Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Estado de atolondramiento
Eduardo García Gaspar
20 noviembre 2017
Sección: PROSPERIDAD, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


La columna, una de opinión en un periódico mexicano, termina con una conclusión. Una que afirma que,

«México necesita de ciudadanos dispuestos a pagar impuestos, pero sobre todo de líderes políticos dispuestos a cobrarlos y ejercerlos de manera efectiva».

Tiene su gracia. Los impuestos no se pagan por una predisposición a hacerlo, sino porque son obligatorios; se pagan porque existe una amenaza de castigo en caso de no hacerlo.

Tener gobernantes con predisposición a cobrar impuestos es una realidad innegable. Encontrar gobernantes que no deseen cobrar impuestos es quizá una imposibilidad absoluta. Y el que usen esos impuestos de manera efectiva, pues es el reclamo universal; una especie de esperanza constantemente incumplida.

Pero lo interesante no es esa conclusión, sino la visión general de la columna y que bien merece una segunda opinión. No por la originalidad de sus ideas, al contrario, por lo difundidas que están.

Parte la columna de su negativa a reducir impuestos, especialmente a los ricos. De hacerlo, eso favorecerá a esos ricos (¡obviamente!) y «aumentará la deuda» (imagino que sea la deuda pública). Recortar impuestos, dice, tiene malos efectos:

«Sucede que cuando estos recortes se han aplicado, lejos de impulsar a la economía, han significado el aumento del déficit fiscal, el deterioro de la provisión de los servicios públicos, el aumento de la inequidad social y hasta la desaceleración del ritmo del crecimiento».

Por supuesto, si usted tiene un gobierno que gasta mucho, el recortarle ingresos significa que entrará en déficit, tendrá menos fondos para dar servicios y se suspenderán acciones de redistribución de ingreso. Pero, ¿desacelerar a la economía?

Entramos al fin en la idea central de la columna: reducir impuestos para que las personas tengan más ingresos disponibles, consuman más, inviertan más, creen empleos, abran empresas, inventen y demás, todo eso no, no funciona. Lo que hay que hacer es tener impuestos altos, o al menos no reducirlos.

El gran tema es esa visión que piensa en los gobiernos como la vía, el método y la manera única y exclusiva que conduce a la prosperidad. ¿Quiere usted tener un país que crezca y produzca prosperidad? Dé más poder a los gobiernos, más recursos y el resultado, se nos dice, será esa mejor nación, más rica y desarrollada.

Hasta donde sabemos, eso es falso. Tome usted, por ejemplo, los casos de Singapur y Hong Kong, que no muestran que pueda crecerse por la vía fiscal. La Revolución Americana tuvo un inicio que protestó contra impuestos. La Revolución Industrial no fue precisamente desencadenada usando métodos fiscales que elevaran impuestos.

Es de mero sentido común el concluir que si los impuestos elevados fueran la vía que lleva a la prosperidad, hace mucho que en el mundo no habría problemas de desarrollo. El experimento comunista ruso y chino no dio precisamente resultados buenos; y la reducción de la pobreza en China de los últimos tiempos no tiene como pilar a una política fiscal de impuestos altos.

Mi propósito es usar a la columna en cuestión para destacar la existencia difundida de esa idea política que supone que los gobiernos son el camino y la vía para prosperar y crecer. La aventurada noción de que todos tendremos una mejor vida si aceptamos que los gobiernos sean más grandes, gasten más, tengan más responsabilidades y cobren impuestos mayores.

Es eso que alguien llamó «socialismo por default» que lleva a aprobar de inmediato y sin análisis a toda medida que eleve el poder gubernamental (como impuestos altos) y reprobar toda medida que aumente la libertad de los ciudadanos (como impuestos bajos).

Aprobar el crecimiento del poder gubernamental y reprobar el crecimiento del poder personal es lo que esa columna sostiene como la forma de prosperar. Sostener esa tesis necesita una buena dosis de ingenuidad, optimismo irresponsable, ignorancia histórica y, en general, un desdén por el uso de la razón.

Suponer que un gobernante que gasta cantidades enormes de dinero ajeno en terceras personas hará un buen trabajo, como describió M. Friedman (1912-2006) al estado de bienestar, es una hipótesis atolondrada e imprudente en la que basar la vida de millones. No es un estado de bienestar, es un estado de atolondramiento.

Post Scriptum

La columna a la que he hecho referencia y citado es de Kevin Zapata, titulada «El mundo contra los impuestos», publicada en El Norte (14 noviembre 2017)

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