Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Al Mismo Tiempo
Eduardo García Gaspar
20 marzo 2017
Sección: RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
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No es algo infrecuente. Se encuentra con facilidad. Incluso recuerdo una película que lo trataba. Es una acusación al Catolicismo y toma una forma llamativa.

Más o menos razona así.

Los católicos, dice, son unos puritanos. Tratan a las debilidades humanas con dureza. Imponen limitaciones severas a los deseos y placeres. Especialmente, se afirma, a los deseos carnales. El sexo fue implantado por Dios y, sin embargo, lo prohibe a pesar de ser quizá la fuerza natural más poderosa.

Eso, continúa la crítica, es una crueldad; una prohibición absurda de un deseo natural que muestra un puritanismo sin compasión. Actúa contra la naturaleza humana obligando a un idealismo imposible. Deben los católicos, se piensa, actualizarse en la modernidad y dejar de producir traumas, frustraciones y represiones.

La crítica es curiosa porque existe otra crítica que va en dirección opuesta. Es la que acusa al catolicismo de una moral demasiado laxa.

Los católicos, afirma, tienen una iglesia demasiado flexible y están dispuestos a perdonar a todos, incluso a los mayores pecadores y a todo criminal. En los países católicos la inmoralidad sexual ha sido la regla más que la excepción. Anuncian al sexo como algo divino cuando solo es una tentación del mal.

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En fin, tenemos frente a nosotros el objeto de una crítica, la Iglesia Católica. Pero esa crítica es doble y funciona en dos direcciones opuestas. Para unos, el Catolicismo es demasiado laxo y para otros demasiado rígido.

No quiero meterme en enredos teológicos, que dejo a los expertos. Simplemente apunto que las dos críticas tienen su punto razonable y son ciertas. Ciertas al mismo tiempo y dependiendo del punto desde el que se vea a esta iglesia.

Si me pongo en los zapatos ese que afirma que no hay Dios, que si lo hay no importa, o que las iglesias son irrelevantes, desde luego que tiene razón: el Catolicismo es demasiado exigente, exorbitantemente idealista. Pide lo imposible, va contra la naturaleza humana, especialmente en cuanto a la sexualidad, a la fidelidad conyugal y todo lo demás.

Pero si me pongo en los zapatos de ese que cree en Dios y en que la religión es lo más espiristual y único, puedo caer en el otro extremo de rigidez y severidad que no admite compasión ni perdón, para el que cualquier falta es fatal y todo es demasiado mundano y malévolo.

El uno coloca todo su énfasis en la humanidad y el otro en lo espiritual. Uno desecha a lo espiritual y el otro descarta a la humanidad. Por eso su crítica tiene sentido desde cada punto de vista.

El Catolicismo es demasiado espiritual para quien solo cree en lo físico. Y es demasiado material para quien solo ve a lo espiritual. Esto es lo fascinante porque, pienso, el Catolicismo contempla ambas cosas, lo espiritual y lo material. Examinemos esto con la ayuda del libro de Robert Hugh Benson, Paradoxes of Catholicism.

• Por supuesto, la Iglesia Católica es espiritual, divina. Aspira a lo más alto, a lo ideal y perfecto. No puede ser satisfecha con nada que no sea un reflejo de Dios en la tierra. Si eso requiere exigencia y rigor, que así sea. Si da la apariencia de intransigencia y crueldad, eso es una percepción que no puede evitarse.

No puede traicionar sus ideales, no puede ir contra lo dispuesto por Dios. Si clama tener la verdad no puede actuar en contra de ella. Ella va tras la perfección absoluta.

• Por supuesto, también, la Iglesia Católica es humana, habita en el mundo. Un mundo imperfecto que es su responsabilidad. Tiene a su cargo a personas imperfectas, llenas de defectos, incluso algunos llenos de maldad; pero ellos son su responsabilidad y debe salvarlos.

Les ofrece un camino para eso: perdón, compasión, expiación, y, sobre todo, amor por encima de todo lo demás. Les ofrece la posibilidad de ser santos a todos, incluso a los mismos ministros religiosos que no tienen conductas precisamente ejemplares.

Es como una posición dual, divina y humana a la vez y difícil de comprender a primera vista. Es lo que le hace acercarse a los peores pecadores al mismo tiempo que pregonar la perfección de la santidad; lo que le hace alabar el uso de la razón al mismo tiempo que exaltar al misticismo espiritual; lo que le hace vivir en el mundo al mismo tiempo que creer en milagros.

Lo que le hace al mismo tiempo absolver y castigar; dispensar y condenar; exonerar y mortificar.

Usando las ideas de Benson: la Iglesia es como la escalera de Jacob que al mismo tiempo está en el Cielo pero también en el mundo y no se apena de estar al mismo tiempo en la imperfección que en la perfección.

Como lo escribe ese autor acerca de la Iglesia:

«[…] la santidad de su propia Divinidad que es la de Cristo y la impureza de esos marginados de su Humanidad a los que atiende […] la Magdalena se convierte en el primer arrepentido; el ladrón en el primero de los redimidos; Pedro, la blanda arena de la humanidad, en la Roca sobre la que ella se construye»

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