Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Élites y Soberbia
Eduardo García Gaspar
1 febrero 2017
Sección: FAMOSOS, LIBERTAD GENERAL, Sección: Una Segunda Opinión
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Es como una separación, como una brecha. Algo que separa a partes de la sociedad.

De un lado está eso que que podría llamarse la gente común y normal. Los dedicados a trabajar, a enfrentarse a las vicisitudes diarias; los acostumbrados a resolver problemas prácticos de cada día.

Del otro lado, están otros que no son numerosos, al menos tanto como los primeros. Podemos llamarles las élites, lo que un amigo llamaba la «crema intelectual»; lo que a veces es descrito con el término intelligentsia. Un grupo de personas considerados inteligentes y lo suficientemente educados como para ser los guías del resto.

Guías políticos, sociales, artísticos, religiosos, morales, de la gente común que no tiene el tiempo ni los conocimientos para dedicarse a esos menesteres.

Hay en esta división un elemento de necesidad inevitable. Incluso sin quererlo, los sucesos de toda sociedad producen esos dos grupos, también en las más igualitarias.

Muy bien, hasta aquí parece que no hay problema, es algo que sucede en todas partes y lo aceptamos quizá sin mucho pensarlo.

Sin embargo, puede haber un problema que se presenta cuando a la intelligentsia es atacada por la soberbia y comienza a verse a sí misma con demasiada superioridad, al mismo tiempo que contempla a la gente común con desdén y desprecio.

Esta es la tesis de una obra de Christopher Lasch: las élites ven con desprecio al resto, y los ven como «políticamente reaccionarios, represivos en su moral sexual, convencionales en sus gustos, presuntuosos, complacientes, aburridos y desaliñados».

Aunque el autor se refiere a los Estados Unidos, la idea general de una élite soberbia que desprecia a la gente común bien vale una segunda opinión.

De alguna manera, me parece, es algo que puede conectarse con la distinción entre conservadores y progresistas, siendo progresistas quienes pertenecen a esa élite ilustrada y soberbia (de lo que son buenos representantes H. Clinton y B. Obama).

La soberbia de estos les impone una necesidad percibida de guiar a los demás sacándolos de sus ideas y creencias, a las que consideran prejuicios y escrúpulos sin sentido, ofuscaciones y aprensiones que deben ser erradicadas.

Un ejemplo es el aborto al que llaman suspensión de vida o cosas por el estilo, llevándolo al nivel de derecho humano. Quien se oponga es sujetos de los calificativos usuales: fundamentalista, reaccionario, represivos, anticuados y otros más.

Lo más significativo de la élite progresista es su ambición de poder. Llegar a puestos con poder en los gobiernos es el deseo de ellos, pues desde allí podrán imponer sus ideas sobre el resto. Tendrán el dinero que necesitan aumentado impuestos y usarán a las leyes para hacer obligatorias sus ideas.

Por medios democráticos llegarán al gobierno que convertirán en un instrumento de imposición no democrático. Es la mutación del gobierno en una herramienta progresista que ya no incurre en la persuasión sino en la fuerza.

El síntoma claro es la construcción de un estado de bienestar, diseñado para cuidar a los ciudadanos desde que nacen hasta que mueren. Los ciudadanos son tan ignorantes y necios que no pueden tomar decisiones por sí mismos.

Y si acaso alguien los contradice, le lanzan la acusación estándar: es alguien con oscuros intereses que pretende seguir dominando a las mujeres, a los homosexuales, a las minorías, a los pobres, a otras razas. Es la aplicación reciente de la desviación ideológica original de Marx.

¿Enemigos de los soberbios progresistas? Son varios y son aquellos que le representan un reto a su poder. Un caso muy reciente, el de las intenciones de H. Clinton por interferir en la Iglesia Católica para desaparecer esta oposición.

La soberbia hace inadmisible a la oposición. Quien sea que argumente que las personas son libres y que eso hace necesarios a los mercados libres, será atacado sin piedad y sin argumentos. Nada tan odioso para el progresista como razonar con sus opositores a los que considera afectados por sus dogmas atrasados.

¿Amigos de los soberbios progresistas? Sus compañeros de viaje, eso que con buena voluntad suponen que hace el bien sin darse cuenta de lo que en realidad sucede.

Más las nociones de lenguajes censurados que han creado palabras à la mode para evitar pensar: tolerancia, diversidad, justicia social; o nociones como el relativismo moral que se presta admirablemente para convertir al gobierno en una autoridad moral.

Así es que comienzan los regímenes totalitarios.

Post Scriptum

El libro al que hago referencia es el de Lasch, Christopher. The Revolt of the Elites: And the Betrayal of Democracy.

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