Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Dios: Fundamental o Moderno
Eduardo García Gaspar
5 julio 2017
Sección: RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
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Creo que no podemos vivir sin ella. Sin la idea de lo espiritual. Más en concreto, sin la idea de Dios.

Incluso el ateo más aguerrido depende de esa idea, aunque sea para combatirla. El resto la tienen, a veces afinada, a veces en bruto.

Y dentro de esto, me parece, hay dos posiciones centrales muy conocidas para entender a Dios.

Por un lado, está una idea que pudiera llamarse fundamentalista. Una interpretación literal de él de acuerdo con alguna escritura, como la Biblia o el Corán. Aquí hay un Dios que tiene que aceptarse sin cuestionar y sin el menor análisis de lo allí escrito. Como la Sola scriptura.

Del otro lado, está la otra idea, la que quizá puede llamarse modernista. Una interpretación suelta y libre, subjetiva y acomodada a cada persona. Si acaso usa textos sagrados, los interpreta y combina logrando diferentes versiones de sentimientos religiosos. Incluso mezclando religiones diversas.

Las dos posturas, aunque muy diferentes, tienen algo en común: las dos hacen de lado a la razón.

El fundamentalismo no la necesita pues solo requiere a la palabra literal de sus escrituras. El modernismo tampoco la necesita pues admite solo sentimientos y emociones que no están sujetos a examen.

No sé usted, pero esto último es lo que me hace sospechar de ambas posturas. Entre la interpretación fundamental y la moderna, entonces, hay más similitud que la que aparentan a primera vista. Y esa similitud no es pequeña. Abandonar a la razón no me parece que esté justificado.

Lo que eso significa es que debe existir una tercera posición, la que incluye a la razón y la que curiosamente resulta al mismo tiempo más fundamental que el fundamentalismo y más moderna que el modernismo (como lo ha escrito F. J. Sheen).

La razón juega aquí un papel vital para conocer a las escrituras de la religión, digamos a la Biblia. Más que un libro, una colección de ellos, que a través del tiempo, forman una revelación divina y que se enriquece con la interpretación experta acumulada en el tiempo.

Esta combinación de lo «original» más la «interpretación» posterior acumulada se logra por medio de la razón. El fundamentalista puro se queda en el pasado. El modernista puro se queda en el presente. Ambos pierden la riqueza que contiene la idea de Dios.

Quizá sea esto producto de las dos mentalidades extremas al respecto de lo que es Dios. Para unos, nuestra conducta tiene que acomodarse a la naturaleza divina. Para los otros, el camino es cambiar nuestra idea de Dios para acomodarla a la conducta que queremos que apruebe; una idea tan absurda que no merece más consideración.

Vayamos a la idea, entonces, del Dios que pide que nuestra conducta se acomode a sus mandatos. En el Cristianismo ellos están contenidos en los Diez Mandamientos y en Las Bienaventuranzas.

Son estos mandatos breves, simples, comprensibles, tanto que necesitan interpretación, es decir, uso de razón. Su significado es grande, pero hay que extraerlo para conocerlo mejor.

Eso es el uso de la razón aplicado a las escrituras de la revelación divina. Tomados literalmente pierden significado, como también lo pierden si se dejan a una interpretación libre y sostenida en sentimientos personales.

Se necesita usar la razón, lo que no debe sorprender porque, después de todo, ella es un don divino, parte de nuestra semejanza con Dios.

Desperdiciarla no puede ser parte del plan divino. Dicho de otra manera, Dios nos ha dejado tareas: descubrir el significado de sus mandatos, desmenuzarlos, examinarlos, conocer su riqueza. Esto anula a las opciones fundamentalista y modernista, abriendo la opción de ser partícipes en la Creación. Un papel activo de acuerdo con lo mandado por Dios.

¿Cómo evitar que ese descubrimiento del significado de sus mandatos se convierta en la opción modernista que cambia las cosas para aceptar los gustos del día? Puede responderse que se necesita honestidad, respeto a la verdad, uso de principios lógicos y todo eso que hacen los teólogos serios.

Por mi parte, tengo mi propia prueba de que no estoy acomodando a Dios a mis propios gustos e inclinaciones. Si yo creara a la idea de Dios de acuerdo con mis gustos, lo haría cómodo y laxo, ligero y despreocupado. Si yo creara a la idea de Dios, jamás se me ocurriría hacerlo incómodo y exigente, profundo y atento.

Y eso me ayuda a examinar mi conducta. Evito las acciones que sean agradables al Dios cómodo y laxo. Trato de realizar las que sean agradables al Dios exigente que llega a incomodar. Y curiosamente, haciéndole caso a este último llego a sentirme mucho mejor que haciéndole caso al otro.

Porque al final de cuentas, la razón me dice que no puede existir un Dios al que yo acomode a mis propias ideas. Él tiene que existir por sí mismo.

Post Scriptum

Para esta columna me apoyé en Fulton J. Sheen Old Errors, New Labels de los años 30 del siglo pasado.

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