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¿Qué es el contrato social? Se significado, características y efectos. Una de las maneras de comprender la existencia de una sociedad para el bien de las personas.

Definición de contrato social

La idea es de filosofía política. Una abstracción que pretende explicar y hacer entendible un fenómeno, dándole un nombre propio. Es la idea del «contrato social», la que está bien explicada en esto:

«Contrato social es una expresión que se utiliza en la filosofía, la ciencia política y la sociología en alusión a un acuerdo real o hipotético realizado en el interior de un grupo por sus miembros, como por ejemplo el que se adquiere en un Estado en relación a los derechos y deberes del estado y de sus ciudadanos. Se parte de la idea de que todos los miembros del grupo están de acuerdo por voluntad propia con el contrato social, en virtud de lo cual admiten la existencia de unas leyes a las que se someten. El pacto social es una hipótesis explicativa de la autoridad política y del orden social». filosofia.net

La idea suele estar asociada con pensadores: T. Hobbes (1588-1679), J. Locke (1632-1704) y J. J. Rousseau (1712-1778). Se ha definido también así:

«La idea de contrato social se utiliza en el ámbito del derecho, la sociología y las ciencias políticas para referirse al acuerdo que tiene lugar en el seno de un grupo de individuos. El concepto supone que la totalidad de los miembros está a favor de lo convenido, aceptando someterse a las normas comunes y reconociendo la existencia de una autoridad que regula el orden». definición.de

Características del contrato social

La expresión tiene dos características que muestran la idea central:

  • Contrato: un acuerdo entre varias personas a través del que ellas aceptan voluntariamente las condiciones allí estipuladas.
  • Social: referente a la sociedad en la que esas personas viven y en la que tienen un interés en común.

Tiene su lógica esta idea. Usted como miembro de una sociedad ha aceptado un contrato de convivencia en esa sociedad: derechos y deberes comunes a todos. Vivir allí es igual a estampar su firma en un contrato estándar.

Esas características revelan un tercer elemento adicional implícito en ellas:

  • Libre y voluntario: aceptado por las personas que viven en esa sociedad por el hecho mismo de mantenerse dentro de ella.

La mentalidad que eso crea tiene sentido, el de las obligaciones aceptadas por la persona que vive dentro de esa sociedad, gozando de los derechos que allí se le respetan.

Si no le gusta ese contrato, usted puede irse a otra parte cuyo contrato social le sea más ventajoso.

El contrato social tiene una utilidad práctica en casos de emigrantes para hacerles comprender que su arribo a cierta sociedad va acompañado con la obligación de respetar sus creencias, leyes, costumbres, creencias y demás.

Los problemas de la idea

¿Aceptación libre?

Pero esta idea no está libre de problemas. Uno de ellos es muy notorio. ¿Es libre la aceptación del contrato social? No realmente.

Quien nace en una cierta sociedad no hizo una selección previa de cuál de todas las sociedades tenían un contrato que le conviniera mejor.

Peor aún, renunciar al contrato implica un costo sustancial de emigración a otra parte. Quienes permanecen dentro deben hacerlo tal vez porque no pueden pagar ese costo. No es en realidad, entonces, una aceptación realmente libre del contrato social, sino más bien una circunstancia ocasionada por factores fuera del control personal.

¿Cuándo se redactó?

Hay otro punto menos obvio que también debilita a la idea del contrato social, cuando este se interpreta como algo creado de la nada hace unos días.

Esta fue la reacción de E. Burke (1729-1797) contra la idea del contrato que coloca a la soberanía en la gente, que es necesariamente la gente que está viva en ese momento y solamente ella. Y que puede cambiar el contrato a voluntad.

Eso significa ignorar a los anteriores y a los futuros. Los ya fallecidos fueron parte de esa sociedad y contribuyeron a crearla. Ignorarlos creyendo que solo los vivos cuentan es un error, como sería el dejar de pensar en quienes vendrán en el futuro. La sociedad es mucho más que solo el presente.

¿Cuándo puede cambiarse o rehacerse?

Esto es, creo, un peligro de nuestros tiempos, el suponer que todo lo que importa es el presente y que puede él generar un contrato social a gusto y placer de quienes ahora viven.

Ignorar las experiencias anteriores es desperdiciar riqueza acumulada de generaciones. Descuidar a los que vendrán es una imprudencia.

Las consecuencias del énfasis desordenado en el presente y que lleva a creer que puede crearse un nuevo contrato social desde la nada, hoy.

Es la mentalidad que suele hablar del advenimiento de una nueva moral, de cambios a las estructuras sociales, de rechazo a las tradiciones; un amor apasionado y miope por todo lo que sea nuevo, sea lo que sea.

En concreto, lo que esa mentalidad del nuevo contrato social posible de crear como un presupuesto de base cero, produce con su énfasis en el presente es la pérdida del sentido de eternidad humana.

Si se piensa que nada hay antes ni después de la vida, entonces es lógico pensar en tener un contrato social nuevo, hoy, sin importar el de antes ni el de mañana.

Manifestación clara de esta mentalidad son las propuestas de utopías políticas consideradas posibles con un cambio en el contrato social, como la marxista en sus diferentes versiones; o como en la propuesta del Socialismo del Siglo 21.

Incluso la idea del estado que cuida al ciudadano desde la cuna hasta la tumba, por no mencionar las ideas que llevan a crear nuevas constituciones morales originadas por el gobierno.

El contrato social, su aportación

Cuando el concepto no es usado como un instrumento que lleve a propuestas de construcción de sociedades utópicas que pretenden conocerlo todo, la noción del contrato social hace una aportación significativa.

Establece la obligación de toda persona en una comunidad de vivir respetando las leyes con una actitud de aceptación de la civilidad en el trato con los demás. Esto hace posible en ambiente que crea un estado de derecho y la consecuente confianza razonable en un futuro con certidumbre.

Y, más aún, permite comprender la idea de un contrato que tiene su origen en las aportaciones de generaciones anteriores, cuyas experiencias han ido enriqueciendo en contenido del contrato social presente. Aportaciones que no pueden desecharse sin graves consecuencias.

Si el contrato social resalta las aportaciones de las generaciones anteriores y las coloca como un asunto que el presente debe tratar con respeto, también implica que las generaciones presentes deben considerar la herencia que ellas dejarán a las siguientes en ese contrato.

Conclusión

Se han examinado definiciones del concepto de contrato social, resaltando sus características esenciales.

  • Ser un contrato: un acuerdo entre varios por el que aceptan las condiciones allí estipuladas de convivencia mutua.
  • Ser social: referente a la sociedad en la se vive con la meta de hacer mejor la convivencia.
  • Ser aceptado: establece obligaciones que implícitamente son reconocidas por el simple hecho de vivir en esa sociedad.

Aunque no existe físicamente el contrato social, él es una buena metáfora para ilustrar la obligación de todos para respetar reglas de convivencia, legales y morales, que hacen posible a una mejor sociedad.

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Y solo unas cosas más…

Debe verse:

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Ideas relacionadas:

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El contrato social y la idea del bien y el mal

Una idea subyacente en el contrato social es la existencia de bienes y males y la existencia de libertad.

Como quiera que se definan el bien y el mal: debe hacerse eso que es bueno y evitarse eso que es malo, un asunto interesante porque necesariamente supone la existencia de libertad, el poder hacer el mal o el bien.

Entonces, todo contrato social supone un código moral o ético que da como dada la condición de libertad de la persona —sin libertad sería un sinsentido tener un contrato social.

Por necesidad obvia, de esa definición dependerán las reglas morales o éticas que conformen el código de conducta sobre el que se base el contrato social.

Si se considera buena a la vida, resulta natural que el código moral de allí derivado contenga mandatos que clasifiquen como malo al asesinato y como buena a la salud.

Una forma muy razonable de solucionar el problema de la determinación de lo bueno y lo malo es comenzar por establecer un número de bienes convenientes al ser humano.

Es una pequeña lista de cosas muy fundamentales considerados un bien en sí mismas. Por ejemplo, la siguiente lista:

  • Vida, el existir, el tener vida.
  • Conocimiento, el saber, el usar la inteligencia, el estar enterados.
  • Juego, la diversión, el entretenimiento, la distracción, la risa.
  • Experiencia estética, la belleza, el crear belleza y capacidad de admirarla.
  • Sociabilidad, el vivir en compañía de otros, la familia, la amistad, la colaboración mutua.
  • Razón, el uso de la inteligencia, la razón práctica, el pensar.
  • Religión, la espiritualidad, las creencias sobrenaturales, la fe.

Viene ahora otra dificultad. Si se acepta, por el momento, esa lista, ella o cualquier otra debe justificarse y eso es un problema serio si se quiere hacer bien.

Una manera de justificar esas cosas buenas es admitirlas como evidentes por sí mismas —por ejemplo, es obvio que la experiencia de la belleza es buena, o que también lo es la amistad.

Otra manera de justificar esas cosas buenas es pensar en un escenario en el que ellas no fueran valores fundamentales.

Una sociedad, por ejemplo, en la que la vida no fuera considerada de alto valor, o una en la que se impidiera el uso de la razón. Intuitivamente se rechazan esas posibilidades, lo que le da peso a considerar buenas a esas cosas tan básicas.

Un contrato social sin esas creencias no sería tan bueno como otro que las aceptara.

Supóngase ahora que se ha aceptado esa lista de cosas buenas porque son esenciales para la naturaleza humana. El siguiente paso lógico sería derivar grandes normas morales consistentes con esos grandes valores.

Por ejemplo, el considerar un gran valor a la vida obliga a un mandato central que es el no matar, pero también a otro que es el cuidar la vida y, por lógica, la salud.

Si se juzga como positivo al conocimiento, necesariamente se deduce un mandato general que manda realizar actos que conducen al conocimiento y considera como un negativo a la ignorancia.

Es decir, de cada uno de esos valores evidentes en sí mismos surgen mandatos congruentes, tanto en sentido positivo, como negativo.

Si es buena la colaboración y la sociabilidad, es bueno todo lo que la fomente, como la ayuda mutua y resulta malo lo que la ataque, como la mentira y el fraude.

Apuntar lo anterior es una buena manera de entender la función de un contrato social y su código moral, que es el servir de guía a la libertad humana para que puedan facilitarse las decisiones personales y se realicen conductas congruentes con la misma naturaleza humana.

Tomar esos valores humanos evidentes en sí mismos y proceder tomándolos como base para crear un código completo de mandatos y reglas morales es una tarea gigantesca.

Ella requiere las mentes de muchos y el transcurrir de muchos años. Esto se ha logrado en un efecto acumulado de siglos y a lo que puede llamarse tradición.

No es una tarea que esté terminada, ni ha sido una trayectoria sin dificultades. Con frecuencia hay ideas en contra, o a favor de ciertas nociones muy básicas o de detalle. Pero esa es la vida humana, en mucho dedicada a la tarea de completar ese código moral bajo circunstancias nuevas.

Finalmente, lo que queda claro es que lo bueno y lo malo parte de la naturaleza humana, de lo que es el ser humano.

No es algo que dependa de la voluntad propia. Es algo que depende de reconocer la verdad sobre la misma persona humana. Y usar eso como cimiento de un contrato social conveniente.