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Clase Media y Poder
Selección de ContraPeso.info
21 marzo 2017
Sección: ETICA, Sección: Análisis, SOCIEDAD
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ContraPeso.info presenta una idea de Jordan J. Ballor, Phd. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. El título original de la columna es «The middle class in an age of inequality».

Moisés Naím, ex director ejecutivo del Banco Mundial y actualmente del Carnegie Endowment for International Peace, escribió criticando la creciente impotencia de las élites para liderear a una opinión pública global fracturada e irascible.

Las preocupaciones de Naím fueron expresadas antes de la más reciente oleada de movimientos populistas alrededor del mundo, desde el Brexit hasta la victoria de Trump en los Estados Unidos.

Como lo expresó Naím,

«Insurgentes, partidos políticos marginales, nuevas empresas innovadoras, hackers, activistas poco organizados, nuevos medios ciudadanos, jóvenes sin líder en plazas públicas y carismáticos individuos que parecen haber “salido de la nada” están sacudiendo al viejo orden. No todos son aceptables; pero cada uno está contribuyendo a la decadencia del poder de fuerzas públicas, redes de televisión, partidos políticos tradicionales y grandes bancos».

En un sentido, las observaciones de Naím fueron perspicaces y anticiparon las tensiones localistas, nacionalistas y populistas del último año más o menos.

Pero en otro sentido, el análisis de Naím es solamente la mitad de la historia. Lo que Naím lamenta es el resultante «fin del poder», como el título del libro lo fragua, en el que las élites políticas, educativas y burocráticas ya no son capaces de ejercer la influencia y el liderazgo necesarios para un buen gobierno en un mundo complejo y complicado.

Al mismo tiempo que, según la idea de Naím, el poder parece estar fluyendo hacia abajo, a «micropoderes», como los llama, ocurre un cambio correspondiente para concentrar el poder hacia arriba, en los llamados «megapoderes».

Es esta la dinámica central de la desigualdad: no es solamente que las élites tengan cada vez mayor poder mientras que el resto de nosotros somos cada vez más impotentes. En vez de eso la impotencia percibida de la mayoría contiene dentro de ella un poder latente para llamar a un nuevo líder, una nueva guardia, un nuevo orden para proteger y promover sus intereses.

Esta es la razón por la que los movimientos populistas, que dependen tanto del apoyo social mayoritario, están tan a menudo conectados con personajes particulares y hombres fuertes. El líder y las masas van uno juntos uno con otro.

Lo que en realidad queda en tal escenario no es la dinámica de las élites y esos a quienes guían. El poder sigue ahí, pero cambia la relación del líder con los que guía. En tiempos de desigualdad extrema, el poder fluye hacia arriba y hacia abajo, a las élites y simultáneamente a las clases más bajas.

Al mismo tiempo, el poder sale de en medio. Siempre habrá aristocracia y plebe de un tipo o de otro. Lo que es tenue e históricamente contingente es la clase media y los valores, las virtudes y el orden social que representa.

Casi todos los relatos que describen la desigualdad moderna funcionan sobre una dicotomía básica de algún tipo: entre la clase gobernante y los gobernados; las élites y la clase baja; el 1% y los abandonados; estados rojos y estados azules; las costas y el país de en medio; los ratones de ciudad y los de campo; Occidente y el resto.

En la descripción de Charles Murray, la distinción es entre Belmont y Fishtown. Para Nicholas Eberstadt, es entre los productores y los aprovechados. Para Tyler Cowen, es entre los talentosos y los sin talento.

A medida que poder fluye desde el centro en ambas direcciones, se pierden los rasgos básicos de una sociedad libre y virtuosa. Los cimientos de la sociedad civil se marchitan. Las virtudes que sostienen a una sociedad floreciente se hacen escasas.

En una cultura de celebridad hiper-estilizada y una comunidad política hiper-partidaria, las prácticas reservadas de la fidelidad, de la prudencia y del ahorro se ahogan dejando su lugar al «bling y al #winning».

Todo esto contrasta fuertemente con la verdadera herencia del sistema estadounidense, uno de virtudes burguesas y de clase media. Es fácil ver por qué es atractivo ganar elecciones, campeonatos deportivos y premios de la academia. Es también fácil sentir compasión por oprimidos y explotados. Pero pocos, si es que los hay, hablarán alabando la medianía, la estabilidad y la previsibilidad.

El gran filósofo social Michael Novak (1933-2017) observó una vez que este es un gran peligro endémico del sistema del capitalismo democrático. Escribe Novak,

«En una de las selectas ironías de la historia intelectual, muchos grandes eruditos y artistas de primer orden, hijos ellos de la clase media, celebraron las virtudes de aristocracia prefiriéndolas a las de su propia clase».

Esta es otra forma de decir que se olvidaron de dónde vinieron y cómo llegaron a donde lo lograron. Y esto es algo que Estados Unidos está también el peligro de hacer. Perdida en todo esto está la necesidad social de esas virtudes burguesas de ahorro, honestidad, diligencia y prudencia, las que cuando se persiguen en medio de un orden social justo deberían permitir oportunidades socioeconómicas más dinámicas.

Así, observa Novak,

«El éxito del capitalismo democrático para la creación de prosperidad y libertad es su propio peligro mayor. Las virtudes requeridas para “aumentar la riqueza de las naciones” son menos fáciles de observar una vez que se ha alcanzado la riqueza. Los padres criados bajo la pobreza no saben cómo educar a los niños bajo la opulencia”.

Conforme nos hacemos más ricos nos hemos vuelto más mundanos y nuestra política refleja esa mundanería. Cuando la riqueza parece encubrir una multitud de problemas, la discordia sobre la distribución y la redistribución de los bienes materiales alcanza una nota más alta.

Y mientras tanto las soluciones ofrecidas por comer, beber y tener alegría pueden satisfacer nuestras necesidades corporales, pero nos dejan moralmente privados y espiritualmente a la deriva.

Los desafíos con los que nos enfrentamos hoy no son políticos ni de política. Las crisis políticas y sociales de nuestros tiempos tiene sus raíces en enfermedades morales y espirituales. Y es en los recursos de esos reinos en los que debemos encontrar nuestra ayuda. Esperemos todavía tener ojos para verlos y oídos para escucharlos

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