea mala, al contrario, pero no puede ella ser la única virtud.

Hagamos extrema la situación para aclarar las cosas. Ese joven alumno plantea que en última instancia las opciones entre las que se selecciona carecen de importancia. Escoger entre seguir estudiando su carrera, o abandonar sus estudios, según él, son dos opciones de igual valor. Ninguna de ellas es mejor que la otra.

El error es sustancial. Equivale a dar igual calidad ética a toda posibilidad de acción. Se comete con frecuencia, incluso por personas que no tienen la excusa de ser jóvenes estudiantes. Pongo un ejemplo, el de una persona defensora de la libertad, un liberal innegable.

Dijo que el aborto debía ser permitido, dejado sin legislar, porque es un acto libre decidido por la persona; de igual manera que los matrimonios de personas del mismo sexo debía ser liberadas de toda prohibición legal y dejadas en manos de personas libres que así lo decidan.

Independientemente de si usted está o no de acuerdo con el aborto y los matrimonios homosexuales, deberá reconocer el error de lógica que se ha cometido. Igual que el del joven inexperto.

Legitimar el aborto porque es una decisión libre de alguien ignora que lo que debe evaluarse es la acción en sí misma: abortar es o no admisible, este es el punto central; luego vendrá la consideración de ser realizado en libertad o no.

He visto cometer ese error una y otra vez. Es un error que daña a la libertad. De tanto admirarla, de tanto defenderla, se llega con facilidad a olvidar que para que ella florezca debe ser domada.

Para ponerla bajo un yugo saludable se necesita eso que permite calificar a las conductas y entre ellas distinguir a las deseables de las indeseables, a las loables de las reprobables.

Más dentro del problema, justificar a cualquier acción si ella es libre, no significa que la persona seleccione sin pensar, aleatoriamente, entre las opciones que tiene frente a sí. Sin remedio tendrá que seleccionar entre ellas y, más aún, tendrá que usar un criterio de selección.

¿Cuál? No lo sé exactamente. Es llamativo que ese criterio pueda tener una respuesta en la publicidad de salchichas («si te divierte, hazlo»). Por no mencionar el «Just do it».

Un criterio de comodidad, diversión, placer, descanso… no lo sé, pero sí es posible pensar que cualquiera que ese criterio de selección sea, será uno creado por la persona misma, en su interior, acomodado a sus gustos y beneficios.

Uno que pueda ser justificado por medio de la excusa universal de nuestros tiempos, la tolerancia.

Post Scriptum

Hay una faceta medianamente oculta en lo anterior. La mentalidad del «Soy libre y hago lo que quiero» contiene un elemento de autonomía moral que hace a la misma persona su propio juez.

Ella se juzgará a sí misma bajo sus propias normas, desechando casi cualquier influencia exterior. La idea de Dios es inconcebible para esta mentalidad, pues no admite ella jueces externos, ni normas externas.

Hay una buena argumentación liberal en contra del aborto en liberalismo.org; lo que muestra que no todos los liberales son partidarios del aborto, como algunos han afirmado, creyendo que piensan como Ayn Rand.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que intentan explicar la realidad económica, política y cultural. Defiende la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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