Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Del Aplauso Inmerecido
Eduardo García Gaspar
15 marzo 2017
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión, SOCIEDAD
Catalogado en: ,


Es un asunto de alabanzas y aprobaciones. De aplausos y elogios. No está eso mal en sí mismo, pero cuando no tienen justificación, se convierten en un problema de magnitud.

Me refiero al encomio inmerecido, a la felicitación sin fundamento, al elogio infundado.

Cierta vez, hace tiempo, en una reunión de negocios, un ejecutivo hizo una presentación mala, de baja calidad, desorganizada, inútil. Sin embargo, su superior felicitó al presentador diciéndole que había hecho un gran trabajo. No justificaba elogio alguno ese trabajo. Al contrario.

Otra vez, en un restaurante, el chef fue a la mesa para preguntar sobre la comida. Uno de los que respondieron dijo que estaba exquisita y muy bien preparada. No era cierto. Había sido una mala comida. No merecía felicitación alguna.

En un examen de tesis, para obtener un título universitario, la persona presentó un análisis multifactorial y explicó los resultados que, en su opinión, mostraba su investigación. Estaban equivocados. Sin embargo, dos de los sinodales felicitaron al estudiante por su gran tesis.

El problema es de merecimiento y respeto dados sin justificación. Peor aún, casos de felicitación dada a lo malo y de baja calidad. Tiene sus facetas este problema.

Una, la posibilidad de quien otorga el elogio no tenga la capacidad ni el conocimiento necesario para evaluar. Es una posibilidad real y explicaría buena parte del mérito otorgado sin justificación.

Dos, la posibilidad de no querer herir sentimientos. Es la mentalidad que se justifica con la meta de no querer frustrar ni deprimir a quien recibiría una crítica en lugar de una felicitación. Un argumento sentimental sin solidez racional, pero que mucho me temo es causa principal del mérito otorgado sin merecimiento.

Tres, la posibilidad de demasiada autoestima del que ha hecho algo que recibió una felicitación injustificada. Es la mentalidad de quien se ve a sí mismo como más capaz de lo que es, del que cree que vale más de lo que en realidad vale.

Cuatro, la posibilidad de una cultura que promueve el elogio por motivos de exaltación personal destinada a desarrollar optimismo y sentimientos de capacidad personal; pero especialmente esa mentalidad que considera tabú al juicio real que, cree, produce frustración personal y sentimientos de inferioridad.

¿Un tema irrelevante? No, en realidad no.

Piense usted en estar en un bosque perdido y tratando de ir en cierta dirección. Tiene usted una brújula pero la está usando incorrectamente. Sería algo muy malo que quien sabe usarla no le diga a usted que se ha equivocado. Y no lo haga para que usted no se sienta mal, ni se frustre, ni desarrolle un complejo de inferioridad.

O, piense usted en los niños y sus padres, quienes para evitar que se sientan mal, todo les aplauden, inclusive el desobedecer órdenes. Es el caso de padres que se quejan con el profesor de que sus hijos tienen demasiadas tareas o deberes para hacer en casa y les han autorizado no hacerlas. ¿Podrán aceptar obligaciones con facilidad cuando sean adultos?

El asunto puede exponerse del otro lado. Si se tiene un elogio inmerecido, eso significa que no se tiene una reprobación merecida. Es decir, se rehuye a la crítica justificada, al fracaso señalado. Mi punto es que necesitamos, los humanos, saber que nos hemos equivocado, que hemos hecho algo erróneo.

Si no recibimos críticas, ni juicios, ni se nos señalan errores, no podremos corregir, ni enmendar, ni reparar. Sin el conocimiento del error no hay posibilidad de corregir y se vivirá en la creencia de ser lo que no se es, un ser que no se equivoca, que todo lo sabe y todo lo puede. Hasta que llegue la realidad…

De lo anterior concluyo la necesidad humana de aceptar fracasos, de reconocer errores, de aceptar culpas, de ser responsable. Aislarse de todo eso es intentar vivir en una burbuja frágil que, cuando se rompa y lo hará, la persona se desmoronará viendo culpables por todas partes y a sí misma, como una víctima.

Conocí a una persona que pensaba que todo debía ser empatía y comprensión, entendimiento y motivación. Para ella todo era motivo de elogio. Se negaba a señalar errores, a apuntar equivocaciones. decía que hacerlo desarrollaba traumas mentales y complejos de inferioridad. En resumen, nunca ayudó a nadie a mejorar.

No es pedir que nos volvamos unos críticos eternos que todo lo ven mal y pasan su tiempo señalando errores ajenos. Pero sí apunto que es un deber, con cortesía, corregirnos a nosotros mismos y a los que creemos que están equivocados.

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