Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Aceptando la Realidad
Eduardo García Gaspar
3 julio 2017
Sección: ECONOMIA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Todo comienza con el asunto de «precio justo». ¿Cómo determinarlo? No es un problema simple, al contrario.

Alguien, con ganas de ayudar al comprador, exigirá que el precio de cualquier bien sea el más bajo posible. Incluso, estará dispuesto a usar el poder del gobierno para hacerlo obligatorio.

Otro, con ganas de ayudar al vendedor, exigirá que sea lo más alto posible. También, en una acción extrema, pensará también en usar al gobierno para que este impida reducciones de precios.

La discusión en nuestros días es más o menos el conflicto entre esas dos posturas. Muchos proponen precios justos, definidos como bajos por decreto de gobierno. Otros, lo contrario, quieren precios justos protegiendo a las empresas.

Lo curioso es que el problema del precio justo ya ha sido resuelto. Y eso fue hace siglos. Cierto, la Escuela Austriaca es en buena parte famosa por haber formulado una solución muy formal.

Pero antes, mucho antes, en el siglo 12 sucedió algo fascinante. Me refiero a una idea de un fraile franciscano, Pierre de Jean Olivi, o como se dice en latín Petrus Iohannis Olivi. Fue quizá el primero en pensar sobre los precios considerando algo que pierden de vista las dos modernas posturas mencionadas arriba.

¿Qué sucede si el valor de un bien es derivado de lo que piensan el vendedor y el comprador? La solución es fantástica: cada uno de ellos da un valor distinto al bien que uno intenta comprar y el otro vender. Llame a esto «valoración subjetiva» y se entenderá mejor.

Cada uno de los personajes da un cierto valor al bien en cuestión y entre ellos se ponen de acuerdo en un precio específico que resulta conveniente para ambos. Si no se ponen de acuerdo, simplemente no hay compra-venta. Y eso que ambos acuerdan es el precio justo.

Muy bien, pero hay algo aún más fantástico: el precio justo no puede estar determinado por factores objetivos, es decir, por los costos de producción. El descubrimiento es enorme y, mucho me temo, ha sido olvidado en las discusiones sobre el precio justo de nuestros días.

Estas son malas noticias para el productor y para el vendedor. No pueden ellos justificar su precio por los costos en los que ellos han incurrido para fabricarlo o adquirirlo. Si el costo de producción del bien fue de 100 pesos, eso le servirá de poco para justificar un precio de venta. Este dependerá en buena parte de la valoración subjetiva del comprador.

Y ese comprador podrá valorar el bien en más de 100 pesos, lo que significa que lo comprará. O bien, lo podrá valorar en 50 pesos, lo que significa que negociará con el vendedor un precio menor; y podrán o no ponerse de acuerdo.

Entonces, el precio justo se entiende como algo muy diferente. Un precio justo es el que satisface a ambos, comprador y vendedor, en un momento dado y en una situación concreta. Ese precio justo podrá ser diferente dependiendo del comprador, del vendedor, del momento y de la circunstancia.

Lo que creo que bien vale una segunda opinión no es realmente apuntar la gran solución que representa la idea del valor subjetivo de los bienes de Petrus Iohannis Olivi. Más bien, intento resaltar el contraste que se tiene entre dos mentalidades.

En la manera de pensar del franciscano está enraizada la idea de encontrar la verdad, de describir y explicar a la realidad. Concretamente de la formación de precios en un mercado. Es una mentalidad digna de apuntar: se observan las conductas de las personas en los mercados y sobre ellas se forman ideas que intentan describirlas y explicarlas.

Es una mentalidad sutil, perspicaz, aguda, con buena dosis de humildad para aceptar a la realidad. Contraria a la mente torpe y obtusa de quien con soberbia piensa que el precio justo es el que él cree que lo es, desatendiendo a la realidad. Vea usted un caso concreto de esa mente burda:

«El precio justo se forma con el costo de producción o prestación de servicios, más un máximo de gastos equivalentes al 12,5% del total del costo de producción o la prestación del servicio y a ello se le suma la ganancia justa que no puede exceder 30%.». notilogia.com

Es la pérdida de la capacidad de razonar en estas cuestiones lo que intento señalar. Quizá un producto de las ideologías que para sobrevivir necesitan negar a la realidad e inventar la suya propia.

Post Scriptum

Para esta columna usé la obra de Thomas E. Woods Jr., How the Catholic Church Built Western Civilization.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que intentan explicar la realidad económica, política y cultural. Defiende la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





esp
Búsqueda
Tema
Fecha
Newsletter
RSS Facebook
Facebook
Extras