Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Amor y Divorcio
Eduardo García Gaspar
5 enero 2017
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, SOCIEDAD
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Nació en 1917. Murió muy a final de 2016. Es decir, 99 años de vida.

Y, algo curioso, acumuló 9 matrimonios. Uno cada 11 años, o más exacto, 8.77 años en promedio de cada uno de esos matrimonios a partir del primero en 1937. Hablo de Zsa Zsa Gabor.

Algo que merece una segunda opinión. ¿Es el matrimonio algo tan ligero que puede cancelarse y repetirse a voluntad?

Para algunos la respuesta parece ser sí, como en los casos de divorcios a las pocas semanas del matrimonio, o incluso horas después.

Una persona me explicó no hace mucho parte de esta situación. Según él:

«Las personas se enamoran y se desenamoran, por lo que no pueden continuar el matrimonio cuando alguno de los dos ya no está enamorado de la otra parte y se ha enamorado de otra persona. Los sentimientos cambian y uno no tiene dominio sobre ellos».

Eso que dijo tiene su punto, aunque no en el sentido que quiso trasmitir. Examinemos eso un poco más de cerca.

Primero, lo obvio. En tiempos en los que dominan los sentimientos y falla la razón, de demasiada televisión y poco seso, tiene mucho peso la idea de que «sentimientos cambian y uno no tiene dominio sobre ellos». Guiándose por este principio, las personas son títeres de sus emociones, a las que no pueden dominar.

Según eso, se casan enamorados y el matrimonio dura hasta que alguno de ellos se enamora de otro. En ese momento, se divorcian y se casan de nuevo, hasta que uno de ellos deja de estar enamorado y siguiendo a sus sentimientos vuelve a separarse y casarse con otro. Gabor lo hizo en promedio casi cada 9 años. Otros a los pocos días dejaron de tener esos sentimientos de amar.

Las telenovelas están llenas de estas situaciones que llegan a lo ridículo.

Segundo, lo velado. En tiempos en lo que la razón yerra y los sentimientos vencen, será difícil mostrar la diferencia entre dejarse llevar por los sentimientos y tomar decisiones para actuar, pero esa diferencia existe y está asociada a otra diferencia. Estar enamorado y amar no son equivalentes.

El «estar enamorado» es un sentimiento, incluso una pasión. Eso que se relaciona con emociones y delirios. Y sí, son cosas que resultan difíciles de dominar; no es que sea imposible el hacerlo, sino que necesita esfuerzo.

Pero «amar» es otra cosa. No es un sentimiento, es una decisión, un acto de voluntad. Una determinación tomada, la resolución voluntaria de amar.

Tercero, la asociación entre el punto anterior y el matrimonio, entendido como una relación sin plazo de vencimiento. Esta esencia del matrimonio es lo que hace que él sea imposible cuando se sustenta solo en sentimientos y emociones porque ellas duran poco y sobre las que no se tiene gran control.

Los sentimientos van y vienen y no pueden cimentar un matrimonio. Por eso es que este puede solo sostenerse en una decisión, en una determinación de amar. Y eso sí puede ser duradero. Muy duradero.

En otras palabras, cuando la gente se casa y lo hace guiada por sentimientos, comete un error grave. Eso no va a durar. Pero si el matrimonio se cimienta en la decisión de amar, eso sí persistirá. Costará trabajo y esfuerzo, pero durará mientras esa decisión se mantenga y renueve.

Cuando alguien se casa es que ha tomado la decisión de amar durante el resto de su vida a la otra persona. Esto es lo que hace al matrimonio algo serio y respetable, formal y solemne. Algo sagrado que no puede tomarse a la ligera.

El matrimonio necesita esa duración y esa estabilidad, lo que da solidez a la familia y a la sociedad entera. Los casados y sus hijos, en diferentes etapas de sus vidas necesitan permanencia, perdurabilidad, raigambre.

En conclusión, esos casos de ciclos de matrimonio-divorcio-matrimonio-divorcio ad infinitum, al estilo de Elizabeth Taylor y otros casos célebres, son muestras de torpeza y error porque no entienden lo que el matrimonio realmente significa.

Post Scriptum

La idea de esta columna está fuertemente influida por lo escrito por C. S. Lewis (1899-1963).

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