Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Divina y Humana
Eduardo García Gaspar
5 septiembre 2017
Sección: RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


¿Si ella es divina y representa a un ser perfecto, cómo es que la Iglesia Católica tiene tantas fallas, tantos errores, tantos escándalos?

Eso preguntó una persona no hace mucho. Su forma de pensar es frecuente en mi experiencia y, la verdad, no puedo resistir la tentación de examinarla un poco más a fondo. Empecemos por entender el comentario.

Se trata de una crítica basada en la oposición entre dos elementos de esa iglesia.

Por un lado, ella se piensa de origen divino, la representante verdadera de un ser perfecto. Quienes pertenezcan a ella, por tanto, deben ser seres perfectos, divinos, con conductas intachables. No puede ella cometer errores, no puede tener fallas. No caben en ella vicios humanos.

Por el otro, si se acude a evidencias históricas, se encuentra con lo contrario. No es tan divina como lo afirma. Tiene fallas y errores. Sus fieles están lejos de la perfección que les pide su religión. Muchos de sus ministros están muy alejados de conductas ejemplares. Más parece otra institución humana que una divina.

¿Cómo resolver el problema que se presenta y que, sin duda, es real?

Un libro contiene la respuesta que me parece es razonable: si se trata a la Iglesia Católica como solamente divina, entonces saldrán a relucir todas sus fallas humanas; pero si se trata a la Iglesia Católica como humana solamente, entonces saldrán a la superficie todos sus atributos divinos.

Esto tiene dos partes obvias.

Primero, no hay duda de que la iglesia es humana. La lista de fallas es abundante: Papas malévolos, ministros corruptos, sacerdotes delincuentes, fieles infieles, escándalos, lo que a usted se le ocurra, allí lo encontrará. Quien entienda a esta iglesia como solamente humana encontrará todo tipo de evidencia y corroboración.

Segundo, también es divina. Uno encuentra elementos de eso también, como su supervivencia y el poco efecto que le ha producido lo humano cambiante. Su preservación a pesar de divisiones; su mensaje de santidad y las personas que, saliendo de ella, muestran conductas extraordinarias y ejemplares.

La propagación de sentimientos nobles y valores intemporales; su universalidad; su influencia espiritual; y su poca explicable colocación como noticia mundial. Incluso sus milagros y conversiones.

Y es que la Iglesia Católica, creo firmemente, debe ser vista y entendida como al mismo tiempo humana y divina. Perder lo humano la haría irreal, igual que perder lo divino.

Pero, entonces, ¿por qué esa mezcla tan extraña y tan difícil de comprender? Sobre todo, tan propicia a producir visiones sesgadas que culminan en opiniones tan críticas por un lado y tan sin sentido por el otro.

Quien solo ve lo humano es el que la reprueba con esa opinión sustentada en sus fallas humanas, apuntando que no puede ser divina. Pero una falta similar comete quien pretende verla como solo divina, negándose a reconocer que también es humana.

Cito al libro que uso en esta columna:

«[…] la única explicación de los fenómenos de los Evangelios y de la historia de la Iglesia es que la Vida que produce ambos es al mismo tiempo Humana y Divina» Robert Hugh Benson, Paradoxes of Catholicism.

El católico, si es como yo, enfrenta a diario esa situación humana y divina, en una combinación inquietante. No le extrañará que su Iglesia reciba a diario críticas severas, a veces bien fundamentadas; que haya libros frecuentes que prometan revelar verdades incómodas de El Vaticano; noticias de escándalos y actos indebidos.

¿Cómo entender eso? No lo sé exactamente, pero creo que al mismo tiempo que se aceptan todas esas conductas humanas que están muy alejadas de lo ejemplar, hay algo más y muy valioso, que de cierta forma se prueba con la insistencia de tantos ataques en todo tiempo. Quizá una reacción a su divinidad percibida.

Hay además algo que justifica mantenerse en la Iglesia a pesar de sus fallas. Su divinidad, su espiritualidad, ese sentimiento de ambicionar ir más allá de la realidad; la comprensión innata de que existe el bien y el mal; la humildad de reconocer que solos no podemos con la vida.

El uso de la razón para entender esas cosas y conocer más de la Creación; el reconocimiento de que hay preguntas que no tienen otra respuesta posible que la espiritualidad. Pero quizá sobre todo, a Cristo, al mismo tiempo Dios y hombre. Una dualidad que no es sencilla de comprender.

Si Iglesia debe ser como él también, en su medida y escala, un reflejo de ambas cosas divinidad y humanidad.

Quise compartir con usted una solución a la frecuente opinión que pone atención exclusiva en las fallas humanas de la Iglesia Católica, muchas de ellas reales. Solamente agrego que hacer eso exhibe una parcialidad inexacta; que también debe verse el otro aspecto, el divino. Y es la combinación de ambos lo que permite una mejor comprensión.

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