Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Comerciantes de Utopías
Eduardo García Gaspar
19 abril 2017
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
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Son como vendedores de ilusiones, subastadores de fantasías. Estos mercaderes de quimeras ofrecen paraísos terrenales a cambio de votos en elecciones.

Un mecanismo de intercambio: tú me das tu voto real a cambio de la promesa de una utopía futura. Tiene su gracia persuadir a las personas de la realidad de que esa promesa imposible se hará realidad.

¿Cómo dar sustento a lo que es una serie de promesas imposibles? ¿Qué sucede en la mente para que llegue a creerse que fantasías y ficciones son posibilidades reales?

Se me ocurre una sola manera de lograr que lo imposible sea entendido como real y ella es el silencio: no permitir que la utopía prometida sea cuestionada, que ella sea vendida y conservada como un dogma.

Una utopía imposible, sí, pero también haciéndola irrebatible. Convirtiéndola en un acto de fe. Cualquier duda es traición, cualquier cuestionamiento es perjurio. Toda negación es producto de conjuras y complots.

Se promete crecimiento económico a cierta tasa, varios millones de empleos creados, prosperidad agrícola, autosuficiencia alimentaria, redistribución de riqueza, combate a la pobreza, seguridad pública, fin de la corrupción; incluso hasta una «revolución de las conciencias», como promete López Obrador.

La utopía prometida por cualquier candidato es una mezcla de buenas intenciones, loables objetivos y grandes metas sin que se necesite nada más que elegir al candidato que vende la mejor utopía. No importa que ellas sean contradictorias, irrelevantes, imposibles, el candidato persuadirá a sus seguidores que él sí lo logrará.

Sin déficit en las finanzas públicas, reducirá los impuestos a todos, aumentará las pensiones, dará educación gratuita, subsidiará al campo, al deporte, a los campesinos; elevará los salarios sin que aumenten los precios. La mezcla no tiene sentido, pero será vista con toda seriedad.

Un resumen de promesas para la República Dominicana: reducir el costo de la vida, no subir impuestos, crear empleos, bajar costos de combustibles, acabar con la corrupción. Igual que en otras partes.

O bien, las condiciones para establecer el nuevo régimen chavista (1996):

«Transición hacia la Venezuela Bolivariana contempla cinco polos que permitirían una nueva República: 1) Equilibrio político, 2) Equilibrio social, 3) Equilibrio económico, 4) Equilibrio territorial y 5) Equilibrio mundial». diariolasamericas.com

Sin olvidar a F. Castro en 1959:

«Tengo la seguridad de que en el curso de breves años elevaremos el estándar de vida del cubano superior al de Estados Unidos y del de Rusia… Yo no estoy interesado en el poder, no lo ambiciono… Restableceremos todos los derechos y libertades, incluyendo la absoluta libertad de prensa». yusnaby.com

Lo que sigue es lo que bien merece una segunda opinión. ¿Que es lo que hace que tales promesas sean creídas y no solo eso, sino convertidas en verdades que no admiten duda ni corrección?

Me refiero al tipo de mente que contempla esas promesas y resulta persuadido haciéndose un hincha, seguidor entusiasta del comerciante de utopías. Este fanático, creo, debe reunir dos requisitos: (1) ser ingenuo y optimista irremediable, y (2) dejar de usar la razón.

La unión de ambos explicaría la esperanza colocada en una persona, a quien apuesta el bienestar de millones de personas, creyendo en una solución mágica: el candidato salvará al país. Desnuda, sin adornos, la utopía no es realmente la serie de promesas imposibles, sino el candidato mismo.

Más o menos lo mismo que apostar la fortuna entera del país a un billete de lotería. Una decisión escasamente racional que, sin embargo, tiene una justificación emocional efectiva: la esperanza desmedida. Una vez perdida la ilusión en otras alternativas, la esperanza más descabellada se convierte en certeza emocional.

Y, para explicar que algunos no hayan sido convertidos a la nueva fe, el candidato y sus seguidores recurren a la única explicación que se les acomoda, una conspiración. La única posibilidad que tienen a mano, la de grupos opuestos a las bondades y beneficios de su plan. Solo intereses ocultos malévolos pueden estar en su contra.

Finalmente, el fenómeno del comerciante de utopías sociales es un riesgo real y presente de toda democracia, y se presenta cuando el problema político ha sido comprendido como la selección del mejor candidato, no como lo que es, una forma de gobierno que evite abusos de poder.

Y el problema es que una vez en el poder, la utopía y su líder se moverán hacia su prolongación. ¿Cómo abandonar el sueño aún no logrado? Su logro necesitará más tiempo, más poder en manos del líder.

Post Scriptum

Hay extremos que llegan a lo ridículo en partidos no convencionales.

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