Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Cerrar la Conversación
Eduardo García Gaspar
10 enero 2017
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Es difícil en ocasiones. En otras, amargo y hasta triste. Es eso por lo que suelen pasar algunas personas.

Las que al mismo tiempo que son religiosas, defienden la libertad y el uso de la razón. Lo sé, porque soy una de ellas.

No siempre, pero sucede que cuando se confiesan creencias religiosas, especialmente católicas, uno es acusado de supersticioso, fanático, fundamentalista, reaccionario y villano contra Galileo. También de discriminar a las mujeres, destruir civilizaciones, odiar y guerrear.

Tengo mis defectos, que no son pocos, pero entre ellos no se encuentran tales fallas. Ni en otras personas similares que conozco. Se nos acusa de querer imponer nuestras ideas, de manejos corruptos en El Vaticano, de cualquier idiotez que diga un sacerdote.

En fin, no se nos coloca precisamente en un lugar agradable. Se piensa que es imposible que defendamos la libertad humana y el uso de la razón. Y, quizá lo peor, cualquier cosa que digamos es rechazada por sistema, incluso las más razonables y sólidas.

Esto, como otras cosas de nuestros tiempos, es causado por una deficiente preparación para hablar, discutir y razonar. Ni siquiera eso puede hacerse en las elites, mucho menos en grupos de menor educación. Al no poder discutir, ese vacío se llena con un mecanismo mental curioso.

Esto es lo que creo que bien vale una segunda opinión, mencionar ese mecanismo.

Cuando no se razona, no se construyen argumentos, no se construyen pruebas, ni se acumulan evidencias, hay una manera sencilla de enfrentar a quienes tienen otras opiniones: acusarlos de algo inexcusable, repelente y sentimental.

Un ejemplo muy claro en estos días. ¿Quiere usted discutir los pros y contras del matrimonio homosexual? Olvídelo. Será acusado de «homofobia» y ya no podrá discutir. Habrá ganando la discusión quien está a favor.

¿Quiere usted hablar de la conveniencia de la educación religiosa? ¿O sobre la mujer dentro del Catolicismo? Será áspero. Quizá sea acusado de ser partidario de la Inquisición. «No vale la pena hablar con fundamentalistas», me dijeron un día. Gana por default quien lanza la acusación.

¿Quiere usted razonar acerca del aborto, los anticonceptivos, la liberación sexual? Sus palabras serán bienvenidas solamente si apoyan cierta posición. Si acaso están en contra, surgirá ese mecanismo que cierra la conversación: la acusación simple que lo descalifica.

«Un conservador fundamentalista inspirado en la Inquisición» y cosas por el estilo, como «la ultraderecha radical burguesa». El mecanismo es, entonces, el de lanzar una acusación de ese tipo que logre la descalificación del opositor. Una vez desprestigiado este, la discusión se habrá ganado y asunto resuelto.

Esto produce una situación negativa en extremo: se desconoce la posición del opositor y se ignora por completo su pensamiento. El tema de la Inquisición es un clásico: he visto gente que no ha leído un ápice sobre el tema, nada, absolutamente nada, y es capaz de hablar de ella con autoridad. Esto logra ecuaciones simplificadoras que cierran la conversación; por ejemplo: Catolicismo=Inquisición=Galileo=odio a la ciencia.

Ecuaciones de ese tipo son una especie de falacia por asociación. «¿Eres católico? Entonces niegas los avances de la ciencia». El mecanismo que cierra la conversación entre dos puntos de vista tiene esos dos elementos: (1) la acusación simplista con connotaciones negativas, (2) sostenida en esas ecuaciones de equivalencia.

El mecanismo que cierra las conversaciones funciona universalmente. No es exclusividad de nadie. También lo he visto usar en casos de personas religiosas que lo utilizan para callar a su opositor, cerrando toda posibilidad de conversar.

Sí, acepto que hay casos en los que es mejor quedarse callado que seguir hablando. Sobre todo cuando el opositor no tiene valor o ha sucumbido a una ignorancia irremediable en ese momento. Pero sea de un lado o del otro, el resultado es triste.

Un triste retroceso cultural, porque la tradición intelectual en tiempos pasados favorecía la argumentación organizada y lógica. No, no creo que en estos momentos seamos una civilización ejemplar en el uso de la razón y la capacidad de conversar buscado la verdad.

Y quizá eso sea el eje de lo que sucede, la pérdida del sentido de la verdad y de que ella es posible de conocer. Cuando se cree que la verdad no existe, olvidando la contradicción que ello implica, realmente no tiene sentido pensar ni usar la razón. Lo único que tendría utilidad es el uso de la fuerza para imponer las ideas propias sobre las ajenas.

Y así, la posible conversación también se cierra.

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