Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Caridad Estatizada
Eduardo García Gaspar
26 abril 2017
Sección: POLITICA, RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
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La entendemos como un sentimiento. Una actitud que empuja hacia ciertas acciones. Actos de ayuda a otros. Lo llamamos caridad.

Incluso es una virtud teologal. Es la manifestación real de que «amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos por amor a Dios».

«Es la virtud por excelencia porque su objeto es el mismo Dios y el motivo del amor al prójimo es el mismo: el amor a Dios. Porque su bondad intrínseca, es la que nos une más a Dios, haciéndonos parte de Dios y dándonos su vida». es.catholic.net

Es un sentimiento, sin duda, muy fuerte. No solamente en zonas religiosas, aunque allí tiene sus orígenes (véase Woods, Thomas E. Cómo La Iglesia Construyó La Civilización Occidental,  para un examen de esta idea).

Tan fuerte que ha sido tomada por pensamientos fuera de la religión, incluyendo a los contrarios a ella. No cabe duda que tiene su atractivo y no es precisamente débil. Tome usted, por ejemplo, cualquier propuesta electoral y de seguro encontrará en ella ideas acerca de acabar con la pobreza, con el crimen, con las enfermedades.

Esta es la mentalidad presente en la idea de la caridad, salga de donde salga. Tome usted otro caso, el de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, de la ONU, una organización muy escasamente cristiana y verá eso. Su primera meta es erradicar la pobreza extrema y el hambre; la cuarta, reducir la mortalidad infantil; le siguen combatir enfermedades y otras más.

Hasta aquí, creo, la conclusión es obvia: la caridad, o como quiera usted llamarle a la conducta que está motivada por el desear ayudar a otros, es fuerte y ha llegado para quedarse, aunque hace un par de milenios fuese algo incomprensible.

Después de esto, las cosas se ponen interesantes por una causa, la expansión gubernamental que se adjudicó funciones caritativas y el activismo político que se asignó responsabilidades compasivas. Es como una politización de la caridad.

De ser una responsabilidad personal sustentada en una creencia religiosa, gradualmente pasó a ser una causa política. En esto hay una sutileza un tanto difícil de comprender.

La caridad, cuando es voluntaria y espontánea, implica un trato cara a cara, una relación individual; contactos directos entre quien ayuda y quien recibe. Y existe un elemento de sacrificio y renuncia personal que se entiende como amor entre dos. Es una caridad profunda y esencialmente personal.

En manos políticas esa esencia personal se abandona y la caridad es mutada. Se transforma en programas, planes, sistemas, agendas, objetivos. La individualidad se deja atrás y en su lugar hay una colectivización de la caridad: las personas dejan de tener importancia y lo que importa es la colectividad y los grupos que la forman (o se cree que la forman).

Es una caridad sustentada en estadísticas, basada en intereses políticos, inspirada en idealismos que termina por creer que regalar pan, o donar vacunas, o entubar agua es el clímax de la caridad. O, en otros planos, elevar salarios mínimos y subsidiar empleos, o quitar exámenes de admisión en universidades.

De ser un fenómeno espiritual de amor inspirado en mandatos divinos, se ha convertido en una práctica gubernamental que quita a unos por la fuerza para dar a otros buscando su apoyo; y todo disfrazado en frases como «justicia social». De ser algo individual pasó a ser algo social; de ser voluntaria, paso a ser obligatoria; de ser religiosa se convirtió en política.

Tiene esto que ver con la noción de la subsidiariedad:

«Así como no es lícito quitar a los individuos y traspasar a la comunidad lo que ellos pueden realizar con su propio esfuerzo e iniciativa, así tampoco es justo, constituyendo un grave perjuicio y perturbación del recto orden social, quitar a las comunidades menores e inferiores lo que ellas pueden realizar y ofrecer por si mismos, y dárselo a una sociedad mayor y más elevada, ya que toda acción de la sociedad, en virtud de su propia fuerza y naturaleza, debe prestar ayuda a los miembros del cuerpo social, pero no destruirlos y absorberlos» es.catholic.net

Creo que eso es precisamente lo que ha ocurrido, la destrucción y la absorción de las personas. De quienes pueden hacer caridad y de quienes la merecen. Es una pérdida de libertad, de individualidad que realiza el gobierno y no sin consecuencias.

Cuando la caridad deja de ser personal y libre, las personas la abandonan y esos a quienes se ayuda desarrollan ideas de merecimiento obligatorio que terminan en reclamos de derechos creados que se convierten en razón de ser de los gobiernos y plataformas electorales.

«Del Mazo promete ampliación de programas sociales mexiquenses». unomasuno.com.mx

«En precampaña, AMLO promete becas para 300 mil jóvenes del Edoméx» hoyestado.com

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